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El desafío, una sociedad más humana


Es innegable que durante las tres últimas décadas se han producido cambios considerables en torno a la situación de la mujer. Las cuatro Conferencia Mundiales sobre la mujer,con sus respectivas plataformas de acción acordadas, las conversaciones contra la discriminación de la mujer y contra la violencia intrafamiliar, ratificadas nacional e internacionalmente, así como la incorporación de recomendaciones estratégicas favoreciendo a las mujeres en cumbres mundiales, dan fe de ello. Todo eso ha sido posible por el arduo trabajo, análisis, propuestas, estudio y cabildeo que las mujeres y sus movimientos han realizado incansablemente.
El 8 de marzo se conmemoró el Día de la Mujer. Es propicia la ocasión para reflexionar y esclarecer algunos conceptos que han surgido y son usados para hablar del tema de la mujer y de sus potencialidades en el aporte al desarrollo de la sociedad.
Sexo y género, dos palabras que son usadas indistintamente de forma equivocada. Ser de sexo masculino o femenino es un hecho biológico; no obstante, ser hombre o mujer es un hecho definitivo cultural, histórica y socialmente. Como dijo Simón de Beauvoir: "No se nace mujer, se llega a serlo". Cada sociedad establece un conjunto de valores, asigna roles, normas sociales y características, y las asigna al cuerpo físico de la persona en concordancia con el significado histórico que se le ha dado a su sexo. Así, le llamamos género a la definición social de un hecho biológico.
En efecto, la identidad del hombre y de la mujer, es decir la identidad de género, es una construcción social desde la cual cada niño y niña estructura su existencia vital. La sociedad define el rol de género por un conjunto de normas y preceptos que determinan cuáles son las conductas femeninas y masculinas apropiadas. En otras palabras, el rol de género es una categoría de relaciones, que son vistas en la sociedad como contrapuestas y complementarias simultáneamente. Los papeles asignados a los géneros pueden limitar el potencial humano al condicionar a las personas dentro de marcos rígidos, que sólo permiten estereotipos para cada sexo.
Ciertamente existen diferencias biológicas entre hombres y mujeres. Lo desafortunado es que tales diferencias se manifiestan en desigualdades sociales. La sociedad patriarcal concibe la estructuración social y de género como una dicotomía. Segmenta y disocia la producción de la reproducción, separando a hombres de mujeres. Asigna mayor valor a lo que hace el hombre, y menos valor a lo que hace la mujer, subordinándola, consecuentemente, al hombre. Por lo tanto, el destino social de la persona se basa en las diferencias de género, y en el caso de la mujer puede ser aún más desfavorable cuando se combina con otras categorías de estratificación social como clase, etnia e inclusive edad.
El sendero para la consecución de una sociedad más humana, atraviesa por la etapa de incluir la perspectiva de género en nuestra visual de la vida. Así, con esta nueva percepción integral, podremos entender el determinado estéril de catalogar y valorar a hombres y mujeres como géneros socialmente elaborados. La introducción de la perspectiva de género permitiría mirar objetiva, simultánea y comparativamente en toda circunstancia, área o trabajo a hombres y mujeres. Así dejaríamos atrás los prejuicios, las posiciones rígidas y los estereotipos y podríamos avanzar en el desarrollo de una sociedad centrada en los seres humanos.
El desarrollo centrado en los seres humanos dirige la mirada fundamentalmente al capital humano. Se concentra en su potencial, capacidades, oportunidades y opciones de progreso pleno. Esencialmente busca la igualdad de oportunidades y opciones para hombres y mujeres. Este enfoque conlleva la transformación del rol que, hasta ahora, se ha asignado a las mujeres en esa búsqueda por el desarrollo de la colectividad. E implica, asimismo, cambiar la forma tradicional de la inserción de la mujer en los procesos de industrialización, urbanización, modernización y democratización de las sociedades. Para ello, en primer lugar, se debe considerar la existencia de desigualdades de género, para así eliminar las bases de partida desiguales en los procesos de desarrollo. Esa ampliación de perspectiva permitiría abrir un proceso centrado en los seres humanos en el cual el desarrollo sea equitativo y sostenible. Es decir producirá un verdadero desarrollo, tanto para el género hombre como para el género mujer.
El verdadero desafío para alcanzar una sociedad nueva requiere elevar la voz, construir la palabra, el nuevo lenguaje, los nuevos códigos. También requiere decisión y valentía para transitar desde el concepto dual mujer-hombre transfigurándolo en uno sólo: la de ser ¡humano!.

101 años de Panamá América

 
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