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El despertar del dragón


AÚN BAJO LOS efectos del sopor de los viajeros ("jet lag") y de las casi veinte horas de vuelo apenas interrumpido por los trasbordos, y antes de que se diluyan mis impresiones en este diluvio nacional, donde la naturaleza parece haberse puesto de acuerdo con los trágicos acontecimientos de las últimas semanas, quisiera compartir esta mirada, literalmente a vuelo de pájaro, sobre un país que a despertado a la competencia internacional en casi todas las áreas de influencia mundial.
El pueblo de Quin (China) comparte y tal vez supera los siete mil años de nuestra civilización. Este dragón dormido, que despierta de su letargo con intermitencias, ha visto épocas de esplendor como tal vez no haya habido en nuestro lejano occidente. Un leve recorrido por sus tres ciudades más representativas, Beijing, su capital; Xian, una de las ciudades más antiguas de la que se tenga constancia, fundada circa 5 mil años a.C. y Shangai, majestuosa ciudad puerto donde conviven todos los pecados y grandezas capitales de las que los humanos somos capaces de crear. Por allí penetraron -tal vez como una irónica venganza religiosa- el opio y el comunismo. Estas tres ciudades han dejado en mí una profunda impresión, mayor aún que las pocas pero exquisitas páginas leídas sobre su historia milenaria y su rica literatura, la de Kung Fun Tze (Confucio), la del Tao Te King o la de Wung Yingzi, el Cervantes chino, en Los Mandarines: Historia del bosque de los letrados.
Si nadie ha visto un dragón de verdad, tiene que visitar China. No verán un monstruo similar al que nos tiene acostumbrados la mitología popular. Ni de sus fauces saldrán llamaradas de fuego letal. Verán, apenas divisen Beijing de lejos y al amanecer, una densa nube suspendida en el cielo. Mitad, obra de la polución ambiental alimentada por las miles de bocas de humo del dragón industrial y mitad, por el polvo amarillo del desierto de Gobi transportado, a lomo del viento, cuando llega el otoño. El sol se vislumbra, a duras penas, como una gastada lámpara colgada del cielo gris. Abajo se abren las fauces del dragón, en otra nube de grúas incontables que socavan la tierra arcillosa para levantar gigantescos edificios comerciales, mientras las luces de neón, como estrellas desmayadas, comienzan a apagarse a medida que la pálida luz amarillenta avanza lentamente hacia el cenit.
Beijing, como toda China, es una ciudad de contrastes y de asombro. Las numerosas autopistas que la surcan por los cuatro puntos cardinales, algunas superpuestas dos o tres veces y a considerable altura, de cientos de metros, giran congestionadas a toda hora por un tráfico incesante de automóviles de todas las marcas y modelos, cuyas luces serpean hacia las intrincadas calles de la ciudad. Es la cola interminable de un dragón dispuesto a devorar la noche. Una noche tan colorida como profusamente iluminada que haría palidecer a París si no fuera por ese encanto chic del que Beijing aún carece.
Trazada al viejo uso inca, en semicírculos concéntricos, aquí son reemplazados por cinco o seis circunvalaciones crecientes, en forma de rectángulos (un hecho urbanístico que respeta antiguos conceptos y creencias, pues el cuadrado representa en la cultura china, la eternidad). Su primer periférico, la antigua muralla, es ahora virtual, lo delimita el barrio viejo de Beijing. Con sus casas de techos bajos y tejas de pizarra gris y sus callejones surcados por "modernos" y ecológicos "rickshaws" en bicicleta. Sus patios "españolados" gobiernan desde el centro, donde crecen la parra y el ciprés junto a la magnolia y el caqui. Los baños públicos se distribuyen por manzanas, algo que asombraría a aquellos "del nuevo gay trinar" que no conocen las letrinas de nuestros barrios más pobres, los "Chicago boys" de los barrios ricos que sarcásticamente llaman a aquellos "carentes de riqueza". Un exabrupto neoliberal acuñado bajo la fofa filosofía de la opulencia.
El corazón del dragón es una inmensa plaza cuadrada desde donde se eleva, a baja altura, la corpulenta torre-obelisco que conmemora a los héroes muertos en las guerras y en la revolución. Es la tristemente célebre Plaza de Tienanmen que se abre ante la Ciudad Prohibida. Por especial solicitud a nuestra guía, estuve de pie en el mismo lugar donde se supone (muchos chinos no han visto nunca aquellas imágenes) un valeroso estudiante se enfrentó a una sorprendida columna de tanques blindados.
La muchedumbre de la ciudad es un hormiguero silencioso de gente vestida con zapatos, carteras, y relojes de reconocidas marcas, la mayoría de ellas son falsificaciones que se venden a "escondidas" de las autoridades, pero a los ojos de todo el mundo. Junto a estos nuevos ricos se entremezclan en abundancia, campesinos y obreros muy pobres que se desplazan a pie o en bicicleta entre el caos del tráfico urbano. Hay mendigos y lisiados, como en todas las grandes ciudades, aunque aquí contrastan más por la floreciente riqueza que los rodea que por su propia miseria al descubierto. Los vendedores ambulantes son un enjambre de avispas siempre dispuestos al regateo. Quizás sea éste el primer deporte nacional chino. Creí, hasta llegar a Beijing, que el tráfico de Panamá era el más desordenado del mundo. Debo admitir que el de la capital China le gana, en términos turfísticos, por varios cuerpos. No pocas veces he tenido que cerrar los ojos ante la inminencia de un desastre. Sólo presencié un choque menor, lo que allá llaman "el besito".
El transporte público de la capital china, contrario al de Xian o al de Shangai es escaso y malo, de tal modo que la proliferación de taxis es enorme y allí también se comprueba la primera ley universal del transportista: "primero yo, a como dé lugar". En medio de su brusco despertar, el dragón de la China se desplaza deambulando tras el letargo de siglos de sueño forzado por el opio de los imperios que la invadieron y por el de las numerosas dinastías y gobiernos de sus propios imperios autóctonos, muchos de ellos injustos, crueles y contradictorios, pero artísticamente exquisitos y bellos. Apenas estamos, los occidentales en general y los panameños en particular, viendo al dragón moverse de un lado a otro, explorando un mundo todavía desconocido y nuevo, como quien despierta veinte siglos después. Pero sólo han pasado veinte años desde la apertura china a una economía de mercado competitiva, dirigida y controlada hasta ahora, al parecer, con notable éxito macroeconómico. No me cabe duda alguna que el dragón llegará pronto a nuestras playas, para descansar luego en algún resort de firma china o en alguna isla turística de las numerosas que salpican nuestros mares. Entonces nada nos resultará extraño, pues desde la construcción del Canal hasta su publicitada ampliación, los chinos son parte integral de nuestra cultura.
(drjcal@gmail.com)
"Nadie nos ha venido a decir que ésta es un área de peligro y mucho menos que tenemos que salir de aquí", sostuvo.
Lo que si señaló es que allí están bien, pues nunca ha ocurrido un accidente o algo que los haga pensar en mudarse.
Castillo manifestó que en el lugar donde habita jamás ha llegado alguna autoridad y en dos décadas, sólo la ha visitado Panamá América

101 años de Panamá América

 
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