El destino de ruta
A mediados del siglo XX pasado, el Lic. Agustín Cedeño Vergara líderó un grupo de hombres de negocios de Colón y logró que el presidente Enrique Jiménez aprobara su proyecto de creación de la Zona Libre de Colón. El ingeniero Horacio Clare Jr. y el ministro Galileo Solís colaboraron en los distintos aspectos de la obra. Así nació la Zona Libre de Colón, la concepción más fecunda para el aprovechamiento de nuestra posición geográfica, ubicada en la vecindad del puerto de Cristóbal, a escasos kilómetros del puerto de Balboa en el Pacífico, con una buena carretera construida por los norteamericanos y comunicada con el Aeropuerto Internacional de Tocumen.
Años más tarde se fomentaría el centro bancario internacional, que logró la atracción de inversiones y la agilidad de las transacciones financieras transnacionales que beneficiaron la Zona Libre, a los usuarios del Canal, y por su efecto multiplicador, favoreció el desarrollo nacional.
La educación y su culminación con la creación de la Universidad de Panamá, gracias a la visión y tenacidad del Dr. Harmodio Arias, contribuyeron con la formación de los recursos humanos de excelencia, requeridos para las nuevas actividades desarrollistas.
En la primera mitad del siglo pasado se encendieron diatribas entre los partidarios del destino de ruta, los transitistas y fenicios, y los que pugnaban por el desarrollo agropecuario e industrial y los extremistas de la autarquía económica. El proteccionismo arancelario fue la herramienta esgrimida por estos últimos para afianzar sus propósitos. Sostuve la tesis ecléctica: el libre cambismo para la Zona Libre y el proteccionismo temporal para la incipiente agroindustria. Hoy me inclino algo más por la implantación del concepto de Puerto Libre, como evolución natural de la Zona Libre, más que todo para la ciudad de Colón, primero, luego para toda la zona metropolitana canalera, lo que implicaría tal vez extenderlo a la república entera.
En la línea de nuestra posición geográfica y nuestro destino de ruta, cabe mencionar el oleoducto transístmico de Chiriquí Grande para el petróleo de Alaska (Nort Slope) con sus puertos para tanqueros mayores que los Panamax. La construcción del puerto de Manzanillo y la habilitación de grandes patios de contenedores para la nueva modalidad de transporte y manipulación de mercaderías. Aunque el oleoducto tuvo vida temporal y cayó en desuso -por sustracción de materia- como dicen los abogados- es posible su reanimación en un futuro cercano para transvasar el petróleo venezolano en sentido contrario, como bien pronostica el arquitecto Ricardo Bermúdez Dutari.
Con el total reintegro de las áreas revertidas canaleras al usufructo de la República, prestantes profesionales panameños y oficialmente la Autoridad de la Región Interoceánica (ARI), se ha acrecentado la promoción de las mismas para las actividades portuarias, marítimas, de transbordo de carga por contenedores. Hace poco asistí a una conferencia del distinguido economista Carlos Ernesto González de La Lastra. Destacó que Panamá era el paso de veintiocho rutas. Preconizó la habilitación de Howard como gran centro de transbordo de carga aérea. Explicó que Panamá debería ofrecer atractivas ventajas de grandes consorcios fabriles o de alta tecnología para que escogieran instalarse en dichas áreas revertidas e iniciar sus arrolladoras actividades desde aquí, como ya lo ha hecho Costa Rica con empresas de computación.
Ya se palpa la halagüeña acción del capital privado en la construcción de lujosos hoteles y paseos ecológicos. El mágico canal y sus inigualables lagos son un muestrario sin par en la tierra para la maravillosa biodiversidad tropical, que brindan hipnóticas oportunidades para el turismo de conservación y de conocimiento. Pero hay que perfeccionar la infraestructura y preparar más personal idóneo, acogedor y guías ilustrados y amables.
Este turismo de conservación y conocimientos, TCI, preconizado por la ilustre Dra. Hanna Ayala, implica enaltecimiento científico de nuestros activos y valores arqueológicos, históricos y artesanales, junto a la exhibición de nuestra abrumadora biodiversidad. Los fuertes de San Lorenzo, Portobelo y las ruinas de Panamá Viejo deben relucir como joyeles que atraigan la avidez inquisitiva del turismo moderno, brindándole facilidades sanitarias inmaculadas y servicios manejados por personal que venda patria, no su patria. El entorno de Panamá Viejo, con su fortín del Matadero, Atalaya Con cincuenta soldados y no sé cuántos cañones, debe velar por playas de purísima, blanca arena, cuajadas de pedrerías de centenares de niños chapoteando en sus llanísimas aguas y espumosas olas exogenantes. Lástima que esta cumbre presidencial, destinada a exaltarnos, no pueda atisbar los en ese soñado escenario.
El Acuario de Dos Mundos, del celebrérrimo arquitecto Frank Gheri hará de Amador el archirentable Centro de Cruceros de los próximos años ... si al fin nos decidimos a jugar por el camino alto.
Años más tarde se fomentaría el centro bancario internacional, que logró la atracción de inversiones y la agilidad de las transacciones financieras transnacionales que beneficiaron la Zona Libre, a los usuarios del Canal, y por su efecto multiplicador, favoreció el desarrollo nacional.
La educación y su culminación con la creación de la Universidad de Panamá, gracias a la visión y tenacidad del Dr. Harmodio Arias, contribuyeron con la formación de los recursos humanos de excelencia, requeridos para las nuevas actividades desarrollistas.
En la primera mitad del siglo pasado se encendieron diatribas entre los partidarios del destino de ruta, los transitistas y fenicios, y los que pugnaban por el desarrollo agropecuario e industrial y los extremistas de la autarquía económica. El proteccionismo arancelario fue la herramienta esgrimida por estos últimos para afianzar sus propósitos. Sostuve la tesis ecléctica: el libre cambismo para la Zona Libre y el proteccionismo temporal para la incipiente agroindustria. Hoy me inclino algo más por la implantación del concepto de Puerto Libre, como evolución natural de la Zona Libre, más que todo para la ciudad de Colón, primero, luego para toda la zona metropolitana canalera, lo que implicaría tal vez extenderlo a la república entera.
En la línea de nuestra posición geográfica y nuestro destino de ruta, cabe mencionar el oleoducto transístmico de Chiriquí Grande para el petróleo de Alaska (Nort Slope) con sus puertos para tanqueros mayores que los Panamax. La construcción del puerto de Manzanillo y la habilitación de grandes patios de contenedores para la nueva modalidad de transporte y manipulación de mercaderías. Aunque el oleoducto tuvo vida temporal y cayó en desuso -por sustracción de materia- como dicen los abogados- es posible su reanimación en un futuro cercano para transvasar el petróleo venezolano en sentido contrario, como bien pronostica el arquitecto Ricardo Bermúdez Dutari.
Con el total reintegro de las áreas revertidas canaleras al usufructo de la República, prestantes profesionales panameños y oficialmente la Autoridad de la Región Interoceánica (ARI), se ha acrecentado la promoción de las mismas para las actividades portuarias, marítimas, de transbordo de carga por contenedores. Hace poco asistí a una conferencia del distinguido economista Carlos Ernesto González de La Lastra. Destacó que Panamá era el paso de veintiocho rutas. Preconizó la habilitación de Howard como gran centro de transbordo de carga aérea. Explicó que Panamá debería ofrecer atractivas ventajas de grandes consorcios fabriles o de alta tecnología para que escogieran instalarse en dichas áreas revertidas e iniciar sus arrolladoras actividades desde aquí, como ya lo ha hecho Costa Rica con empresas de computación.
Ya se palpa la halagüeña acción del capital privado en la construcción de lujosos hoteles y paseos ecológicos. El mágico canal y sus inigualables lagos son un muestrario sin par en la tierra para la maravillosa biodiversidad tropical, que brindan hipnóticas oportunidades para el turismo de conservación y de conocimiento. Pero hay que perfeccionar la infraestructura y preparar más personal idóneo, acogedor y guías ilustrados y amables.
Este turismo de conservación y conocimientos, TCI, preconizado por la ilustre Dra. Hanna Ayala, implica enaltecimiento científico de nuestros activos y valores arqueológicos, históricos y artesanales, junto a la exhibición de nuestra abrumadora biodiversidad. Los fuertes de San Lorenzo, Portobelo y las ruinas de Panamá Viejo deben relucir como joyeles que atraigan la avidez inquisitiva del turismo moderno, brindándole facilidades sanitarias inmaculadas y servicios manejados por personal que venda patria, no su patria. El entorno de Panamá Viejo, con su fortín del Matadero, Atalaya Con cincuenta soldados y no sé cuántos cañones, debe velar por playas de purísima, blanca arena, cuajadas de pedrerías de centenares de niños chapoteando en sus llanísimas aguas y espumosas olas exogenantes. Lástima que esta cumbre presidencial, destinada a exaltarnos, no pueda atisbar los en ese soñado escenario.
El Acuario de Dos Mundos, del celebrérrimo arquitecto Frank Gheri hará de Amador el archirentable Centro de Cruceros de los próximos años ... si al fin nos decidimos a jugar por el camino alto.