EL día de la invasión (II)
Después de la invasión hubo una reacción de mucha gente de ir a asaltar a los comercios de la capital. Se sabe de gente pobre, clase media y aún de muy pudientes que lo hicieron y de otros muchos que compraron cosas robadas. Mientras pasaba eso los norteamericanos en sus carros de combate observaban esta prueba contundente de nuestra desintegración moral.
Tuvimos reunión de la Conferencia Episcopal en la Nunciatura e hicimos un comunicado donde reconocíamos los grandes males de Panamá, nos dolía que se ultrajara la soberanía y pedíamos que la democracia se instalara y la apoyáramos todos. Por coincidencia estábamos todos los obispos en Panamá, ya que teníamos reunión extraordinaria en vista del problema del país. Yo, además, tenía el día 20 el Nacimiento en vivo en el Gimnasio. A mí me dolía estar fuera de mi Vicariato en esta situación tan triste del país y decidí, después de pensarlo y llevarlo a la oración, salir el día 24 por la mañana para Darién en mi jeep. Recibí una llamada la noche anterior de Mons. Mcgrath que me aconsejaba no hacerlo y que él mismo por prudencia estaba en la Nunciatura. Había la versión falsa de que los obispos habíamos pedido la invasión. Le agradecí el consejo, pero aún así decidí salir en la mañana del 24 encomendándome a Dios.
Muy en la mañana salí y conduje mi jeep a gran velocidad por esa carretera llegando a Metetí en 3 horas y 50 minutos, siendo eso una hazaña en invierno y con la carretera desecha. De hecho pensaba: "si alguien me va a pegar un tiro, le va a costar". Fui detenido dos veces por los norteamericanos que al ver que era "father" me dejaron pasar. Al llegar a la frontera de Darién, un soldado panameño sale con su ametralladora y al reconocerme me preguntó que cómo estaba la cosa en Panamá. Yo le dije lo que había pasado y él me dejó continuar. En el cruce de Santa Fe habían dos jeep de las Fuerzas de Defensa y unos catorce hombres armados atravesados en la vía y un teniente. Al ver eso yo fui parando lentamente a una distancia prudencial y puse la marcha hacia "atrás" porque no sabía cuál era la intención de ellos. El teniente caminó hacia mí y me dijo: "Monseñor, le comunico que nos hemos rendido en el Darién". Curiosamente, como dije en el artículo anterior, no habían mandos superiores tampoco allí. Llegué a Metetí y cuando entro en la mi casa vi que estaba la puerta rota y voy a mi habitación y también habían tumbado mi puerta y todos los documentos míos tirados por el piso. Los batalloneros del pueblo habían entrado para llevarse el radio comunicador y registraron todo, porque ellos creían que los obispos habíamos pedido la invasión. La gente del pueblo estaba muy enojada por eso. Esa noche celebré la Misa de Navidad con mi pueblo y cuatro jóvenes vecinos míos durmieron en mi casa para acompañarme.
Al día siguiente me entero que un grupo de campesinos está persiguiendo por el monte a un profesor del primer ciclo que era de los Batallones de la Dignidad por lo que había pasado en mi casa. Yo salí corriendo y pude hablar con ellos y pedí calma y que se fueran a sus casas. Luego me reuní con el profesor y él me explicó que cumplían órdenes y que él no tenía nada contra mí, que me estimaba mucho y que nunca me hubiera hecho nada malo. Los otros tres civiles que participaron en eso fueron a verme y pedirme perdón. Yo abogué por ellos en sus trabajos, ya que eran gente pobre y dependían de su sueldo de empleados públicos. Realmente lo digo, no tengo nada contra ellos y los sigo estimando.
Se instaló el gobierno y empezó la reconstrucción del país, que se intentó hacer sobre todo a nivel económico. Pero sigue la herida abierta de la división nacional, de la actitud del juega vivo y el servilismo, de hacer las cosas a medias, de considerar que lo importante es lo mío nada más y de que nosotros siempre necesitamos alguien de afuera que nos solucione los problemas.
No se puede echar toda la culpa de estas actitudes a los militares, ( ya han pasado doce años y cómo estamos), ya que ellos y todos nosotros somos miembros de un pueblo y de una cultura que necesita de una purificación, una transformación y un llenarse de fuerza espiritual, conciencia de identidad nacional y sentido de misión histórica. Necesitamos un cambio profundo que sólo se logrará si los líderes del país, la educación, las iglesias, todos los grupos cívicos y demás fuerzas vivas, nos proponemos hacerlo con pasión pensando en los demás más que en nosotros.
Tuvimos reunión de la Conferencia Episcopal en la Nunciatura e hicimos un comunicado donde reconocíamos los grandes males de Panamá, nos dolía que se ultrajara la soberanía y pedíamos que la democracia se instalara y la apoyáramos todos. Por coincidencia estábamos todos los obispos en Panamá, ya que teníamos reunión extraordinaria en vista del problema del país. Yo, además, tenía el día 20 el Nacimiento en vivo en el Gimnasio. A mí me dolía estar fuera de mi Vicariato en esta situación tan triste del país y decidí, después de pensarlo y llevarlo a la oración, salir el día 24 por la mañana para Darién en mi jeep. Recibí una llamada la noche anterior de Mons. Mcgrath que me aconsejaba no hacerlo y que él mismo por prudencia estaba en la Nunciatura. Había la versión falsa de que los obispos habíamos pedido la invasión. Le agradecí el consejo, pero aún así decidí salir en la mañana del 24 encomendándome a Dios.
Muy en la mañana salí y conduje mi jeep a gran velocidad por esa carretera llegando a Metetí en 3 horas y 50 minutos, siendo eso una hazaña en invierno y con la carretera desecha. De hecho pensaba: "si alguien me va a pegar un tiro, le va a costar". Fui detenido dos veces por los norteamericanos que al ver que era "father" me dejaron pasar. Al llegar a la frontera de Darién, un soldado panameño sale con su ametralladora y al reconocerme me preguntó que cómo estaba la cosa en Panamá. Yo le dije lo que había pasado y él me dejó continuar. En el cruce de Santa Fe habían dos jeep de las Fuerzas de Defensa y unos catorce hombres armados atravesados en la vía y un teniente. Al ver eso yo fui parando lentamente a una distancia prudencial y puse la marcha hacia "atrás" porque no sabía cuál era la intención de ellos. El teniente caminó hacia mí y me dijo: "Monseñor, le comunico que nos hemos rendido en el Darién". Curiosamente, como dije en el artículo anterior, no habían mandos superiores tampoco allí. Llegué a Metetí y cuando entro en la mi casa vi que estaba la puerta rota y voy a mi habitación y también habían tumbado mi puerta y todos los documentos míos tirados por el piso. Los batalloneros del pueblo habían entrado para llevarse el radio comunicador y registraron todo, porque ellos creían que los obispos habíamos pedido la invasión. La gente del pueblo estaba muy enojada por eso. Esa noche celebré la Misa de Navidad con mi pueblo y cuatro jóvenes vecinos míos durmieron en mi casa para acompañarme.
Al día siguiente me entero que un grupo de campesinos está persiguiendo por el monte a un profesor del primer ciclo que era de los Batallones de la Dignidad por lo que había pasado en mi casa. Yo salí corriendo y pude hablar con ellos y pedí calma y que se fueran a sus casas. Luego me reuní con el profesor y él me explicó que cumplían órdenes y que él no tenía nada contra mí, que me estimaba mucho y que nunca me hubiera hecho nada malo. Los otros tres civiles que participaron en eso fueron a verme y pedirme perdón. Yo abogué por ellos en sus trabajos, ya que eran gente pobre y dependían de su sueldo de empleados públicos. Realmente lo digo, no tengo nada contra ellos y los sigo estimando.
Se instaló el gobierno y empezó la reconstrucción del país, que se intentó hacer sobre todo a nivel económico. Pero sigue la herida abierta de la división nacional, de la actitud del juega vivo y el servilismo, de hacer las cosas a medias, de considerar que lo importante es lo mío nada más y de que nosotros siempre necesitamos alguien de afuera que nos solucione los problemas.
No se puede echar toda la culpa de estas actitudes a los militares, ( ya han pasado doce años y cómo estamos), ya que ellos y todos nosotros somos miembros de un pueblo y de una cultura que necesita de una purificación, una transformación y un llenarse de fuerza espiritual, conciencia de identidad nacional y sentido de misión histórica. Necesitamos un cambio profundo que sólo se logrará si los líderes del país, la educación, las iglesias, todos los grupos cívicos y demás fuerzas vivas, nos proponemos hacerlo con pasión pensando en los demás más que en nosotros.