El día en que todos nos sentimos consternados
El 11 de septiembre comenzó una nueva gran transformación del mundo. Por primera vez desde la terminación de la guerra fría comenzó un debate serio sobre el estado del mundo contemporáneo, un debate que abrió nuestras conciencias y que necesitábamos como el oxígeno. Hasta el 11 de septiembre, Occidente se sentía muy satisfecho con su desarrollo, aunque era un desarrollo contaminado por un virus mortal, el desigual reparto de los frutos del avance tecnológico.
En el diario español Vanguardia, correspondiente a la edición del domingo 18 de los corrientes salió publicado un artículo de opinión del ex presidente norteamericano Bill Clinton que da a denotar ámbitos muy interesantes en torno al atentado terrorista del 11 de septiembre pasado. Es una especie de "mea culpa" por lo acontecido y formula un llamado a un reactuar con mira a objetivos solidarios entre los países y hombres. Dice así el artículo en alguna de sus partes:
Los terroristas que atacaron el World Trade Center y el Pentágono no se dieron cuenta de que estaban atentando contra los dos símbolos más significativos del materialismo y del poder estadounidenses. Y yo creo que ese fue su error. Las personas que asesinaron los terroristas habían venido a EE.UU. no para morir sino para soñar. Era gente de todos los continentes, de decenas de países diferentes, de casi todas las regiones de la faz de la Tierra, y entre ellos había muchos musulmanes. Los fallecidos en Nueva York, en el Pentágono y en Pennsylvania formaban parte de un mundo y tenían una visión de las cosas muy diferente de la de sus asesinos. Llegados a este punto querría poner de relieve que ahora todos nosotros estamos batallando para dotar de un alma al siglo XXI. Creo que como estadounidenses estamos obligados a varias cosas y querría decirlas de modo muy directo.
Por encima de todo, debemos ganar la contienda en la que nos hemos visto inmersos y para ello debemos tener bien presentes tres cosas. La primera es que las matanzas de civiles por razones económicas, políticas o religiosas son tan antiguas como la historia de los conflictos bélicos y que, sin embargo, nunca han tenido éxito de por sí como estrategia militar. Aquí, en Estados Unidos, hemos creado una nación en la que se practicaba la esclavitud y en la que se mataba a muchos esclavos sin que hubiesen hecho nada ilícito. Ha habido una época en que este país ha preferido mirar hacia otro lado cuando se expoliaba los bienes de un número altísimo de americanos nativos y se les asesinaba para arrebatarles sus tierras o sus derechos sobre las minas con la excusa de que no eran realmente seres humanos. Y también hoy seguimos pagando por ello. En el mismo siglo XX ha habido personas maltratadas o asesinadas por motivos raciales. E incluso hoy día, si bien hemos avanzado -tal vez con algún tropiezo- por el camino justo, algunos sectores siguen alimentando un odio sustentado en prejuicios de raza, religión u orientación sexual. Con todo esto no pretendo sino ilustrar cuán antiguas son las raíces del terrorismo.
En segundo lugar, desearía hacer hincapié en que durante todo este tiempo, además de que nunca se ha alcanzado la victoria practicando sólo el terrorismo, las estrategias militares convencionales que contemplaban también el uso de acciones terroristas han tenido generalmente consecuencias negativas. Es importante recordar que habitualmente el terrorismo se ha vuelto contra quienes lo practican y que por sí solo no ha logrado nunca nada.
El tercer aspecto que desearía subrayar es que el elemento sorpresa tiene una duración limitada. Desde que el primer hombre salió de una caverna con un mazo en alto y los otros todavía no habían pensado en recoger unos cuantos palos y cubrirlos con una piel de animal para hacerse un escudo, la victoria es para el primero que esgrime un arma, pero tarde o temprano los otros suman sus fuerzas y organizan la defensa. Cuando nacimos los de mi generación, se creía que no había forma de defendernos de la guerra nuclear y que acabaríamos exterminados por ésta. En cambio, probamos el único tipo de defensa conocido, la destrucción recíproca asegurada. Y funcionó: desde Hiroshima y Nagasaki no se ha vuelto a lanzar ni una sola bomba atómica.
Pero digo además que no basta con vencer la batalla en curso. Hay muchas personas que no ven el mundo como lo vemos nosotros y, ciertamente, no ven EE.UU. con buenos ojos. De ahí la importancia en que nos empeñemos aún más en construir en el mundo una comunidad de potenciales aliados y reducirla de potenciales terroristas. Como ya he dicho, nos hallamos ante una batalla para definir el espíritu del siglo XXI. ¿Cómo? En primer lugar debemos reducir la pobreza y crear mayores oportunidades económicas. El año pasado condonamos la deuda de los países más pobres. Hay que hacer más.
Hay que lograr que todos los niños del mundo vayan a la escuela. Hay cien millones de niños que no han puesto el pie en una clase. Uno de los graves problemas que se nos plantean ahora en Afganistán es la que ejercen las escuelas religiosas sobre la mente de los chicos. La escolarización de esos chiquillos deberíamos pagarla nosotros. Costaría mucho menos que hacer la guerra y sentaría las bases para una vida mejor, incluso para nosotros mismos. Si asumimos nuestras responsabilidades, crearemos un mundo interdependiente mucho más positivo.
También debemos comprometernos más con la democracia. Hace diez años dije que el modo en cómo se gobiernan los pueblos también era asunto nuestro. Porque, en general, las democracias no pelean unas con otras, no apoyan los actos terroristas de unas contra otras, son aliados de mayor confianza, protegen el ambiente y respetan la ley. La democracia es una fuerza estabilizadora. Brinda medios no violentos para resolver las disputas. No por casualidad la mayor parte de estos terroristas procede de países no democráticos.
Nuestra sociedad no es perfecta y debemos ser lo bastante inteligentes como para desembarazarnos de nuestro arrogante moralismo y para no pedir para nosotros las cosas que denegamos a los otros. Debemos ser capaces de ponernos en pie y decir que no somos contrarios al Islam, pero que deseamos dejar bien claro cuál es nuestro concepto de la verdad, el valor de la vida y el sentimiento de comunidad. Si así lo hacemos, también las nuevas generaciones vivirán la mejor época que el mundo haya conocido nunca.
En el diario español Vanguardia, correspondiente a la edición del domingo 18 de los corrientes salió publicado un artículo de opinión del ex presidente norteamericano Bill Clinton que da a denotar ámbitos muy interesantes en torno al atentado terrorista del 11 de septiembre pasado. Es una especie de "mea culpa" por lo acontecido y formula un llamado a un reactuar con mira a objetivos solidarios entre los países y hombres. Dice así el artículo en alguna de sus partes:
Los terroristas que atacaron el World Trade Center y el Pentágono no se dieron cuenta de que estaban atentando contra los dos símbolos más significativos del materialismo y del poder estadounidenses. Y yo creo que ese fue su error. Las personas que asesinaron los terroristas habían venido a EE.UU. no para morir sino para soñar. Era gente de todos los continentes, de decenas de países diferentes, de casi todas las regiones de la faz de la Tierra, y entre ellos había muchos musulmanes. Los fallecidos en Nueva York, en el Pentágono y en Pennsylvania formaban parte de un mundo y tenían una visión de las cosas muy diferente de la de sus asesinos. Llegados a este punto querría poner de relieve que ahora todos nosotros estamos batallando para dotar de un alma al siglo XXI. Creo que como estadounidenses estamos obligados a varias cosas y querría decirlas de modo muy directo.
Por encima de todo, debemos ganar la contienda en la que nos hemos visto inmersos y para ello debemos tener bien presentes tres cosas. La primera es que las matanzas de civiles por razones económicas, políticas o religiosas son tan antiguas como la historia de los conflictos bélicos y que, sin embargo, nunca han tenido éxito de por sí como estrategia militar. Aquí, en Estados Unidos, hemos creado una nación en la que se practicaba la esclavitud y en la que se mataba a muchos esclavos sin que hubiesen hecho nada ilícito. Ha habido una época en que este país ha preferido mirar hacia otro lado cuando se expoliaba los bienes de un número altísimo de americanos nativos y se les asesinaba para arrebatarles sus tierras o sus derechos sobre las minas con la excusa de que no eran realmente seres humanos. Y también hoy seguimos pagando por ello. En el mismo siglo XX ha habido personas maltratadas o asesinadas por motivos raciales. E incluso hoy día, si bien hemos avanzado -tal vez con algún tropiezo- por el camino justo, algunos sectores siguen alimentando un odio sustentado en prejuicios de raza, religión u orientación sexual. Con todo esto no pretendo sino ilustrar cuán antiguas son las raíces del terrorismo.
En segundo lugar, desearía hacer hincapié en que durante todo este tiempo, además de que nunca se ha alcanzado la victoria practicando sólo el terrorismo, las estrategias militares convencionales que contemplaban también el uso de acciones terroristas han tenido generalmente consecuencias negativas. Es importante recordar que habitualmente el terrorismo se ha vuelto contra quienes lo practican y que por sí solo no ha logrado nunca nada.
El tercer aspecto que desearía subrayar es que el elemento sorpresa tiene una duración limitada. Desde que el primer hombre salió de una caverna con un mazo en alto y los otros todavía no habían pensado en recoger unos cuantos palos y cubrirlos con una piel de animal para hacerse un escudo, la victoria es para el primero que esgrime un arma, pero tarde o temprano los otros suman sus fuerzas y organizan la defensa. Cuando nacimos los de mi generación, se creía que no había forma de defendernos de la guerra nuclear y que acabaríamos exterminados por ésta. En cambio, probamos el único tipo de defensa conocido, la destrucción recíproca asegurada. Y funcionó: desde Hiroshima y Nagasaki no se ha vuelto a lanzar ni una sola bomba atómica.
Pero digo además que no basta con vencer la batalla en curso. Hay muchas personas que no ven el mundo como lo vemos nosotros y, ciertamente, no ven EE.UU. con buenos ojos. De ahí la importancia en que nos empeñemos aún más en construir en el mundo una comunidad de potenciales aliados y reducirla de potenciales terroristas. Como ya he dicho, nos hallamos ante una batalla para definir el espíritu del siglo XXI. ¿Cómo? En primer lugar debemos reducir la pobreza y crear mayores oportunidades económicas. El año pasado condonamos la deuda de los países más pobres. Hay que hacer más.
Hay que lograr que todos los niños del mundo vayan a la escuela. Hay cien millones de niños que no han puesto el pie en una clase. Uno de los graves problemas que se nos plantean ahora en Afganistán es la que ejercen las escuelas religiosas sobre la mente de los chicos. La escolarización de esos chiquillos deberíamos pagarla nosotros. Costaría mucho menos que hacer la guerra y sentaría las bases para una vida mejor, incluso para nosotros mismos. Si asumimos nuestras responsabilidades, crearemos un mundo interdependiente mucho más positivo.
También debemos comprometernos más con la democracia. Hace diez años dije que el modo en cómo se gobiernan los pueblos también era asunto nuestro. Porque, en general, las democracias no pelean unas con otras, no apoyan los actos terroristas de unas contra otras, son aliados de mayor confianza, protegen el ambiente y respetan la ley. La democracia es una fuerza estabilizadora. Brinda medios no violentos para resolver las disputas. No por casualidad la mayor parte de estos terroristas procede de países no democráticos.
Nuestra sociedad no es perfecta y debemos ser lo bastante inteligentes como para desembarazarnos de nuestro arrogante moralismo y para no pedir para nosotros las cosas que denegamos a los otros. Debemos ser capaces de ponernos en pie y decir que no somos contrarios al Islam, pero que deseamos dejar bien claro cuál es nuestro concepto de la verdad, el valor de la vida y el sentimiento de comunidad. Si así lo hacemos, también las nuevas generaciones vivirán la mejor época que el mundo haya conocido nunca.