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El Diablo y los males del mundo


Cuenta una leyenda andina, la vez que el mismísimo Diablo se le ocurrió vender males por la Tierra, porque a pesar que la humanidad ya era pecadora existía poca variedad de desgracias rondando por el mundo. Así, el demonio transitó por todos los rincones anunciando los males triturado y empacados en sacos, que se distinguían por sus colores y etiquetas que permitían saber de su contenido. Allí estaba el paquete verde de la envidia al lado del envoltorio negro de la corrupción. Llamaba la atención el rojo carmelita de la soberbia y el marrón del odio concentrado. La variedad de males se extendía a paquetes multicolores de la avaricia, la enfermedad, la intolerancia, la miseria, la violencia ciega, la maledicencia, la mentira, el rencor, el engaño y la traición, entre muchas otras.
Entre los gruesos envoltorios se encontraba uno pequeño que contenía un polvillo color blanco, marcado con el nombre "Desaliento". El Diablo no se daba abasto, por la cantidad de demandas de males que le hacían muchas personas, que las buscaban para hacerles daño a sus semejantes. Se frotaba las manos subiendo el precio para aumentar el margen de ganancia. Casi nadie se fijaba en el polvo blanco, y los pocos que lo hacían, hacían un gesto de rechazo y exclamaban:
¿El desaliento? Ese no es un mal importante- y no lo adquirían sino que se abalanzaban sobre los otros envoltorios, que al disminuir obligaba al Diablo a enviar a los demonios ayudantes a buscar más productos en las bodegas del averno.
Uno que otro le preguntaba por curiosidad el precio del paquetito de desaliento, y se echaban a reír al escuchar que era la mercancía más cara de todas, incluso más costosa que la suma de todos los otros envoltorios, y le acusaban de ser un Diablo bandido y de quererlos engañar con un precio tan alto.
Así, pues, se vendieron todos los males, y sólo quedó en la gran carreta que utilizaba el Diablo para su negocio, el pequeño saco del polvo blanco que nadie quiso adquirir por caro y por ser poco importante. Después de contar sus ganancias el maligno personaje, rió siniestramente y gritó a los cuatro vientos:
¡Con éste todos, sin éste ninguno!- y sopló el contenido del saquito por toda la tierra, ayudado por ráfagas huracanadas que los esparcieron por todas las latitudes del orbe.
A partir de ese momento, todos los otros males se agravaron. La prepotencia y el autoritarismo fueron más déspotas ante el desaliento de los subyugados; los miserables se desanimaron de luchar contra su situación; las mujeres aceptaron el maltrato como algo inevitable; el odio se hizo más fuerte frente al amor; la guerra frente a la paz; la indiferencia frente a la participación.
" Así fue como el Diablo hizo mal a toda la tierra, pues sin el desaliento ningún mal podía pescar a un hombre". Concluye el peruano Ciro Alegría del que adaptamos esta leyenda, que luego recomienda "que el desaliento no empuñe nunca vuestro corazón".
La leyenda sirve para mirar nuestra realidad, donde el desaliento parece penetrar muchos rincones y personas. Desaliento traducido en apatía y conformidad, que produce ciudadanos y ciudadanas que aceptan las injusticias y desigualdades sin chistar. Desesperanza de muchos ante el presente y futuro del país, pensando que la vuelta al pasado neocolonial es la mejor solución sin atreverse a dar pasos al frente; aceptación pasiva de los males de la democracia sin plantearse participar o buscar los mecanismos para construir un sistema político más pleno y un desarrollo con mayor equidad; derrotismo ante el porvenir y desinterés en atreverse a pensar y proponer anticipando que nada sirve y que "esto no lo arregla nadie.
Pero también están los que no permiten que el desaliento los gane, y buscan no sólo problemas sino soluciones, protestas con propuestas, trabajo con voluntad, acción y pensamiento, soberanía y democracia, equidad y desarrollo, ambiente y sostenibilidad, género y emancipación, y sobre todas la cosas el respeto a la inalienable condición humana, a la dignidad de las personas. Estos prevalecerán e impulsarán con su compromiso, estén donde estén, y de mil y una formas diferentes el proyecto humanizador que tanto nos falta, pues son la sal de la tierra.
¿Permitirás que el desaliento empuñe tu corazón? (raulleisr@hotmail.com)

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