El difícil arte de reactivar la economía
Uno de los aspectos más complicados de la gestión de una economía es precisamente mantener ésta a una velocidad sostenible. Si el freno y el acelerador fueran controlados por la misma persona, como ocurre en un automóvil, las dificultades serían menores. El problema es que son múltiples los sujetos que aceleran la economía tanto como quienes la frenan actuando en sentido inverso. Es por ende indispensable establecer una división de funciones, pues sería intolerable que mientras unos aceleran los otros frenen.
Los problemas inherentes a un adecuado ajuste y sincronización de los diversos factores que inciden sobre la marcha de la economía nacional no están plenamente resueltos. Así por ejemplo, es negativa la politización de las instituciones que tienen a su cargo la responsabilidad de implantar una estrategia coherente con el entorno, así como los objetivos señalados y la estabilidad de precios. La estrategia económica debe ser clara y fuera de toda injerencia partidista.
La revolución tecnológica a la que estamos asistiendo y los demás aspectos de la llamada nueva economía, está dando una nueva dimensión a las variables económicas tradicionales, tales como el nivel de crecimiento, las fluctuaciones económicas y la estabilidad de precios. El ministro de Economía y Finanzas se ha encontrado, por lo tanto, con un dilema. O actúa de acuerdo a las conductas tradicionales y reactiva la economía rápidamente promoviendo el consumo o da un margen de confianza a la nueva reforma tributaria y asume un mayor riesgo al retrasar las expectativas de inversión del sector privado.
El ministro, ante este dilema, ha adoptado una especie de vía intermedia; ha exhortado a la prudencia de todas las maneras y formas posibles, pero sin inclinarse por algo definitivo. La vía intermedia del ministro, como todas las soluciones de este tipo, ha creado problemas con tirios y troyanos. Le han criticado aquellos que consideran que ha sido excesivamente insensible por el momento en que presenta esta reforma fiscal, dándose a entender que es una burbuja especulativa generada por la necesidad de balancear un presupuesto que nunca debió ser aprobado. También se le critica porque no se ha centrado demasiado en la economía real, el desempleo y en los precios al consumidor.
Lo cierto es que la política fiscal que se adopte tendrá una gran influencia en el crecimiento económico, tanto por la dimensión del déficit como por los tipos de gastos e impuestos aplicados, pero el punto clave será identificar qué efecto tendrá sobre la inversión.
Si difícil era ir encontrando el tono adecuado para compaginar el programa económico del gobierno con el contexto de la economía tradicional, el tema se ha complicado desde el momento en que las autoridades reclaman mayores ingresos para poder incrementar su capacidad operativa.
Finalmente, la política económica debe ser prudente, pero no vacilante a la hora del arranque. Si algo enseña la experiencia propia y ajena en estos menesteres es que, a fin de cuentas, a la hora de acelerar hay que hacerlo con determinación, poniendo el pie firme sobre el acelerador; lo mismo que al frenar, sea para evitar un peligro o colisión o para prevenir un recalentamiento. De lo contrario, tendremos que resignarnos al decaimiento, la desaceleración perniciosa y el desgaste.
Los problemas inherentes a un adecuado ajuste y sincronización de los diversos factores que inciden sobre la marcha de la economía nacional no están plenamente resueltos. Así por ejemplo, es negativa la politización de las instituciones que tienen a su cargo la responsabilidad de implantar una estrategia coherente con el entorno, así como los objetivos señalados y la estabilidad de precios. La estrategia económica debe ser clara y fuera de toda injerencia partidista.
La revolución tecnológica a la que estamos asistiendo y los demás aspectos de la llamada nueva economía, está dando una nueva dimensión a las variables económicas tradicionales, tales como el nivel de crecimiento, las fluctuaciones económicas y la estabilidad de precios. El ministro de Economía y Finanzas se ha encontrado, por lo tanto, con un dilema. O actúa de acuerdo a las conductas tradicionales y reactiva la economía rápidamente promoviendo el consumo o da un margen de confianza a la nueva reforma tributaria y asume un mayor riesgo al retrasar las expectativas de inversión del sector privado.
El ministro, ante este dilema, ha adoptado una especie de vía intermedia; ha exhortado a la prudencia de todas las maneras y formas posibles, pero sin inclinarse por algo definitivo. La vía intermedia del ministro, como todas las soluciones de este tipo, ha creado problemas con tirios y troyanos. Le han criticado aquellos que consideran que ha sido excesivamente insensible por el momento en que presenta esta reforma fiscal, dándose a entender que es una burbuja especulativa generada por la necesidad de balancear un presupuesto que nunca debió ser aprobado. También se le critica porque no se ha centrado demasiado en la economía real, el desempleo y en los precios al consumidor.
Lo cierto es que la política fiscal que se adopte tendrá una gran influencia en el crecimiento económico, tanto por la dimensión del déficit como por los tipos de gastos e impuestos aplicados, pero el punto clave será identificar qué efecto tendrá sobre la inversión.
Si difícil era ir encontrando el tono adecuado para compaginar el programa económico del gobierno con el contexto de la economía tradicional, el tema se ha complicado desde el momento en que las autoridades reclaman mayores ingresos para poder incrementar su capacidad operativa.
Finalmente, la política económica debe ser prudente, pero no vacilante a la hora del arranque. Si algo enseña la experiencia propia y ajena en estos menesteres es que, a fin de cuentas, a la hora de acelerar hay que hacerlo con determinación, poniendo el pie firme sobre el acelerador; lo mismo que al frenar, sea para evitar un peligro o colisión o para prevenir un recalentamiento. De lo contrario, tendremos que resignarnos al decaimiento, la desaceleración perniciosa y el desgaste.