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El discurso de Varela


Si tuviésemos que responder a la interrogante: ¿Qué cosas connotan, en síntesis, como mensajes claros y precisos, al discurso del presidente Varela pronunciado el día 1 de julio del año en curso y en ocasión de juramentar, como nuevo presidente de la República de Panamá? Responderíamos, luego de algunas meditaciones, lo siguiente: Se trata de un discurso que hace trascender el concepto de la justicia social por encima de los intereses mezquinos de algunos; se les da o confiere relevancia y singular importancia a las grandes mayorías nacionales y expectativas de respuestas a sus exigencias y clamores de soluciones concretas a los problemas más agobiantes del país; hace foco de atención, sin duda alguna, en una provincia en especial, la de Colón y en ella la capital -básicamente porque los proyectos y planes de desarrollo se hacen incidir en la cara de la ciudad y no tanto en el resto de las comunidades de dicha provincia-; se admite que el tema concerniente a las pandillas, el narcotráfico y la delincuencia o el crimen organizado son, hoy por hoy, una pandemia para el país y se presenta un plan de ataque directo para terminar con dichas bandas criminales al extremo de hablarse de “una amnistía hasta el mes de agosto” para que depongan y entreguen sus armas; se ha referido al retorno a “la democracia y a la institucionalidad”, siendo que con ello denota un respeto por el Estado de Derecho, a su Constitución y a sus leyes; el llamado al país de que “nadie, absolutamente nadie, estará por encima de las leyes en esta nación” resaltando en dicha expresión que no se tolerará la corrupción y el que en ella caiga habrá de pagar las consecuencias penales y de otra naturaleza; “mantener y preservar el crecimiento económico del país con justicia social”.

A juicio de algunos analistas, tal vez, habrá otros tópicos que podrían ser mencionados; sin embargo, estimo que, a mi juicio, son estos los puntos que trascienden, con importancia singular, en la conciencia cívica de los ciudadanos y en todos los que han escogido a esta nación como su patria, como su casa.

Ante este discurso plagado, al mismo tiempo, de mucha emotividad -obviamente, comprendida en toda su magnitud, merced al jolgorio personal y colectivo y el éxito político de ascender al ejercicio del poder político- queremos hacer algunas observaciones:

Enhorabuena, el discurso del presidente Varela. Tiene una fuerte carga de respeto al Estado de Derecho. Estado que, sin sometimiento a las leyes, no puede funcionar y sin dicho respeto se pierde todo equilibrio y mesura en el funcionamiento de sus instituciones políticas y democráticas; en este Estado, el de Derecho, toda actividad judicial está comandada u orientada por dos conceptos pilares: el Estado de Inocencia -comúnmente conocido como presunción de inocencia- y el debido proceso.

ESE MEJOR BIENESTAR, A PESAR DE LA BUENA VOLUNTAD DEL MANDATARIO, VA A DEPENDER DE LA BUENA VOLUNTAD DE LAS PODEROSAS MINORÍAS QUE DETENTAN EL PODER ECONÓMICO EN NUESTRA NACIÓN.

Sin el debido proceso, todo se torna en una parafernalia y burda expresión de garantismo procesal. Pero esta tarea no es para el Ejecutivo, sino obra de los jueces y magistrados, fiscales y cuanto operador exista en el sistema de justicia panameño. Pero deviene, en importancia singular, que el primer magistrado de la nación haga un llamado de atención sobre este tema.

El retorno a la institucionalidad entraña no tan solo el respeto al Estado de Derecho, sino el sometimiento, al mismo tiempo, de las autoridades, desde la más baja hasta la más elevada, a las leyes.

El Estado de Derecho opera en doble vía: ciudadanos y particulares sometidos a las leyes, a sus prescripciones y autoridades sometidas a ellas, en el mismo sentido y con mayor importancia por cuanto son quienes las aplican, expiden, interpretan y ejecutan.

El Estado de Derecho tiene por norma, clave, el respeto al sagrado patrimonio de la dignidad humana. Sin dicho respeto todo intento de respetar al Estado de Derecho queda en el mero intento o en nostálgicos cantos de sirena.

La justicia social es un concepto vital: qué bueno que ha sido invocado por el presidente Varela.

Siempre me he referido al mejor bienestar para las grandes mayorías nacionales. Ese mejor bienestar, a pesar de la buena voluntad del mandatario, va a depender de la buena voluntad de las poderosas minorías que detentan el poder económico en nuestra nación. Que permitan y dejen hacer. Que el monstruo troglodita del capitalismo con desbordado apetito y voracidad singular no sean los obstáculos para la buena agenda del nuevo gobierno. Y que, a su vez, el presidente Varela, se cuide de quienes, consciente o inconscientemente, puedan sentirse animados por un terrible y devastador flagelo de raíces psicológicas: Creerse dueños del poder y dueños de la patria.

 

101 años de Panamá América

 
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