El doloroso Viernes de Cristo
Jesús vivió 33 años y en esos años pasaron muchos viernes, tal vez en muchas ocasiones se detuvo a pensar en aquel viernes que sería diferente a todos. Sabía que jamás en la historia se viviría un viernes como ése, donde la tierra quedaría empapada, no por un torrencial aguacero o por otro diluvio, sino por el torrente de su sangre que sería derramada hasta la última gota por la redención de la humanidad.
Ese viernes inigualable, los ángeles miraban atónitos cómo los clavos penetraban y rasgaban las manos que tantas veces se levantaron para bendecir a los que lo crucificaron. Y cómo traspasaban los pies del mensajero de la paz. Al Hijo bendito de Dios, que dócil se dejaba clavar en un madero, en un gesto de amor jamás superado ni igualado. Cristo sufrió mucho ese viernes y todos los viernes y demás días en que no agradecemos su sacrificio por nosotros.
Tal vez muchos viven como si Dios no existiera, como si Cristo no hubiera venido, y menos que haya muerto en la cruz. Qué triste debe ser la existencia de los que así piensan, porque viven una vida vacía, sin esperanza en algo mejor, sin sentir la dicha de que todo un Dios nos tomó en cuenta a la hora de crear el mundo, sin méritos de nuestra parte, y nos creó por amor y envió a su Hijo a padecer y morir por nosotros.
Si para muchos Dios no existe y Cristo no murió en la cruz, ¿qué esperamos después de todo lo limitado que vivimos? Seguiremos odiándonos y matándonos para luego morir sin esperar nada. Qué desgraciados seríamos de ser así.
Ese viernes doloroso de Cristo es la mejor prueba del amor de Dios hacia sus criaturas. No hacemos nada para ganar esa gracia, somos pecadores que vivimos endiosados, pretendiendo o queriendo resolver nuestros problemas sin la ayuda del que todo lo puede.
Miremos la cruz y dejemos tanta soberbia, inclinemos humildemente la cabeza ante la majestad de ese Rey crucificado, que dejó la comodidad de su morada celestial y aceptó voluntariamente rescatarnos del mal, ofreciéndose a cargar sobre sus hombros el peso de nuestras faltas.
En el año hay muchos viernes; pero como el doloroso viernes de Cristo ninguno.
Ese viernes inigualable, los ángeles miraban atónitos cómo los clavos penetraban y rasgaban las manos que tantas veces se levantaron para bendecir a los que lo crucificaron. Y cómo traspasaban los pies del mensajero de la paz. Al Hijo bendito de Dios, que dócil se dejaba clavar en un madero, en un gesto de amor jamás superado ni igualado. Cristo sufrió mucho ese viernes y todos los viernes y demás días en que no agradecemos su sacrificio por nosotros.
Tal vez muchos viven como si Dios no existiera, como si Cristo no hubiera venido, y menos que haya muerto en la cruz. Qué triste debe ser la existencia de los que así piensan, porque viven una vida vacía, sin esperanza en algo mejor, sin sentir la dicha de que todo un Dios nos tomó en cuenta a la hora de crear el mundo, sin méritos de nuestra parte, y nos creó por amor y envió a su Hijo a padecer y morir por nosotros.
Si para muchos Dios no existe y Cristo no murió en la cruz, ¿qué esperamos después de todo lo limitado que vivimos? Seguiremos odiándonos y matándonos para luego morir sin esperar nada. Qué desgraciados seríamos de ser así.
Ese viernes doloroso de Cristo es la mejor prueba del amor de Dios hacia sus criaturas. No hacemos nada para ganar esa gracia, somos pecadores que vivimos endiosados, pretendiendo o queriendo resolver nuestros problemas sin la ayuda del que todo lo puede.
Miremos la cruz y dejemos tanta soberbia, inclinemos humildemente la cabeza ante la majestad de ese Rey crucificado, que dejó la comodidad de su morada celestial y aceptó voluntariamente rescatarnos del mal, ofreciéndose a cargar sobre sus hombros el peso de nuestras faltas.
En el año hay muchos viernes; pero como el doloroso viernes de Cristo ninguno.