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El dueño de las Naciones Unidas


Según parece, eso es lo que se considera el señor Jesse Helms, el conspícuo líder ultraderechista del senado estadounidense.
En dos artículos anteriores, publicados en este mismo diario, el 18 de febrero y 3 de junio de 1997, bajos los títulos "Las Naciones Unidas en un mundo unipolar" y ¿Cúales Naciones Unidas?" comenté la nueva realidad que enfrenta la organización mundial como resultado de la desaparición del balance de poder que imponía la existencia de dos bloques hegemónicos, encabezados por los Estados Unidos y la antigua Unión Soviética.
Después del derrumbe y fraccionamiento de la Unión Soviética, emergieron 15 ó 16 estados, el mayor de los cuales es la Federación Rusa, que no es un poder mundial de primer orden capaz de hacer contrapeso a los Estados Unidos. Y éstos, conscientes de su privilegiada condición de ser la única verdadera superpotencia, como no debe sorprender, han comenzado a hacer sentir esta nueva dimensión de su peso político en todos los ámbitos de la vida internacional.
Desde hace ya bastante tiempo, los sectores más retrógrados de la política norteamericana, con el senador Helms a la cabeza, han venido exponiendo su aspiración de colocar bajo su tutela a las principales organizaciones de la comunidad internacional, tales como las Naciones Unidas o el Banco Mundial, Y como era de esperar, ahora que la nueva correlación de fuerzas los ubica como la nación predominante, han considerado que llegó el momento de materializar su vieja aspiración.
La Organización de las Naciones Unidas se sostiene con las cuotas que pagan sus estados miembros, que están asignadas en relación con su riqueza económica y, por tanto, a los Estados Unidos le corresponde pagar la cuota más alta. Por consiguiente, cuando éstos dejan de pagar a tiempo la organización se sacude hasta sus cimientos.
Hace ya bastantes años, los Estados Unidos vienen cubriendo sus cuotas con retraso y han llegado a acumular una morosidad cerca a los 1,300 millones de dólares, aunque ellos alegan que el monto de la deuda es inferior.
El señor Kofi Annam, tan pronto asumió el cargo de Secretario General, luego de la salida del egipcio Boutros Gali, convirtió en prioridad de su gestión lograr el pago de las cuotas atrasadas, con miras a normalizar el funcionamiento de la organización mundial y, para ello, apeló a la buena voluntad del gobierno de los Estados Unidos. Y aquí fue cuando el señor Helms, en su condición de presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Senado, asumió el papel que habría venido buscando.
Al Comité de Asuntos Exteriores le corresponde autorizar los fondos para cancelar las cuotas atrasadas de los Estados Unidos con las Naciones Unidas y, por tanto, el senador, finalmente, pudo asir la sartén por el mango.
En un acto sin precedentes y, además, contrario a las más elementales prácticas diplomáticas, ante la pasividad o por recomendación del Departamento de Estado, el Secretario General compareció ante un Comité del Congreso de los Estados Unidos, para gestionar el pago de las cuotas atrasadas. De esa comparecencia quedó como saldo que la organización deberá hacer una remodelación de su estructura administrativa o de los contrario no recibirá los fondos adeudados.
Si lo relatado hasta ahora es grave, todavía lo es más que al senador Helms se le haya permitido concurrir al Consejo de Seguridad, como ocurrió hace un par de semanas, a leerle su cartilla al principal órgano de la ONU, en término de poder real.
De las Naciones unidas forman parte los Estados y éstos están representados por las delegaciones acreditadas ante la misma. Puede ser que el señor Helms se le haya acreditado como parte de una delegación de su país, pero no creo que ese fuera el caso. Los despachos de prensa que dieron cuenta de la intervención del senador destacaron que concurrió en su condición de presidente del Comité de Asuntos Exteriores del Senado.
Creo que en cuanto a la consecución de su obsesión de someter al organismo mundial a los dictados de su agenda, el señor Helms logró un paso muy importante. Lo lamentable es que la perdedora fue la organización, cuya imagen quedó, por decir lo menos, bastante maltrecha.
La efectividad de los organismos multilaterales está condicionada al respeto del principio de la igualdad jurídica de los estados. Si ese principio es vulnerado, porque un Estado o uno de sus órganos internos, como ocurre en este caso, puede imponer su voluntad a los otros estados miembros, la existencia misma de la organización puede peligrar.

101 años de Panamá América

 
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