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El efecto microonda


El coloquio desatado entre los ansiosos comensales y el aroma invasivo del guiso, preparado a la sazón de un exquisito gusto, se vieron interrumpido en un santiamén por el aparatoso estrépito que envolvió la precipitación de una retahíla de cacerolas que adornaban el estrecho corredor hacia la cocina advirtiendo, una vez más, la oportuna llegada ante los pies del caldero de ese personaje que, a través de los años al frente de su imponderable matriarcado, supo sortear con paciencia y tenacidad una larga lista de quehaceres inherentes al hogar, sin defraudar las expectativas de una asidua y puntual concurrencia que anhelaba impacientemente el célebre momento de sentarse a compartir la mesa.

Vivíamos una época en que aún el censo de aparatos electrónicos en casa no superaba el número de inquilinos; solíamos estar, en gran medida, al margen de la escasa tecnología disponible en el mercado; sin embargo, éramos dueños de nuestro tiempo. Existían menos propietarios de casas... pero más poseedores de hogares. Fue una etapa de la cual atesoro con profunda nostalgia los más gratos momentos que trazaron con tinta indeleble la orientación y curso a seguir, en medio de la vorágine a la que nos ha abocado este devastador consumismo que deambula y crece exponencialmente bajo el regazo de la publicidad engañosa, afianzada en la ignorancia y estrechez de criterios, ofertando comodidades, lujos y destellos de felicidad cimentados en la maquiavélica cultura del "Cuánto tienes, cuánto vales".

En un leve cabeceo mientras soñaba, intenté infructuosamente descubrir el instante en que nuestras residencias se transformaron en hoteles con facilidades proporcionales a los ingresos de la parentela, desvirtuando el santuario en que, alguna vez, con suma devoción compartimos uno de los más integradores momentos familiares: "La hora del almuerzo". Y es que el "efecto microonda", además de brindarnos la oportunidad de tener comida caliente a toda hora y en cualquier lugar (levantando las restricciones que en otrora su ausencia imponía), llegó para quedarse y expandirse a la velocidad de las exigencias de un mercado competitivo idólatra de la explotación irracional del hombre por el hombre y un sistema productivo que, en muchos casos, ve al trabajador como una simple cifra sujeta a constantes evaluaciones y cotejos, con estándares de calidad construidos sobre la base de la indiferencia y la deshumanización.

Hoy, cuando tres cortos e intermitentes pitidos secundaron una singular fanfarria que anunciaba la presencia del efecto microonda en la cocina, mis sueños quedaron separados de una realidad que despertó abogando por un verdadero sentido de "Responsabilidad Social Empresarial"; el cual, lejos de alardear o vender una imagen corporativa, retribuya a la sociedad el espacio hurtado por un progreso arrollador e inconsulto que logró penetrar la interioridad de nuestras moradas, para luego hacer de la ostentación y la efímera riqueza sus huéspedes permanentes.

101 años de Panamá América

 
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