El embargo y la represión en Cuba
La reciente detención y el incremento de la represión contra integrantes de la incipiente oposición interna al gobierno del presidente cubano Fidel Castro, es muestra de cómo el bloqueo unilateral de Estados Unidos no hace sino consolidar la situación del régimen, que tiene en el embargo una excusa perfecta para invocar un perenne estado de excepción.
Percatado de esa situación, el New York Times comentaba el mes pasado en su columna editorial, que la última ofensiva diplomática de Castro por El Caribe, Sudáfrica y Brasil, entre otros, demostraba el fracaso de la política de bloqueo que lleva 36 años. Sugería asimismo, la conveniencia de revisar dicha política por otra más flexible, que permitiera influenciar al régimen a favor de los derechos humanos de sus ciudadanos. "El aislamiento, no trabaja", sentenció al final la publicación.
Mas la citada columna no se agotó en la mera crítica del embargo a Cuba y a la ley Helms-Burton que tiende a su fortalecimiento, sino que propuso concretamente el incremento del comercio y las inversiones en la isla, como mecanismo para propiciar cambios democráticos.
Y de eso es de lo que venimos hablando cada vez que en los últimos años hemos abordado el tema cubano y la posible solución al problema. Si lo vemos bien, la propuesta no se diferencia gran cosa de la política pragmática que sigue Estados Unidos con relación a China comunista. Cambios graduales son preferibles a ninguno. Y en muchos casos, como lo demuestra la explosiva situación en Rusia, la evolución paulatina es más deseable que un trauma revolucionario que de lugar a la anarquía y a males peores.
Por eso nos parece también errada la actitud del avestruz que con respecto al problema ha asumido el Grupo de Río y la Conferencia Iberoamericana en sus últimas reuniones. Los problemas no suelen solucionarse solos; e incluso, la eventual muerte de Castro, no necesariamente significará un cambio automático hacia la democracia. Tal cosa sólo ocurrirá si desde ya se va allanando el camino hacia el cambio. Y en ese sentido, el embargo y el aislamiento, en nada ayudan.
Percatado de esa situación, el New York Times comentaba el mes pasado en su columna editorial, que la última ofensiva diplomática de Castro por El Caribe, Sudáfrica y Brasil, entre otros, demostraba el fracaso de la política de bloqueo que lleva 36 años. Sugería asimismo, la conveniencia de revisar dicha política por otra más flexible, que permitiera influenciar al régimen a favor de los derechos humanos de sus ciudadanos. "El aislamiento, no trabaja", sentenció al final la publicación.
Mas la citada columna no se agotó en la mera crítica del embargo a Cuba y a la ley Helms-Burton que tiende a su fortalecimiento, sino que propuso concretamente el incremento del comercio y las inversiones en la isla, como mecanismo para propiciar cambios democráticos.
Y de eso es de lo que venimos hablando cada vez que en los últimos años hemos abordado el tema cubano y la posible solución al problema. Si lo vemos bien, la propuesta no se diferencia gran cosa de la política pragmática que sigue Estados Unidos con relación a China comunista. Cambios graduales son preferibles a ninguno. Y en muchos casos, como lo demuestra la explosiva situación en Rusia, la evolución paulatina es más deseable que un trauma revolucionario que de lugar a la anarquía y a males peores.
Por eso nos parece también errada la actitud del avestruz que con respecto al problema ha asumido el Grupo de Río y la Conferencia Iberoamericana en sus últimas reuniones. Los problemas no suelen solucionarse solos; e incluso, la eventual muerte de Castro, no necesariamente significará un cambio automático hacia la democracia. Tal cosa sólo ocurrirá si desde ya se va allanando el camino hacia el cambio. Y en ese sentido, el embargo y el aislamiento, en nada ayudan.