El escritor interiorano
Hace miles de años, mucho antes que los arcabuces y las cruces deambularan por la región, algún ignoto habitante de la zona plasmó sobre los petroglifos un rupestre signo de comunicación. A ese desconocido antepasado debemos los santeños y herreranos el inicio de la palabra escrita. Los siglos siguientes vieron nacer el alfabeto sobre la carabelas fondeadas en el Golfo de Parita.
Luego de 500 años, mucha ha sido la deuda contraída con nuestros antepasados. Desde entonces, el escritor ha estado ligado a los sinsabores y alegrías de su pueblo. Ya se trate de la décima, el ensayo o la novela, el habitante de la zona ha tratado de expresar a su manera un mundo que se le antoja benévolo o cargado de permanentes amenazas. La labor de parir la palabra y las emociones ha sido un proyecto que nace del entusiasmo y la soledad del creador; hábil artesano que asume el desafío de pergeñar ante una página en blanco.
El escritor peninsular ha sido un mago de la palabra que, a su vez, ha sido reinventado por la propia evolución de la cultura y la sociedad. Sendero de doble vía en donde crea y es creado. Ello explica la plasticidad de la misma literatura regional. Inicialmente pletórica de querencias, religiosidad y ruralismo; caracterizada por un cierto gusto por retratar a los pueblos y sus gentes, con una historia no siempre fiel a la realidad, pero preñada de amor a su tierra.
En ese andar por el mundo, el siglo XX ha representado para el escritor interiorano una violenta ruptura con lo que siempre supo hacer. En especial, la segunda mitad de la centuria aludida le ha enfrentado a retos que ha asumido con estoicismo. Podríamos decir que ese medio siglo que recién finalizó, podría ser catalogado de época de transición entre el ayer y el hoy.
Creemos que las transformaciones de la presente centuria implica para el escritor, como para el resto de la sociedad, la cabal compresión del cambio que significa una modernidad bien entendida. El falso dilema para la literatura regional podría resumirse en la prolongación de una literatura cargada de un ruralismo o en la apertura hacia una creación que se torne más universal. Al parecer ahora se impone el desarrollo de un ensayo más de índole científico, así como una poesía y una novela con un lenguaje capaz de ser decodificado en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, esta tendencia no tiene que implicar una negación de nuestras raíces, ni debe constituirse en una apología de lo extranjerizante. De hecho, se puede ser universal partiendo de nuestro propio nicho cultural. Una tendencia no tiene que significar necesariamente la negación de la otra.
Por estas razones, los escritores de la región del Canajagua y del Tijera aprovechamos el marco de la I Feria del Libro Azuero 2004, para saludar a la Cámara del Libro por la organización del evento, al mismo tiempo que reclamamos para el escritor panameño una política estatal de apoyo a la gestión cultural y de estímulo a la difusión del pensamiento del hombre panameño.
*Presidente del Círculo de Escritores de Azuero.
Luego de 500 años, mucha ha sido la deuda contraída con nuestros antepasados. Desde entonces, el escritor ha estado ligado a los sinsabores y alegrías de su pueblo. Ya se trate de la décima, el ensayo o la novela, el habitante de la zona ha tratado de expresar a su manera un mundo que se le antoja benévolo o cargado de permanentes amenazas. La labor de parir la palabra y las emociones ha sido un proyecto que nace del entusiasmo y la soledad del creador; hábil artesano que asume el desafío de pergeñar ante una página en blanco.
El escritor peninsular ha sido un mago de la palabra que, a su vez, ha sido reinventado por la propia evolución de la cultura y la sociedad. Sendero de doble vía en donde crea y es creado. Ello explica la plasticidad de la misma literatura regional. Inicialmente pletórica de querencias, religiosidad y ruralismo; caracterizada por un cierto gusto por retratar a los pueblos y sus gentes, con una historia no siempre fiel a la realidad, pero preñada de amor a su tierra.
En ese andar por el mundo, el siglo XX ha representado para el escritor interiorano una violenta ruptura con lo que siempre supo hacer. En especial, la segunda mitad de la centuria aludida le ha enfrentado a retos que ha asumido con estoicismo. Podríamos decir que ese medio siglo que recién finalizó, podría ser catalogado de época de transición entre el ayer y el hoy.
Creemos que las transformaciones de la presente centuria implica para el escritor, como para el resto de la sociedad, la cabal compresión del cambio que significa una modernidad bien entendida. El falso dilema para la literatura regional podría resumirse en la prolongación de una literatura cargada de un ruralismo o en la apertura hacia una creación que se torne más universal. Al parecer ahora se impone el desarrollo de un ensayo más de índole científico, así como una poesía y una novela con un lenguaje capaz de ser decodificado en cualquier lugar del mundo. Sin embargo, esta tendencia no tiene que implicar una negación de nuestras raíces, ni debe constituirse en una apología de lo extranjerizante. De hecho, se puede ser universal partiendo de nuestro propio nicho cultural. Una tendencia no tiene que significar necesariamente la negación de la otra.
Por estas razones, los escritores de la región del Canajagua y del Tijera aprovechamos el marco de la I Feria del Libro Azuero 2004, para saludar a la Cámara del Libro por la organización del evento, al mismo tiempo que reclamamos para el escritor panameño una política estatal de apoyo a la gestión cultural y de estímulo a la difusión del pensamiento del hombre panameño.
*Presidente del Círculo de Escritores de Azuero.