El Estado de Derecho sin razón
En diversos ensayos nos hemos ocupado del Estado de Derecho tratando de generar docencia en la sociedad y con la expresa finalidad de que Panamá pueda enrumbarse por los rieles de la legitimidad de sus instituciones, la racionalidad de sus leyes, la justicia de las decisiones de los tribunales y la humanización que debe traducir cada acto de gobiernos democráticamente elegidos y que cuentan, en el curso de sus gestiones, con el aval del país entero. No participamos de aquella idea de que electo un gobierno, queda legitimado por todo el término que establece la Constitución. Gobierno que se aparta de la racionalidad y lógica de las cosas no puede ser tolerado por la nación y su población. Ello no traduce un llamado a la rebeldía, sino a la expresión plena del derecho inalienable que tienen los pueblos a manifestarse en contra de todo tipo de dictadura, poder desorbitado, ejercicio de la política sin moral ni ley, etc. Sin embargo, es menester que tratemos ahora una cuestión que nos resulta vital para la existencia del Estado de Derecho: el trato que ese mismo Estado debe dispensar a la población, a la gente, a la sociedad de hombres y mujeres: la dignidad humana.
De nada vale la legitimidad de un gobierno, la racionalidad de sus actuaciones, la aparente gobernabilidad del mismo, la humanización de sus postulados políticos y de cualquier otra naturaleza, si lo que existe de por medio en el comportamiento de la cúpula gubernamental de ese Estado no es otra cosa que un claro menosprecio a la dignidad del ser humano. Sin respeto a la dignidad de los hombres no puede haber Estado de Derecho. La racionalidad y la plena humanidad del Estado de Derecho se asientan en esa dignidad del hombre. El ser digno significa que somos merecedores del mejor trato y que todo cuanto haga o desenvuelva el Estado habrá de ser para fomentar, incrementar y fortalecer esa dignidad. La Biblia dice que nuestra dignidad es de tal magnitud que Dios nos hizo un tanto inferiores a los ángeles. Obsérvese que no dice que distamos de los ángeles mucho o demasiado, sino "un poco menos".
La dignidad es lo más valioso y grandioso que ostentamos en la naturaleza como seres humanos. Estamos llamados a ser hombres y mujeres prósperos y el derecho de cada quien a aspirar a lo mejor, siempre, es una cuestión que nadie ni gobierno alguno puede denegarle a la persona. La dignidad es un status, una condición natural del ser humano. Dios nos hizo seres dignos. Toda la historia de las ideas políticas, de la aparición lógica del Estado, la razón de ser de las instituciones jurídicas y políticas del Estado, pone de relieve que la pretensión primaria de los intelectuales -filósofos, pensadores, etc.- de todas las épocas, siempre fue y será, reclamar o ponderar para los hombres el respeto, la preservación y el fortalecimiento de la dignidad humana, que es una condición sine qua non, indispensable para la misma existencia.
No puede haber respeto, por parte del Estado de Derecho, de la dignidad humana en donde se entroniza la corrupción como comportamiento atípico de los gobiernos; allí en donde germina y fecunda la chicana, el fraude, la coima y la añagaza. Se trata, entonces, de referir la existencia del Estado de Derecho dentro de una escenario en el que la dignidad humana, la igualdad entre todos los hombres, el respeto a la libertad, la vigencia de una auténtica fraternidad entre todos los semejantes, puedan servir de orientación para dirigir cada acto gubernamental y a cada uno de los personeros de los gobiernos que detentan el poder político. Se necesitan hombres y mujeres que, al competir por el poder político, se comprometan con el pueblo en aras de fortalecer los derechos humanos de los que habitamos en esta Patria. Y el primero de esos derechos, intrínseco a la vida misma, es la dignidad humana. Hay que empezar a cambiar el credo de nuestros políticos. Las verdaderas reformas del Estado deben encaminarse y proyectarse hacia el indubitado logro de hacer que el hombre panameño, el ser ciudadano, pueda disfrutar de mejores días y mejores años. Debe existir un serio compromiso con nuestros niños, jóvenes, ancianos, estudiantes, profesionales, trabajadores. Se requiere que se le oferten al país sueños realizables, con participación de toda la colectividad social de esta nación, hacia el adecentamiento de Panamá.
Al final de cuentas, lo que los panameños añoramos es que advenga un gobierno que democratice de una vez por todas este suelo. En donde se haga valer a cada estamento de nuestra sociedad: campesinos, indígenas, profesionales, empresarios, estudiantes, gremios, etc. Se requiere y demanda con urgencia una transformación seria de toda la institucionalidad, de modo que cerremos el tránsito expedito que tiene la corrupción en nuestro medio. Para ello demandamos, igualmente, un cambio sustancial en la actual constitucionalidad. Todo el aparato estatal tiene que ser modificado a efecto de hacer factible ese respeto a la dignidad de nuestros hombres y mujeres. Debe ser un compromiso serio, decente, honesto, realizable, un verdadero compromiso plagado de pura intencionalidad de cumplirlo. ¡Basta de los discursillos de barricadas que profanan la inteligencia del pueblo! ¡Basta de las promesas ilusas que quedan al abrigo de la utopía! ¡Basta al soborno electorero, clásico y tradicional, con que han venido operando los interlocutores del discurso político en nuestra Patria!
(Stekrakri@hotmail.com)
*Consultor en tecnología agrícola de Nueva Delhi, India.
(c)www.aipenet.com
De nada vale la legitimidad de un gobierno, la racionalidad de sus actuaciones, la aparente gobernabilidad del mismo, la humanización de sus postulados políticos y de cualquier otra naturaleza, si lo que existe de por medio en el comportamiento de la cúpula gubernamental de ese Estado no es otra cosa que un claro menosprecio a la dignidad del ser humano. Sin respeto a la dignidad de los hombres no puede haber Estado de Derecho. La racionalidad y la plena humanidad del Estado de Derecho se asientan en esa dignidad del hombre. El ser digno significa que somos merecedores del mejor trato y que todo cuanto haga o desenvuelva el Estado habrá de ser para fomentar, incrementar y fortalecer esa dignidad. La Biblia dice que nuestra dignidad es de tal magnitud que Dios nos hizo un tanto inferiores a los ángeles. Obsérvese que no dice que distamos de los ángeles mucho o demasiado, sino "un poco menos".
La dignidad es lo más valioso y grandioso que ostentamos en la naturaleza como seres humanos. Estamos llamados a ser hombres y mujeres prósperos y el derecho de cada quien a aspirar a lo mejor, siempre, es una cuestión que nadie ni gobierno alguno puede denegarle a la persona. La dignidad es un status, una condición natural del ser humano. Dios nos hizo seres dignos. Toda la historia de las ideas políticas, de la aparición lógica del Estado, la razón de ser de las instituciones jurídicas y políticas del Estado, pone de relieve que la pretensión primaria de los intelectuales -filósofos, pensadores, etc.- de todas las épocas, siempre fue y será, reclamar o ponderar para los hombres el respeto, la preservación y el fortalecimiento de la dignidad humana, que es una condición sine qua non, indispensable para la misma existencia.
No puede haber respeto, por parte del Estado de Derecho, de la dignidad humana en donde se entroniza la corrupción como comportamiento atípico de los gobiernos; allí en donde germina y fecunda la chicana, el fraude, la coima y la añagaza. Se trata, entonces, de referir la existencia del Estado de Derecho dentro de una escenario en el que la dignidad humana, la igualdad entre todos los hombres, el respeto a la libertad, la vigencia de una auténtica fraternidad entre todos los semejantes, puedan servir de orientación para dirigir cada acto gubernamental y a cada uno de los personeros de los gobiernos que detentan el poder político. Se necesitan hombres y mujeres que, al competir por el poder político, se comprometan con el pueblo en aras de fortalecer los derechos humanos de los que habitamos en esta Patria. Y el primero de esos derechos, intrínseco a la vida misma, es la dignidad humana. Hay que empezar a cambiar el credo de nuestros políticos. Las verdaderas reformas del Estado deben encaminarse y proyectarse hacia el indubitado logro de hacer que el hombre panameño, el ser ciudadano, pueda disfrutar de mejores días y mejores años. Debe existir un serio compromiso con nuestros niños, jóvenes, ancianos, estudiantes, profesionales, trabajadores. Se requiere que se le oferten al país sueños realizables, con participación de toda la colectividad social de esta nación, hacia el adecentamiento de Panamá.
Al final de cuentas, lo que los panameños añoramos es que advenga un gobierno que democratice de una vez por todas este suelo. En donde se haga valer a cada estamento de nuestra sociedad: campesinos, indígenas, profesionales, empresarios, estudiantes, gremios, etc. Se requiere y demanda con urgencia una transformación seria de toda la institucionalidad, de modo que cerremos el tránsito expedito que tiene la corrupción en nuestro medio. Para ello demandamos, igualmente, un cambio sustancial en la actual constitucionalidad. Todo el aparato estatal tiene que ser modificado a efecto de hacer factible ese respeto a la dignidad de nuestros hombres y mujeres. Debe ser un compromiso serio, decente, honesto, realizable, un verdadero compromiso plagado de pura intencionalidad de cumplirlo. ¡Basta de los discursillos de barricadas que profanan la inteligencia del pueblo! ¡Basta de las promesas ilusas que quedan al abrigo de la utopía! ¡Basta al soborno electorero, clásico y tradicional, con que han venido operando los interlocutores del discurso político en nuestra Patria!
(Stekrakri@hotmail.com)
*Consultor en tecnología agrícola de Nueva Delhi, India.
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