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El Estado decadente


El marasmo institucional en el que se encuentra el estado panameño, merced a las disputas intestinas por el actual y futuro ejercicio del poder político que permite el control de todas las actividades de la nave estatal, así como el dominio de todas las esferas del poder, entre tantos otros males que nos agobian, ha conllevado a que el pueblo panameño pierda todo vestigio de credibilidad en los operadores y detentadores del poder e interlocutores del discurso político.
Ya en alguna ocasión nos hemos referido a las falacias propias que caracterizan el discurso de los políticos latinoamericanos, entre ellos los nuestros, censurando de los tales la superficialidad que se halla impresa en las oraciones y expresiones por ellos gesticuladas. Ese marasmo que nos mantiene inmersos en la crisis profunda que padecemos a lo largo y ancho del país, implica la realidad de un verdadero Apocalipsis patrio en donde pierde la nación entera y el sentido de la palabra Patria se torna, en no pocos panameños, una quimera del pasado a la cual ya no hay que honrar ni servi; entre tanto otros, muchos, seguimos devocionando a la madre Patria.
No se trata de advertir en la madeja de los problemas que nos agobian, la leve e inusitada hebra que, en el conjunto de ella, se presenta tenue, aislada y hasta débil o rompible. Cada uno de los problemas de los cuales la comunidad se va impactando cada día más, siendo objeto de permanentes golpes y perdiendo también su sentido de creencia en las autoridades, genera el debilitamiento del Estado y del concepto de Nación en las mentes de nuestros compatriotas que sufren, al igual que nosotros, cada acto de corrupción y de otra naturaleza denunciados.
Disentimos de algunos críticos que, en sus respectivos análisis, van dejando atrás los distintos problemas que nos aquejan y de este modo soslayan una cuestión vital en el análisis y que consiste en que la crisis se agudiza con el advenimiento de cada nueva e irregular situación y resulta peligroso tal forma de razonar nuestra realidad, dado que los casos de corrupción ayer denunciados terminan siendo objeto del pasado, por lo que la alternativa o disposición intelectual a adoptar implica que se trate en la palestra pública tan solo el nuevo caso o la última noticia del acontecer nacional. Y así, tras cada denuncia o tras cada nuevo escándalo. Tenemos que los asuntos en cuestión se van amontonando en una especie de depósito para el olvido sin que hayan recibido respuestas convincentes y transparentes respecto a quiénes han sido los autores, la responsabilidad que pueda corresponderles a los tales por la perpetración de los ilícitos penales, la obligación de reintegrar el rédito de los actos de corrupción, la tacha penal de no poder acceder a nuevos cargos en la Administración Pública, etc. Ya la comunidad nacional no cree ni quiere creer.
De allí que es inminente que se abran los espacios para los nuevos hombres de quienes la Patria reclama dirijan su destino y que la puedan timonear por rumbos de progreso y desarrollo social integral, sin exclusión de nadie ni de sector alguno. Soslayan quienes defienden la tesis del olvido, porque el pueblo, como mudo espectador, nunca olvida y cuando juzga saca a relucir cada acto de la censura pasada.
Es imperioso que reflexionemos y nos preguntemos qué estamos haciendo con esta República que se llama Panamá. Por mi cuenta respondería y ojalá sea escuchado:
Panamá somos todos los que convivimos en este territorio; son los niños de Paitilla y los de Curundú, de Divalá, Malagueto y Puerto Armuelles; son los encorbatados del centro bancario y financiero de Marbella y de la Vía España; son los hijos de la cocinera como de las ejecutivas; son los caretos campesinos de Tolé y de Remedios como los de Cerro Cama, Lídice y del Cacao; Panamá son los estudiantes del Instituto Nacional como los de cualquier centro vocacional del país -Chapala-; son los que no pudieron asistir a una enseñanza superior como los que han cursado por las aulas de las universidades nacionales o extranjeras; Panamá es este suelo que huele a campesinos sudorosos y a pobreza extrema en muchos lugares, pero que también es el suelo de donde emanan los olores de la riqueza y la opulencia propia de aquellos hombres que se han paseado por los pasillos de ese edificio llamado Poder Político o Gobierno y luego, cuando salen del escenario, se jactan de las riquezas que sin ningún tipo de escrúpulo o mesura han acumulado en detrimento de las arcas del Estado y del pueblo panameño; Panamá, en fin, es la mano morena del indígena macilento y enfermizo, pero honesto, como también la del niño enfermo que se extiende clamando ayuda entre tanto agoniza en nuestros precarios hospitales y centros de salud, hoy sin medicamentos e implementos.
222 Tenemos que los asuntos en cuestión se van amontonando en una especie de depósito para el olvido sin que hayan recibido respuestas convincentes y transparentes...
En verdad, que estamos perdiendo mucho: se desmoronan las instituciones de la República; la justicia no ejerce su real y verdadero poder de tercero que decide en Derecho las controversias y los conflictos entre los particulares o los que se generan entre la Administración del Gobierno y los asociados; media en muchos actos, a los que debe caracterizar la transparencia, cuando no la coima y la chicana, la añagaza y la artería sin límites; el despotismo en nuestras democracias es un mal con notas de cancerígeno que hay que combatir a capa y a espada sin conmiseración alguna; los que ejercen el Gobierno han perdido también el respeto popular, pues la sociedad ve en ellos falsos hombres que llevan a la Patria de tumbo en tumbo.
La crisis de credibilidad, que antes se predicaba respecto al Órgano Judicial, ahora se predica para todo el conjunto del Gobierno y de los tres poderes del Estado. Nadie escapa a la censura social que para el año 2004 ya proyecta su clara determinación de decir no al repeticionismo. No hay lugar a posiciones intermedias cuando se trata de defender a la sociedad y a sus interlocutores. Por ello, todo el pueblo panameño ha dado su respaldo a quienes de una u otra manera, traducimos sus quejas y pesadumbres. Corre peligro, eso sí, la democracia que pretende cercenar el derecho a la denuncia cuando hace de los denunciantes denunciados sentándolos en el banquillo de los acusados. ¿Será cierto que estamos repitiendo el discurso de Hobbes y que hemos revivido al Leviatán en nuestro país? Terminamos pensando junto a Nicos Poulantzas que en los actuales tiempos el ejercicio del poder ha transitado del concepto autoridad-coerción hacia el de manipulación-persuasión. Estos conceptos ya los han preconizado Castel y Foucault. Que Dios nos encuentre de rodillas y confesos de nuestros males.

101 años de Panamá América

 
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