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El Estado en la sociedad amorfa


Las clases sociales modernas se representan a la sociedad como un todo, rebasan el mero interés grupal o estatamentario propio de las sociedades pre-capitalistas. De allí que en estricto rigor científico, el interés nacional y con ello, la aparición del Estado moderno o de derecho constitucional, surge con estas visiones in toto ecuménicas que, reiteramos, rompen con la molecularización o los particularismos que caracterizan la época o el período que le procedió a la sociedad capitalista. Europa es el ejemplo más nítido y concreto de la transición de lo medieval hacia lo moderno. De allí que fuera Carlos Marx, quien al definir el Estado novo, lo hace señalando, que se trata de uno que formalmente aparece representando el interés general de la sociedad, aunque materialmente, expresa una dualidad, en tanto que también conserva, ayuda y reproduce al sistema al cual sirve.
Entre los llamados países de la periferia, del subdesarrollo o dependientes, caso Latinoamérica, el proceso de transición tuvo sus especificidades. La relación colonia-metropolis (España, Inglaterra, Portugal), truncó la aparición de verdaderas clases modernas. A nuestros países se le asignaron roles en la división internacional del trabajo. Veamos: unas veces, monocultivadores con acentuados rasgos agrarios; con anterioridad, exportadores de metales preciosos; ora punto de travesías y venta de servicios, etc. La relación colonia-metrópolis nos legó una sociedad con grado serio de amorfismos societal, que aún hoy estamos pagando las consecuencias. Una clase social burguesa que no desarrollo una conciencia plena de lo nacional; fragmentada en una diversidad grupal, que dificulta la constitución de un auténtico Estado nacional. La clase obrera, igualmente, sufre de este amorfismo crónico que afecta toda la sociedad. Zavaleta Mercado, al referirse a las clases dominantes en Latinoamérica, decía que ésta se había hecho capitalista por la fuerza, y que vivía prisionera de ese espíritu (ideología) de sentido estatamentario que no les permite orillar horizontes más allá de sus particularismos e intereses. Tenía toda la razón. América Latina históricamente reitera la tragedia de constituir estados que no se presentan como representando el interés general de la sociedad, sino de pequeños grupos que se sirven del Estado para hacer pingues negocios. Una clase moderna opera con otros nortes.
Panamá no escapa de la realidad descrita. Estamos frente a un Estado, que Antonio Gramsci, denominaba bastardo; es decir, uno que no tiene referentes con los sectores sociales orgánicos de la sociedad, dado el precario sentido nacional que anima a sus dignatarios.
Los esfuerzos para dotar a la sociedad de un Estado con propósitos nacionales, ha provenido fundamentalmente de los sectores medios de la pequeña burguesía, las capas medias y de sus intelectuales. Hoy, no resulta fácil una visión de Estado universalizante (nacional). El modelo económico dominante en el mundo (neoliberal), tiende a disgregar a la sociedad y al Estado en esos particularismos que inducen a un pragmatismo huérfano de proyectos ideo-estratégicos y que abren las compuertas a la corrupción campante, donde el concepto de patria o sentido nacional está ausente. Como diría el Dr. Humberto Ricord, se trata del serio problema u obstáculo de vivir en una sociedad amorfa, que hace más difícil las soluciones nacionales.

101 años de Panamá América

 
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