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El Estado Nodriza y la televisión infantil


Periodista venezolano, director de la agencia de prensa AIPE.
La Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) ordenó en 1996 a las estaciones privadas de televisión transmitir tres horas semanales de programas "especialmente diseñados" para cumplir con las necesidades tanto "educacionales e informativas" como "intelectuales y emocionales" de los niños.
Luego de gastar lo que un ejecutivo de la televisión califica como "una cantidad increíble de dinero" desarrollando y transmitiendo tales programas, las televisoras se dieron cuenta que los niños simplemente no los ven. Prefieren las comiquitas y la Guerra de las Bestias, una serie de dibujos animados basada en juguetes, en vez de los programas que los burócratas de Washington opinan que deben ver.
El mercado infantil habló y CBS canceló la semana pasada los "programas educacionales", afectando la programación de 1.600 estaciones locales de televisión, fracasando así un nuevo intento de ingeniería social y comprobándose de nuevo que las buenas intenciones no son suficientes. Por algo las estaciones estatales en América Latina tienen los peores "ratings" de la industria y se mantienen sólo para la conveniencia de los políticos y por el poco dolor que produce malgastar un dinero que no es de nadie sino de todos. CBS, por el contrario, tiene accionistas dolientes.
Otro ejemplo es el programa educacional de ABC, "Tribunal de la Ciencia" que está casi a la cola de los programas infantiles, en el número 35, con una cantidad de televidentes infantiles 30% por debajo de la Guerra de las Bestias. Evidentemente que los niños cuando salen del colegio y llegan a sus casas no quieren ver en la pantalla a nadie que les recuerde a las maestras que tuvieron todo el día en la clase. Prefieren mil veces a un monstruo que los asuste y tienen la suerte de vivir en un país donde quienes tienen la decisión final sobre lo que sale en la televisión son ellos mismos, al decidir cuál marca de golosinas, qué juguetes o cuáles zapatos deportivos quieren que sus padres les compren. Ese mensaje pronto le llega al anunciante, quien no deja de comunicárselo a la estación de televisión, comprando o dejando de comprar anuncios. Este es un proceso más sofisticado que la decisión burocrática imponiendo lo que considera es la programación adecuada.
No trato de decir que los niños deben ver todo lo que quieran. Pero el lugar apropiado para censurar, vetar o motivar a los niños sobre los programas a ver es en su propia casa y debe ser decisión de los padres, nunca del burócrata.
Y a los que me digan que la madre no está allí cuando llegan los niños de la escuela porque tiene que trabajar a la par del padre para poder cubrir las necesidades de la familia, les recuerdo que eso no era así en Estados Unidos en los años 40 y 50, cuando la gente pagaba en impuestos 10 ó 15 por ciento de sus ingresos, en vez de 25 o 35 por ciento; dinero que el Estado ahora necesita para financiar todos esos programas en beneficio de la niñez y pagar los sueldos de todos esos burócratas que quieren imponerle a las televisoras los programas que los niños "deberían" ver. Hay, acaso, algún programa más beneficioso para los niños que tener a su mamá o a la abuela cuidándolos en casa?.
Mucho mejor para la nación y para los niños sería que los papás pudiesen quedarse con una mayor porción del salario que ganan, de manera que las madres tengan la libertad de optar por cuidar a sus niños, en lugar de tener a políticos y burócratas inventando y promoviendo programas estatales de cuidado infantil, en los que el presidente Clinton quiere gastar $21.000 millones adicionales y anunció al día siguiente que se enteró que no habrá déficit en el próximo presupuesto. Ese intento de socializar el cuidado de los niños en Estados Unidos es la primera mala noticia del año 1998.

101 años de Panamá América

 
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