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El excepcional uso de la fuerza



El Servicio de Protección Institucional, SPI, nació en los años noventa con la misión exclusiva de cuidar al Presidente de la República y quienes se mueven en su órbita. Estaban vivos los miedos que generó el golpe policial de 1968, cuando los uniformados que tenían que cuidar al primer mandatario decidieron sacarlo a tiros del Palacio de las Garzas, y del territorio nacional, e imponer en el país una dictadura que duró veintiún años.
A lo largo de su existencia, el SPI no ha estado ajeno a los escándalos, a episodios vergonzosos, con resultados tragicómicos y hasta funestos. Ninguno de los gobiernos, de 1990 a esta parte, ha pasado sin que alguno de los guardaespaldas y escoltas de este cuerpo policial haya sido motivo de sobresalto.
Una de estas peripecias se convirtió en noticia el jueves, cuando el SPI reprimió a manifestantes en los alrededores del palacio presidencial. Protestaban familiares de quienes murieron envenenados con dietilenglicol en el Seguro Social, y sobrevivientes de esta tragedia. Todos dicen sentirse abandonados por el Estado. No hay que soslayar que en el lugar también estaban conspicuos militantes radicales. En ese escenario se inició una gresca ignominiosa con el SPI, y las fotos y tomas televisivas del incidente muestran a un grupo de uniformados avasallador, gorilesco, poco profesional y para nada tolerante ante gente en apariencia indemne.
Quedemos claros: todo Estado delega en las policías el uso de la fuerza. A esta violencia podría considerársele "legítima". Sin embargo, es la excepcionalidad, la fuerza como último recurso, limitado cualitativa y cuantitativamente, lo que le da a la democracia balance, y se mantiene bajo control un recurso que, mal usado, resulta más grave que la distorsión que pretende atender.
En este caso, el país se está preguntando si quienes ordenaron la represión evaluaron la situación tomando en cuenta los tres factores obligatorios: oportunidad, congruencia y proporcionalidad. Si no fue así, alguien tiene que pagar los platos rotos.

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