El éxito de la diplomacia panameña no es golpe de suerte
La diplomacia panameña tuvo su momento cumbre en el llamado proceso torrijista, impronta que no puede divorciarse de la lucha generacional del pueblo panameño junto a sus vanguardias populares por la recuperación de la franja canalera. Es en este período donde la política exterior del pequeño istmo va a demostrarle y sustentarle al mundo que Panamá tiene mucho que decir.
Salvo el lapso comprendido entre 1958-1959, Panamá estuvo presente en esa instancia de Naciones Unidas conocida como Consejo de Seguridad, en tres ocasiones más: 1972-1973; 1976-1977 y 1981-1982. Esta sería la quinta vez que Panamá estaría en las grandes ligas del escarceo diplomático .¿Pero, qué importancia tiene para nuestro país su presencia en el Consejo de Seguridad de un órgano como la ONU? En un mundo globalizado, los eventos políticos y económicos, no pueden ser vistos ni digeridos de manera fragmentada y aislada. Tal como dice Valli Moosa, un árbol que se tale en Panamá o viceversa, va a tener una incidencia directa en el lejano Togo. Aunque parezca abstracto el ejemplo, el mismo puede ser aplicado al campo político sujeto de examen. Salvo excepciones, la política exterior de un país es el resultado de las acciones domésticas que realice determinado Estado.
Para el caso nuestro, se ha construido una triada natural que vale la pena ponderar. La proactiva gestión del gobernante Martín Torrijos, los desvelos del canciller Samuel Lewis Navarro, y el rol del embajador panameño ante la ONU , Ricardo Alberto Arias, quien ha sido ponderado por el embajador estadounidense ante la ONU, John Bolton.
En consecuencia, se está ante una responsabilidad histórica que no ha sido atisbada por carambola, o por golpes de suerte coyunturales; no se trata de un hecho atribuido al elemento sorpresa. La acción es un reconocimiento a un país que, calladamente y sin mayores aspavientos, ha demostrado que cree en el diálogo, la tolerancia, la auto determinación y la búsqueda de una cultura de paz, asignatura que parece alejarse de las agendas nacionales de otros países que prefieren formas pragmáticas de dirimir los conflictos, como lo es el chantaje, la amenaza, la mentira orgánica o la guerra.
El mundo nos monitorea y quiere darle responsabilidades al país más allá de sus fronteras, con aportes incluyentes y acciones ejemplarizantes y relevantes donde la integración regional se convierta en el norte que lleve al continente americano a jugar un rol protagónico.
Salvo el lapso comprendido entre 1958-1959, Panamá estuvo presente en esa instancia de Naciones Unidas conocida como Consejo de Seguridad, en tres ocasiones más: 1972-1973; 1976-1977 y 1981-1982. Esta sería la quinta vez que Panamá estaría en las grandes ligas del escarceo diplomático .¿Pero, qué importancia tiene para nuestro país su presencia en el Consejo de Seguridad de un órgano como la ONU? En un mundo globalizado, los eventos políticos y económicos, no pueden ser vistos ni digeridos de manera fragmentada y aislada. Tal como dice Valli Moosa, un árbol que se tale en Panamá o viceversa, va a tener una incidencia directa en el lejano Togo. Aunque parezca abstracto el ejemplo, el mismo puede ser aplicado al campo político sujeto de examen. Salvo excepciones, la política exterior de un país es el resultado de las acciones domésticas que realice determinado Estado.
Para el caso nuestro, se ha construido una triada natural que vale la pena ponderar. La proactiva gestión del gobernante Martín Torrijos, los desvelos del canciller Samuel Lewis Navarro, y el rol del embajador panameño ante la ONU , Ricardo Alberto Arias, quien ha sido ponderado por el embajador estadounidense ante la ONU, John Bolton.
En consecuencia, se está ante una responsabilidad histórica que no ha sido atisbada por carambola, o por golpes de suerte coyunturales; no se trata de un hecho atribuido al elemento sorpresa. La acción es un reconocimiento a un país que, calladamente y sin mayores aspavientos, ha demostrado que cree en el diálogo, la tolerancia, la auto determinación y la búsqueda de una cultura de paz, asignatura que parece alejarse de las agendas nacionales de otros países que prefieren formas pragmáticas de dirimir los conflictos, como lo es el chantaje, la amenaza, la mentira orgánica o la guerra.
El mundo nos monitorea y quiere darle responsabilidades al país más allá de sus fronteras, con aportes incluyentes y acciones ejemplarizantes y relevantes donde la integración regional se convierta en el norte que lleve al continente americano a jugar un rol protagónico.