El fin de la crianza
EL camino de la vida y Dos arbolitos son dos canciones del folclor latinoamericano que nos recuerdan la existencia de nuestros retoños en sus aspectos más tiernos y esperanzadores. Representan una confesión del amor filial, y por sus letras melancólicas discurre el espíritu de una cultura que valora el recóndito significado de los afectos entre padres e hijos. Esas obras, y esos sentimientos, nunca hubieran podido escribirse en otro idioma que no fuera el español, porque esta lengua no le teme al almíbar afectivo ni a las falaces imputaciones de ridiculez que le atribuyen al bolero y a sus géneros consanguíneos. La expresión estética de los instintos más desgarradores y apesadumbrados parece una virtud exclusiva del habla de estos pueblos, que en medio de sus fiascos y legendarias defecciones morales, en especial su proverbial fracaso en darle a la libertad conquistada un sentido de autoconciencia y solidaridad con los males ajenos, aprendieron a ponerle música a aquellas debilidades del alma que enaltecen y confieren a la vida un derrotero de lo humano.
Pero los hijos no se pueden fabricar a nuestra imagen, ni siquiera a la medida de nuestros sueños. Nada hay en nosotros que pueda llevarnos a pensar que somos paradigmas de nada. Ellos, que aspiran desde niños a la plenitud de su albedrío, sólo soportan y agradecen algunos ejemplos desinteresados y, a veces, la firmeza en la exigencia de la disciplina, una virtud que, de entenderla y apreciarla, los podría llevar por caminos de prosperidad y satisfacción personal más adelante, cuando les toque enfrentar con sus propios métodos y valores las contingencias de un mundo lleno de torpezas y acechanzas.
Cualquiera sea el resultado de nuestro propósito en la crianza, porque nadie podría garantizar que su descendencia será impecable en todos los campos, creo que el deber mínimo de los padres con los hijos roza con cierta solidez en el señalamiento de un norte ético, con el hecho de expresarles sin rubor el inmenso amor que nos despiertan, y con la circunstancia de aceptar delante de ellos lo inevitable de nuestras carencias y debilidades. Se trata de inducirlos a pensar por sí mismos, pero para eso es necesario no consentirlos en demasía. El premio y el castigo, el primero sin extravagancias y el segundo sin malos tratos, son indispensables para el desarrollo de los aspectos no genéticos de la personalidad. Un niño que crece en medio de complacencias extremas y caprichos satisfechos, jamás será un buen ciudadano; podrá convertirse en un atorrante fiero, convencido de que su voluntad es suficiente para colmar sus apetitos de dominio sobre los demás, pero nunca habrá en sus instancias psicológicas un lugar para la autocrítica y el respeto por quienes son diferentes o piensan distinto de él.
¿Cuántas veces no hemos visto pasar por nuestro entorno social la sombra errante de Caín con sus ojos envidiosos y su mirada criminal? ¿Cuántos caínes de lúgubre conciencia no son levantados todos los días con el pretexto de que la vida hay que lucharla de cualquier manera, sin parar mientes en el daño potencial que ahí se incuba en contra de toda la sociedad?
Bueno sería que se repensara el tema de la crianza y la educación infantil. La formación de un niño no puede dejarse en manos de ideólogos recalcitrantes ni de perversos intérpretes de la realidad social. Hacer hombres para la libertad, e inculcarles desde la infancia el acatamiento a unos ideales democráticos, implica la abjuración total a la violencia, a la intolerancia y a todas las formas enajenantes de las utopías irrealizables.
Después de tanto sufrimiento, y de tantas generaciones entregadas a la orgía de la sangre y la corrupción, este país debería mirar hacia sus niños para enseñarlos a leer con los versos de John Donne:
"La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad.
Por eso no preguntes nunca por quién doblan las campanas: están doblando por ti".
Pero los hijos no se pueden fabricar a nuestra imagen, ni siquiera a la medida de nuestros sueños. Nada hay en nosotros que pueda llevarnos a pensar que somos paradigmas de nada. Ellos, que aspiran desde niños a la plenitud de su albedrío, sólo soportan y agradecen algunos ejemplos desinteresados y, a veces, la firmeza en la exigencia de la disciplina, una virtud que, de entenderla y apreciarla, los podría llevar por caminos de prosperidad y satisfacción personal más adelante, cuando les toque enfrentar con sus propios métodos y valores las contingencias de un mundo lleno de torpezas y acechanzas.
Cualquiera sea el resultado de nuestro propósito en la crianza, porque nadie podría garantizar que su descendencia será impecable en todos los campos, creo que el deber mínimo de los padres con los hijos roza con cierta solidez en el señalamiento de un norte ético, con el hecho de expresarles sin rubor el inmenso amor que nos despiertan, y con la circunstancia de aceptar delante de ellos lo inevitable de nuestras carencias y debilidades. Se trata de inducirlos a pensar por sí mismos, pero para eso es necesario no consentirlos en demasía. El premio y el castigo, el primero sin extravagancias y el segundo sin malos tratos, son indispensables para el desarrollo de los aspectos no genéticos de la personalidad. Un niño que crece en medio de complacencias extremas y caprichos satisfechos, jamás será un buen ciudadano; podrá convertirse en un atorrante fiero, convencido de que su voluntad es suficiente para colmar sus apetitos de dominio sobre los demás, pero nunca habrá en sus instancias psicológicas un lugar para la autocrítica y el respeto por quienes son diferentes o piensan distinto de él.
¿Cuántas veces no hemos visto pasar por nuestro entorno social la sombra errante de Caín con sus ojos envidiosos y su mirada criminal? ¿Cuántos caínes de lúgubre conciencia no son levantados todos los días con el pretexto de que la vida hay que lucharla de cualquier manera, sin parar mientes en el daño potencial que ahí se incuba en contra de toda la sociedad?
Bueno sería que se repensara el tema de la crianza y la educación infantil. La formación de un niño no puede dejarse en manos de ideólogos recalcitrantes ni de perversos intérpretes de la realidad social. Hacer hombres para la libertad, e inculcarles desde la infancia el acatamiento a unos ideales democráticos, implica la abjuración total a la violencia, a la intolerancia y a todas las formas enajenantes de las utopías irrealizables.
Después de tanto sufrimiento, y de tantas generaciones entregadas a la orgía de la sangre y la corrupción, este país debería mirar hacia sus niños para enseñarlos a leer con los versos de John Donne:
"La muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad.
Por eso no preguntes nunca por quién doblan las campanas: están doblando por ti".