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El folklore afro peruano


Después de capturar al disidente Manco Capac en la confusa jornada de Cajamarca, Francisco Pizarro dispuso que una partida de avanzada formada por cuatro hombres de su confianza viajara al Cuzco, el centro del mítico imperio que apenas había empezado a vislumbrar. Uno de esos hombres de confianza fue un africano de color, colaborador valioso en la empresa de la conquista.
A partir de este episodio acontecido en 1535, los africanos subsaharianos y sus descendientes forman parte constitutiva de la sociedad peruana. Jorge Luis Borges escribió con humor que a los negros establecidos en América se debían varias cosas, entre ellas, "los blues de W. C. Handy, la admisión del verbo linchar en el diccionario de la Academia de la Lengua y la deplorable rumba El Manicero".
En Perú, los aportes de la etnia africana sobrepasan el registro sarcástico del maestro Borges. Los hombres y mujeres que llegaron al Perú colonial de la Alta Guinea, o región del Cabo Verde, la región del río Senegal, Congo, Mozambique y otras zonas del Africa Occidental se mezclaron con blancos europeos e indígenas, procreando uno de los más hermosos mestizajes de cualquier parte. Zambos, sacalaguas, cuarterones, no te conozco, salto atrás, fueron las denominaciones raciales para clasificar a los descendientes de africanos, según el grado de fusión con otras etnias. En el Perú repetía Ricardo Palma, "el que no tiene de inga, tiene de mandinga". Pero lo que nunca pudieron catalogar los racistas disfrazados de antropólogos fue ese elemento sutil, inatrapable, siempre escurridizo a las clasificaciones, que es el alma de congos y mandingas.
El alma africana tiene un don para las artes y la música específicamente, que los musicólogos llaman ritmo, swing, los jazistas y currundengue, los peruanos que saben ponderarlo. Es como un instinto atávico para armonizar la vida, la música, la danza. El ritmo, el swing, el currundengue, no se aprenden en las academias musicales; se puede enseñar, pero resultan inasimilables. Nacen con el ser, emanan del código genético, brotan como algo natural y está presente en la manera de contonear las caderas, en el susurro de las palabras, en la modulación de las canciones. Todos estos atributos ancestrales y otros muchos más difíciles de enumerar y describir se fusionan en Eva Ayllón. Ella, como artista, es heredera de una extraordinaria tradición cuyas cúspides encontramos en el pintor Pancho Fierro, en el torero Angel Valdez, en Ño Manongazo, personaje citado en las Tradiciones de Palma, en los hermanos Santa Cruz, sobre todo Victoria y Nicomedes.
Desde que empezó a cantar con "Los Morunos" en los pinitos de su carrera artística, Eva fue ritmo, swing, currundengue. Ya como solista, jugó sola en la cancha, y el estilo de su fraseo bastó para transformar muchos valses y festejos que ya no fueron iguales, después que los interpretó Eva.
La escuchamos en Panamá, como antes ha sido aplaudida en todas las capitales de América Latina, Estados Unidos y en ciudades europeas severas en enjuiciar a un artista como Madrid, Barcelona Zurich, Ginebra, Munich, Berlín, Frankfurt, Milán, Roma, París, Londres. Cuando María Angélica Ayllón Urbina, en el arte Eva Ayllón, se planta bajo las luces de la parrilla, cimbra el maderamen del escenario al compás de los requiebros de su cuerpo. Una cascada de pelo minuciosamente desgreñado cae sobre sus hombros. Repiqueteo de cajón, pasos de landó, bordoneo de guitarras. Cerrando los ojos, la imaginación podría llevarnos lejos al conjuro de su música. Oyéndola, podríamos estar en la puerta de un rancho de Cañete donde se ha congregado la peonada para rasguear guitarras, mientras los muchachos ensayan algo de zapateo sobre el piso de tierra reseca.
Pincaterías de Piura a la vera del río Chira, chicherías de Catacaos y Monsefú donde una bandera de papel rojo indica que es la hora del piqueo, la causa y el "clarito" espumoso y alucinante. Callejones de un solo caño de la Lima de quincha y adobe, donde la vieja Isabel vendía picarones y zanguito en el cromo urbano al que le puso música Felipe Pinglo.
Carcomidos vecindarios de Malambo y la Huerta Perdida, los Barrios Altos y Monserrate de la Lima que se va, al decir del poeta José Gálvez, pero que lucha por sobrevivir y renace, con sus aromas y canturreos, con los fantasmas de los limeños del novecientos, cada vez que Eva Ayllón canta un vals de la guardia Vieja. En fin, Eva Ayllón rememora un tiempo viejo, una época, un estilo de vida, un legado artístico y cultural del Perú de ayer, de hoy y de mañana.
En lo que respecta al principio que prohíbe el empleo de ciertas armas que puedan causar males superfluos o sufrimientos innecesarios, el Derecho Humanitario también consagra normas que prohíben la utilización de armas convencionales y de destrucción masiva.
Entre las armas prohibidas tenemos los proyectiles inferiores a 400 gramos, cargados de sustancias inflamantes o explosivas; las balas que se dilatan fácilmente en el cuerpo humano, conocidas como proyectiles dum-dum; las armas con fragmentos no localizables por rayos X en el cuerpo humano; las armas incendiarias y las de láser cegadoras, y las minas antipersonal Integran; además está la prohibición de las armas de destrucción en masa como son: los gases asfixiantes o tóxicos, las armas bacteriológicas y toxínicas y las químicas.
Sobre los ataques prohibidos, en observancia de la prohibición del empleo de métodos o medios de guerra concebidos para causar daños extensos y duraderos al ambiente, se advierte que en el desarrollo de las hostilidades se velará por la protección del medio ambiente natural a efectos de evitarle daños extensos, duraderos y graves. Se prohíben los ataques al ambiente como represalias.
El Derecho de la Guerra también limita los ataques de los combatientes con el objeto de proteger a las personas civiles, a los bienes culturales y los bienes necesarios para la supervivencia de la población, y al personal y a las unidades sanitarias, proscribiéndose los ataques indiscriminados.
Todo lo anterior nos confirma que hasta la guerra tiene límites, los cuales deben ser respetados por los combatientes. Aun cuando en la guerra es lícito atacar al adversario, los derechos fundamentales de la persona humana y, en general, los derechos de salvaguardia de las víctimas de los conflictos armados conferidos por los instrumentos del Derechos Internacional Humanitario, permanecen incólumes y su vulneración constituye un atentado contra la humanidad toda.
(solisgon@cwpanama.net)

101 años de Panamá América

 
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