El fujimontecinismo
Fujimori, conocido generalmente por sus seguidores y opositores como "el Chino", ha salido en estampida del Perú, dejando atrás una estela de corrupción que aún no se conoce en toda su magnitud. Alberto Kenyo Fujimori anunció que renunciará. Y no lo dijo personalmente, como solía hacer cuando se trataba de grandes acontecimientos nacionales. El Chino, que frecuentemente fustigaba al ex presidente Alan García Pérez por haber abandonado el país cuando se le abrió un proceso judicial, y que trató de cobarde al congresista Francisco Tudela por renunciar en una demostración de rechazo por el retorno del ex asesor Vladimiro Montesinos Torres, no dará la cara para presentar su dimisión. Lo hará por correo electrónico, valija diplomática o mediante un edecán que actuaría como emisario.
No explicó las razones para justificar su renuncia, aunque se dice que a sus más cercanos copartidarios les comunicó que dimitiría "porque ya no podía gobernar con un Congreso controlado por la oposición". Sin embargo hay quienes consideran que lo que detonó finalmente el detonante es la conferencia de prensa del procurador que él mismo nombró, quien al desentrañar las verdaderas dimensiones de lo que llamó la "organización criminal de Montesinos" dijo que el objetivo político, aparte del enriquecimiento ilícito del ex asesor, era asegurar la continuidad del régimen, dicho en otras palabras, el directo beneficiado con la maquinaria de la corrupción era Fujimori.
Lo cierto es que el cerco legal que se ha tendido sobre su ex asesor Vladimiro Montesinos Torres, que todavía no aparece y que se conjetura fue asesinado por sus amenazas contra el régimen, por lavado de dinero, tráfico de armas, enriquecimiento ilícito, corrupción de funcionarios, narcotráfico, crímenes extrajudiciales y tráfico de influencias, entre otros, también lo comenzaron a tocar a Fujimori.
Aunque existen muchas conjeturas referente al futuro del Chino, hay quienes señalan que no parece casual que haya escogido a Japón para su asilo, puesto a que el 13 de noviembre de 1992, cuando se descubrió al movimiento liderado por el general Jaime Salinas Sedó, se refugió en la Embajada de Japón a la espera de que las tropas leales encabezadas por el general Nicolás Hermoza Ríos y el asesor Vladimiro Montesinos, su siamés político en la sombra, un siniestro y amoral personaje, aplastaran la sublevación. Sólo después volvió a su despacho.
Comentaba un analista político peruano que el final del fujimorismo estaba cantado. Su estilo procaz ha excedido las previsiones. El ilustre Presidente, de una mafia en el más alto nivel del poder, se fue dejando a sus ministros la deshonrosa tarea de informar al país que desde lejos se siente menos vulnerable ante la justificada indignación nacional.
El país está en su hora de decisiones. El régimen degradado a profundidades inesperadas y Fujimori desde su natal Japón rubricando el cuadro de la desvergüenza y la abyección. Fujimori parte dejando a los demócratas el desafío de una nueva etapa.
Entregan el gobierno porque ya no pueden seguir medrando. Entregan la nación en situación económica exangüe, la moral colectiva mellada, la autoestima flagelada. Toca a las fuerzas democráticas unidas salvar la situación. La fuga del "mejor presidente que ha tenido el Perú" ha desnudado que nunca fue más que un pelele, un personaje sin convicción ni valor propio, manejado por Montesinos y la mafia en la cúpula militar que han gobernado este país en los últimos años. Y evidencia que el destape de las corruptelas y trapacerías del gobierno es de tal nivel y compromete tan claramente a los Fujimori, es decir, a Alberto, a sus hermanos Santiago y Juana, a su cuñado Aritomi y probablemente a sus hijos, que lo mejor es, pies en polvorosa, ponerse a buen recaudo, lejos de las manos de la justicia. Fujimori, el que manejó casi 8,900 millones de dólares de privatizaciones, operaciones de miles de millones de dólares de compra de armas y recompra de papeles de deuda externa, en secreto total, nos mostró de qué material está hecho. Renunció aprovechando hasta límites impensables los beneficios del más alto cargo de la Nación que alguna vez le confiaron los peruanos. Se fugó aparentando una supuesta misión oficial a la que llegó tarde y que abandonó antes de que finalizara. Usó el avión presidencial de $38 millones de dólares. Sacó a hijitos y familiares previamente del país y embarcó en el avión decenas de maletas, con dinero, bienes y valores a hurtadillas. Dejó a su socio y hermano siamés Montesinos "bien prófugo". Utilizó a edecanes y funcionarios como acompañantes y servidores en la fuga, y, claro, pagó hoteles, transporte y banquetes con el sufrido presupuesto nacional."
No explicó las razones para justificar su renuncia, aunque se dice que a sus más cercanos copartidarios les comunicó que dimitiría "porque ya no podía gobernar con un Congreso controlado por la oposición". Sin embargo hay quienes consideran que lo que detonó finalmente el detonante es la conferencia de prensa del procurador que él mismo nombró, quien al desentrañar las verdaderas dimensiones de lo que llamó la "organización criminal de Montesinos" dijo que el objetivo político, aparte del enriquecimiento ilícito del ex asesor, era asegurar la continuidad del régimen, dicho en otras palabras, el directo beneficiado con la maquinaria de la corrupción era Fujimori.
Lo cierto es que el cerco legal que se ha tendido sobre su ex asesor Vladimiro Montesinos Torres, que todavía no aparece y que se conjetura fue asesinado por sus amenazas contra el régimen, por lavado de dinero, tráfico de armas, enriquecimiento ilícito, corrupción de funcionarios, narcotráfico, crímenes extrajudiciales y tráfico de influencias, entre otros, también lo comenzaron a tocar a Fujimori.
Aunque existen muchas conjeturas referente al futuro del Chino, hay quienes señalan que no parece casual que haya escogido a Japón para su asilo, puesto a que el 13 de noviembre de 1992, cuando se descubrió al movimiento liderado por el general Jaime Salinas Sedó, se refugió en la Embajada de Japón a la espera de que las tropas leales encabezadas por el general Nicolás Hermoza Ríos y el asesor Vladimiro Montesinos, su siamés político en la sombra, un siniestro y amoral personaje, aplastaran la sublevación. Sólo después volvió a su despacho.
Comentaba un analista político peruano que el final del fujimorismo estaba cantado. Su estilo procaz ha excedido las previsiones. El ilustre Presidente, de una mafia en el más alto nivel del poder, se fue dejando a sus ministros la deshonrosa tarea de informar al país que desde lejos se siente menos vulnerable ante la justificada indignación nacional.
El país está en su hora de decisiones. El régimen degradado a profundidades inesperadas y Fujimori desde su natal Japón rubricando el cuadro de la desvergüenza y la abyección. Fujimori parte dejando a los demócratas el desafío de una nueva etapa.
Entregan el gobierno porque ya no pueden seguir medrando. Entregan la nación en situación económica exangüe, la moral colectiva mellada, la autoestima flagelada. Toca a las fuerzas democráticas unidas salvar la situación. La fuga del "mejor presidente que ha tenido el Perú" ha desnudado que nunca fue más que un pelele, un personaje sin convicción ni valor propio, manejado por Montesinos y la mafia en la cúpula militar que han gobernado este país en los últimos años. Y evidencia que el destape de las corruptelas y trapacerías del gobierno es de tal nivel y compromete tan claramente a los Fujimori, es decir, a Alberto, a sus hermanos Santiago y Juana, a su cuñado Aritomi y probablemente a sus hijos, que lo mejor es, pies en polvorosa, ponerse a buen recaudo, lejos de las manos de la justicia. Fujimori, el que manejó casi 8,900 millones de dólares de privatizaciones, operaciones de miles de millones de dólares de compra de armas y recompra de papeles de deuda externa, en secreto total, nos mostró de qué material está hecho. Renunció aprovechando hasta límites impensables los beneficios del más alto cargo de la Nación que alguna vez le confiaron los peruanos. Se fugó aparentando una supuesta misión oficial a la que llegó tarde y que abandonó antes de que finalizara. Usó el avión presidencial de $38 millones de dólares. Sacó a hijitos y familiares previamente del país y embarcó en el avión decenas de maletas, con dinero, bienes y valores a hurtadillas. Dejó a su socio y hermano siamés Montesinos "bien prófugo". Utilizó a edecanes y funcionarios como acompañantes y servidores en la fuga, y, claro, pagó hoteles, transporte y banquetes con el sufrido presupuesto nacional."