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El gobierno vs. Los medios


Cuando en Panamá se habla del Gobierno de la Sra. Moscoso (ya bastante desacreditado), por lo general a la incapacidad, al nepotismo y a la corrupción; en otras palabras, se alude al gigantismo de la mediocridad entre tantas necesidades sociales, económicas y culturales. Entre las fallas de conducta que se le señala al gobierno actual, está la incapacidad administrativa para sortear, abordar, cumplir con su tarea. La lentitud de la Administración Pública, la insuficiencia del recurso administrativo para cumplir con las tareas elementales del funcionamiento del Estado en contraste con una abundante planilla de personal ineficaz y sumamente costosa, etc., son materias que los panameños -de todas las organizaciones y profesiones- deben contemplar con particular celo e interés.
Un país en donde se pueda criticar, un país donde se pueda hacer oposición al gobierno, un país donde exista siempre la posibilidad de analizar la conducta del Estado o de los grupos económicos y sociales que intervienen en la vida colectiva, es indudablemente más fuerte y de mayor vigor moral que otro que no tenga estos atributos y estos recursos. Los medios de comunicación (prensa, radio y televisión) vienen a ser, por lo tanto, en este sentido, un recurso moral de la sociedad, puesto que es una función crítica y el Gobierno (siempre que funcione inteligente y democráticamente) no tiene por qué temerle a la función crítica de los medios de comunicación, por dura que sea ésta. A veces el Gobierno, también hay que reconocerlo, por una serie de circunstancias no puede extender el brazo de su autoridad con suficiente energía y con la suficiente eficacia, y en cambio los medios de comunicación críticos, las voces de oposición, les ofrecen esta posibilidad, porque les dicen que en aquella área de la administración hay tales y cuales vicios. Por supuesto que esto le da fuerza especial al brazo del gobierno (bueno, siempre que sea un gobierno capaz), para aplicar allí los remedios con mayor fuerza, vigor y energía.
Hoy estamos presenciando cómo en los países de mayor desarrollo, la democracia está jugando cada vez un mejor papel. Y los medios de comunicación tienen hoy más fuerza que nunca en el mundo. Cuando hablamos del mundo, estamos hablando especialmente en este momento de los países de mayor desarrollo, lo cual nos lleva ya a una conclusión básica: el desarrollo, hasta en su máximo grado, no es incompatible con el papel pluralista de los medios de comunicación democráticos, pues éstos ejercen una influencia cada vez más grande, y mientras mayor es el poder político de un Estado, también mayores pueden ser el valor y la fuerza de los medios de comunicación. Puede comprobarse que en las últimas controversias, en los más recientes conflictos entre los medios de comunicación y el poder político, ha predominado la fuerza de los medios. Este es, precisamente, uno de los valores de la sociedad democrática.
Panamá requiere del proceso democrático para su transformación económica y social para la modernización de su capital humano. Es un hecho que no podemos desconocer. Sólo un país libre, democrático, donde la gente puede pensar y disentir, está en condiciones de formar un recurso humano armonioso que aporte su capacidad intelectual y física a la gran tarea colectiva de transformar y hacer el país. Muchas cosas dependen del derecho a reunirse y a disentir libremente. Los panameños debemos vencer a un enemigo común que es la indolencia, y por lo tanto es el primer factor que debemos remover del fondo de la vida del país. Tenemos el derecho a reunirnos aquí, o más allá, y celebrar toda clase de confrontación en la seguridad de que ninguna de ellas representará peligro para la individualidad de quien la expone, porque favorables o adversas al gobierno, siempre constituyen un aporte a la tarea común de transformar al país y de comunicarlo entre sí.
Presidenta: ¡Queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia!.
noi prregheremmo lui della tua pace
por c"hai pietà del nostro mal perverso".
Pues bien, habiendo cumplido 86 años de edad, soslayado y olvidado por esas nuevas generaciones que se extasían con los Back Street Boys, cuya única percepción del universo infinito y de los misterios de la vida la han extraído de La guerra de las galaxias, Eudoro Silvera ha montado una exposición en la Biblioteca Nacional que es, a mi juicio, lo mejor que le ha ocurrido a esos terrenos que en un tiempo fueron el Club de Golf de Panamá, y que después se convirtieron en un parque cuyo nombre cambia con las alzas y bajas de la política local.
Al entrar a los salones donde ahora está colgada una espléndida retrospectiva de la rica y variadísima obra de Silvera, a la izquierda, con el número uno prestado por Judith Anguizola, un abstracto saluda al visitante respetuoso con unas gotas de azul que recuerdan el maravilloso azul de Patinir que Rafael Alberti cantó en su maravilloso libro A la pintura.
A medida que uno va caminando le salen al paso unas hermosas simbiosis de pintura abstracta y pintura figurativa con unas formas de mujer que entregan su desnudez con líneas firmes y melancólicas desde unas sombras creadas con esos colores oscuros y limpios que muy pocos aprenden a mezclar. Luego, como para revelarnos que ni su pulso ni su originalidad ni su voluntad creadora han menguado, aguardan silenciosos, sin público que interrumpa la rumia de sentimientos que evocan, unos dibujos de pluma y lápiz hechos este año sobre azul, sobre ocre, sobre marrón que es, tal vez, el más difícil de los colores, con una economía impresionante de líneas, como tal vez únicamente lograron las litografías de Picasso sobre toros allá por el año de 1954.
En estos tiempos nuestros en que el arte ha dejado de ser arte para convertirse en oficio de entretenimiento y tema de conversación de seres que a los 40 ó 50 años, habiendo descubierto que ni con la adquisición de incontables objetos de toda índole ni con la ostentación pudieron dar sentido a sus vidas, buscaron en la cultura una pátina de importancia social y de profundidad espiritual, y celebran lo mediocre y canjear alabanzas por pleitesía, y piensan que una computadora es capaz de producir obras que merecen aparecer colgadas junto a los tapices de Rafael y al triunfo de Sebastiano del Piombo sobre la luz y las sombras. Por cierto, la exposición de Silvera, que es uno de los mayores acontecimientos artísticos que se han dado en este país en muchos años, ofrece una oportunidad para salir del mar de mediocridades que asuela con su oleaje feroz y empedernido el ámbito cultural existente, y tiene la gran ventaja de que uno puede disfrutar de ella tranquilamente, seguro de que no va a tropezarse con nadie.
Pero, eso sí, que los que van para poder hablar de ella en la próxima fiesta se abstengan de definir la composición del Descendimiento con un desgarradora figura de Cristo y las tres Marías a un lado como una nueva escena de las Tres Gracias que una y otra vez aparecen en su obra. Que se abstengan también de definir los colores que hay en cuadro tras cuadro a menos que recurran al lenguaje de las críticas que escribió Baudelaire sobre Delacroix, porque sus comentarios profanarían el lugar, por lo menos mientras dure la exposición.
Curioso es, sin duda, que de pronto pongan unos versos mochados delante de los ojos del que se aventuró por esa colección de belleza que Silvera, con su gallarda figura de octogenario que no se rinde ante las modas y que rechaza lo efímero, regala al minúsculo público de viejos amigos y de algunos curiosos. Vale la pena, en efecto, rescatar del olvido el original que no pasó la crítica de los encargados porque la censura de la poesía no es aceptable jamás, y menos aún cuando está engarzada en la más vieja y viva tradición del verso español chocarrero:
Cuadros míos que viajáis
por este mundo traidor,
le pido a Dios que os proteja
del juicio del curador,
y que dicte un anatema
contra cualquier malhechor
que diga que es gran artista
quien pinta sin ser pintor.

Un saludo gentil y un fuerte abrazo conservo dentro de mí para Lolo que es testimonio vivo de la suerte del artista y del escritor cuando le toca nacer en estos tiempos en un país como Panamá. A este personaje cuya versatilidad recuerda el apetito renacentista por toda forma de belleza y todo depósito de conocimientos, tal ver le sirva de consuelo y aliento la fama póstuma es la mejor prueba de que vivimos tiempos sin valores y que la hora del hombre mediocre ha sonado.

101 años de Panamá América

 
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