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El Golpe hondureño


En las Américas, el golpe en Honduras tendrá una profunda repercusión. Desde el fin de la guerra fría, Manuel Zelaya es el primer presidente constitucional derrocado por las FFAA en América Central, una de las regiones que más violencia sufrió durante la bipolarización Washington-Moscú.

En Tegucigalpa, capital de Honduras, los poderes Legislativo y Judicial aceptaron la decisión del poder militar de deportar al gobernante electo a Costa Rica y reemplazarlo por un dirigente de su propio partido liberal: Micheletti, empresario del transporte que llegó a su cargo con el apoyo de Zelaya, quien le premió por haber liderado la campaña electoral que en enero de 2006 le llevó al poder.

Tras el golpe del pasado domingo, Micheletti cumplió su deseo de llegar a la presidencia hondureña, aunque no electo popularmente por cuatro años sino nominado cupularmente por medio año. Sin embargo, puede que ni si quiera dure hasta el 27 de enero, fecha en la que él ha prometido ser relevado por quien gane los comicios entrantes.

Ningún país ha reconocido al nuevo mandatario y la Casa Blanca (EE.UU.) ha condenado el cuartelazo. Por su parte, el presidente venezolano Hugo Chávez sugiere organizar una intervención militar externa para restituir a su aliado Zelaya en palacio.

La conspiración castrense hondureña fue tan bien planificada que sorprendió a un Zelaya que horas antes declaraba que la amenaza golpista había sido conjurada, y fue hecha sin ocasionar mayor derramamiento de sangre o protestas populares.

Mientras, Estados Unidos buscará una salida de compromiso, Venezuela querrá aprovechar el aislamiento internacional del Golpe para que Zelaya vuelva al poder con una discurso más radicalizado, tal y cual pasó con el propio Chávez luego del cuartelazo que sufrió en abril de 2002.

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