El gran negocio
O mar Jiménez Urquiza es un modesto ciudadano quien a temprana edad partió de Cuba. Allá sólo quedaron su madre y demás familiares, y los recuerdos de una infancia golpeada por las penurias y los anhelos de llegar a ser alguien en la vida para ayudarlos. La Isla de Martí nunca fue borrada de su memoria. Sigue siendo su patria y su tesoro. No olvidemos que la Patria también, como decía el bardo, recibe y merece el nombre de madre. Lleno de ideales nobles, pero empobrecidos espiritualmente, soñó con mejores días para él y su familia. Se radicó en Panamá y con la mente y el alma plagadas de un intenso deseo de trabajar y superarse logró hacerse de cierto patrimonio. Viajó a Cuba luego de largos años, sólo que en circunstancias muy distintas. El Omar que retornaba es todo un empresario. Reinó tras su llegada el alborozo y la alegría sin fin. Compró a su madre muebles y alimentos e hizo lo mismo con sus tías. Omar sigue en Panamá, es laborioso y honesto. No se ha casado y dice que Dios le mandará una esposa que crea tanto en Dios como lo hace él. Entre tanto sigue trabajando sin parar y en su cara se dibuja un rostro de inmensa felicidad y satisfacción. También dice, que antes sentía un odio ancestral por Castro, pero que, ahora, ora a Dios para que bendiga a Fidel y al pueblo cubano.
¿Quién es aquél que semejantes cambios puede producir en la vida de un hombre? Escuchando a Omar e impresionado por sus anécdotas osé preguntarle: ¿Cuál es el mejor negocio que podemos hacer? Me respondió con una sonrisa: ¡Buscar de Dios! Quedé impactado y sólo pude replicar: ¡Tienes toda la razón! Y es, amable lector, que el hombre de nuestros días vive inmerso en las preocupaciones materiales, en un afán desmesurado por satisfacer todo cuanto atañe a lo material. Y lo peor: en esa carrera por la existencia, por la vida, nos hemos distanciado, divorciado, del Creador de quien las Sagradas Escrituras expresan que es el autor y consumador de la fe.
En esa permanente actividad, en el deseo de satisfacer nuestras necesidades, hemos desbordado los apetitos para caer en un círculo pernicioso de avaricia, envidia, engaños, mentiras, deslealtades, corrupción, etc. Los afanes por la riqueza, cada día, destruyen nuestra contextura espiritual y moral. Por eso es que nos hemos atrevido a decir que la corrupción no está en las leyes ni en las instituciones de la nación, sino en el mismo interior de los hombres y mujeres. ¿Qué mejor negocio para hacer en la vida nuestra, sino el de aproximarnos a Dios con un corazón contrito y humillado? Tal vez yo esperaba escuchar de la boca de Omar que el mejor negocio consistiría en invertir en un determinado renglón de nuestra economía de bienes y de servicios, pero me equivoqué. Confieso que luego me sentí avergonzado. Dios mismo me estaba respondiendo, a través de este hombre, que no hay mejor negocio en la vida que tratar siempre con El. Si nuestros políticos no toman en cuenta a Dios, sucumbirán sus planes y los proyectos por muy buenos y nobles que sean; si quienes son candidatos a los distintos puestos de elección popular no entienden esta gran verdad y una vez resultaren electos también se verán enrolados por las tentaciones que deparan la fama, la fortuna y la gloria pasajera de los altos cargos que se ejercen en el Estado.
El negocio que todos en esta pequeña nación debemos hacer, inmediatamente, para mañana es tarde, es acordar con Dios que deponemos nuestras propias flaquezas y debilidades para que El, como buen escultor, haga de nuestras vidas lo que estime a bien hacer; que deponemos de nuestras pretensiones de fama y de fortuna para que aprendamos a estar agradecidos por la salud, la vida, la familia, por el aire que respiramos y por los alimentos que a diario nos permite. En este negocio tenemos que comprender que somos seres privilegiados en la Tierra, donde a diario mueren cientos de miles de personas porque no ha habido un mendrugo de pan que llevarse a la boca, entre tanto, nosotros nos quejamos ante Dios porque hay sólo poroto y arroz y se ausenta la carne; desayunamos pan con mantequilla y no hay jamón. ¡Oh, cuánta miseria impregna nuestras almas y nuestros espíritus! ¡Cuántas e infinitas serán las quejas que Dios tiene contra nosotros y, pero, nos sigue amando!
Necesitamos convenir con Dios que queremos una Patria nueva, engrandecida por hombres y mujeres de bien. Que el apetito de llegar al poder para satisfacer intereses personales y egoístas debe ceder ante los altos y caros intereses del pueblo que está creyendo en que vendrán mejores días. No hay que vivir de cuentos, pero cuidémonos de esos discursos plagados de demagogia escolástica y bizantina que creen que el pueblo sigue viviendo en los años de la "Patria Boba". El panameño demanda mejores días, plazas de trabajo, dignas viviendas; mejor servicio en la atención de la salud; mejor trato a los ancianos del país; felicidad para nuestros niños y niñas; elevar el nivel de instrucción pública en escuelas y universidades y seguridad ciudadana.
¡Dios, tú que habrás de leer este ensayo, que de seguro ya lo conoces antes de ser escrito, desde la humildad de mi corazón confieso que soy el primero en querer hacer negocios contigo: quiero salud para mis hijos, mi compañera amada, mis padres, los amigos, bienestar para mi pueblo. Te ruego que nos conduzcas por las sendas de justicia a través de las cuales podamos transitar seguros y entendiendo que contigo todo lo tenemos y podemos.
¡Pueblo panameño: atrévete a defender tus derechos, no te quedes callado, habla pueblo, ahora es el momento! Seamos rebeldes a toda forma de yugo o de atropello mental o espiritual. Como dice Rómulo Emiliani y el Hermano Pablo: ¡Con Dios somos invencibles!
¿Quién es aquél que semejantes cambios puede producir en la vida de un hombre? Escuchando a Omar e impresionado por sus anécdotas osé preguntarle: ¿Cuál es el mejor negocio que podemos hacer? Me respondió con una sonrisa: ¡Buscar de Dios! Quedé impactado y sólo pude replicar: ¡Tienes toda la razón! Y es, amable lector, que el hombre de nuestros días vive inmerso en las preocupaciones materiales, en un afán desmesurado por satisfacer todo cuanto atañe a lo material. Y lo peor: en esa carrera por la existencia, por la vida, nos hemos distanciado, divorciado, del Creador de quien las Sagradas Escrituras expresan que es el autor y consumador de la fe.
En esa permanente actividad, en el deseo de satisfacer nuestras necesidades, hemos desbordado los apetitos para caer en un círculo pernicioso de avaricia, envidia, engaños, mentiras, deslealtades, corrupción, etc. Los afanes por la riqueza, cada día, destruyen nuestra contextura espiritual y moral. Por eso es que nos hemos atrevido a decir que la corrupción no está en las leyes ni en las instituciones de la nación, sino en el mismo interior de los hombres y mujeres. ¿Qué mejor negocio para hacer en la vida nuestra, sino el de aproximarnos a Dios con un corazón contrito y humillado? Tal vez yo esperaba escuchar de la boca de Omar que el mejor negocio consistiría en invertir en un determinado renglón de nuestra economía de bienes y de servicios, pero me equivoqué. Confieso que luego me sentí avergonzado. Dios mismo me estaba respondiendo, a través de este hombre, que no hay mejor negocio en la vida que tratar siempre con El. Si nuestros políticos no toman en cuenta a Dios, sucumbirán sus planes y los proyectos por muy buenos y nobles que sean; si quienes son candidatos a los distintos puestos de elección popular no entienden esta gran verdad y una vez resultaren electos también se verán enrolados por las tentaciones que deparan la fama, la fortuna y la gloria pasajera de los altos cargos que se ejercen en el Estado.
El negocio que todos en esta pequeña nación debemos hacer, inmediatamente, para mañana es tarde, es acordar con Dios que deponemos nuestras propias flaquezas y debilidades para que El, como buen escultor, haga de nuestras vidas lo que estime a bien hacer; que deponemos de nuestras pretensiones de fama y de fortuna para que aprendamos a estar agradecidos por la salud, la vida, la familia, por el aire que respiramos y por los alimentos que a diario nos permite. En este negocio tenemos que comprender que somos seres privilegiados en la Tierra, donde a diario mueren cientos de miles de personas porque no ha habido un mendrugo de pan que llevarse a la boca, entre tanto, nosotros nos quejamos ante Dios porque hay sólo poroto y arroz y se ausenta la carne; desayunamos pan con mantequilla y no hay jamón. ¡Oh, cuánta miseria impregna nuestras almas y nuestros espíritus! ¡Cuántas e infinitas serán las quejas que Dios tiene contra nosotros y, pero, nos sigue amando!
Necesitamos convenir con Dios que queremos una Patria nueva, engrandecida por hombres y mujeres de bien. Que el apetito de llegar al poder para satisfacer intereses personales y egoístas debe ceder ante los altos y caros intereses del pueblo que está creyendo en que vendrán mejores días. No hay que vivir de cuentos, pero cuidémonos de esos discursos plagados de demagogia escolástica y bizantina que creen que el pueblo sigue viviendo en los años de la "Patria Boba". El panameño demanda mejores días, plazas de trabajo, dignas viviendas; mejor servicio en la atención de la salud; mejor trato a los ancianos del país; felicidad para nuestros niños y niñas; elevar el nivel de instrucción pública en escuelas y universidades y seguridad ciudadana.
¡Dios, tú que habrás de leer este ensayo, que de seguro ya lo conoces antes de ser escrito, desde la humildad de mi corazón confieso que soy el primero en querer hacer negocios contigo: quiero salud para mis hijos, mi compañera amada, mis padres, los amigos, bienestar para mi pueblo. Te ruego que nos conduzcas por las sendas de justicia a través de las cuales podamos transitar seguros y entendiendo que contigo todo lo tenemos y podemos.
¡Pueblo panameño: atrévete a defender tus derechos, no te quedes callado, habla pueblo, ahora es el momento! Seamos rebeldes a toda forma de yugo o de atropello mental o espiritual. Como dice Rómulo Emiliani y el Hermano Pablo: ¡Con Dios somos invencibles!