El guerrillero y la cautiva
En hebreo Emmanuel significa enviado de Dios. Hoy es una tragedia digna de los clásicos griegos. Así también se llama -y tal vez sea el mensaje- el hijo de Clara Rojas, la candidata a la vicepresidencia de Colombia que, según las noticias, por lealtad a su jefa, Ingrid Betancourt, se negó a que la liberaran apenas fueron secuestradas por una banda de guerrilleros durante un viaje proselitista a un pueblo del interior de su país.
Han pasado desde entonces más de seis años. En estos días el mundo permanece en vilo esperando su anunciada liberación junto a su hijo, producto de una relación amorosa mutuamente consentida con un guerrillero no identificado al que por ahora llamaremos NN.
Seis años para la vida de un ser humano son muchos años y si éstos se han vivido en cautiverio -como un animal de zoológico- es una crueldad artera y despiadada, indigna de cualquier agrupación política con vestigios de humanidad que se autoproclame reivindicadora de los derechos humanos, de los pobres y los abandonados de Colombia. No hay, ni puede existir, en la conciencia de los hombres ningún atenuante para tamaña afrenta a nuestro don más preciado: la libertad.
Pero toda tragedia suele ocultar el germen de alguna proeza. Así como las oscuras entrañas de la tierra, en el rincón más desolado del planeta, guardan en su interior piedras preciosas, así hay también, en todo acto repudiable, una grieta que nos lleva, dentro del insondable corazón del hombre y la mujer -donde suele hacer nido el embrujo del amor- a descubrir la verdadera razón de los hechos.
Quizás sea esa inesperada circunstancia la que hayan tenido que enfrentar la cautiva y su plagiador para demostrarnos que el destino suele jugar a la charada. A menudo en forma indescifrable.
El destino de Clara y NN se llama Emmanuel y les fue enviado a una parte ignota de la selva colombiana para hacernos recordar que allí, en la cuna más inhóspita y terrible, el amor puede ser una fantástica ironía en la vida de quienes por esas tierras sobreviven y se resisten a cualquier lucubración política o a la exégesis de una complicada realidad social.
En plena selva se ha escrito un capítulo más de la tragedia colombiana. Con la moraleja de un valor que supera los cálculos políticos o sociológicos más elaborados. El del amor que hace resplandecer la vida, cualquiera sea el lugar, la condición o las circunstancias del encuentro. Este niño, el enviado del amor humano, debiera hacernos reflexionar acerca de los límites grotescos de la razón, de lo fortuito de las causas y de lo azaroso de sus efectos, así como de la banalidad de los entresijos del poder político.
Tal vez este pequeño, el Emmanuel de Colombia, traiga un mensaje fraternal de paz, de unión y de reconciliación para el sufrido pueblo colombiano y para sus padres: el guerrillero y la cautiva.