El hijo pródigo y la mujer adúltera
Don Manuel Larraín, Obispo de Talca en Chile fue uno de los grandes obispos latinoamericanos del siglo XX que contribuyeron a la renovación de la Iglesia, tanto en el plano eclesial como en el plano social, desde antes del Concilio Vaticano II. l decía que los Evangelios y más ampliamente las Santas Escrituras son un libro para todos los tiempos de cada persona y de cada pueblo. El todo estaba, según su pensamiento, en saber abrirlo en la página apropiada. Los signos de los tiempos, tanto los de nuestra vida personal como los de la vida comunitaria, eran para él los eventos que nos sugerían donde abrir los Evangelios para que su mensaje nos iluminara y nos inspirara.
He pensado en lo que decía Don Manuel por lo que he experimentado en los dos últimos domingos de cuaresma antes del domingo de ramos. Ello le ha dado a la semana santa un sentido muy especial para mí. Al momento de la lectura del evangelio escuché en cada uno de esos dos domingos un texto que había oído muchas veces antes en mi vida: en un caso, la parábola del hijo pródigo, en la versión de San Lucas, capítulo XV, y en el otro caso, el episodio de la mujer adúltera, en la versión de San Juan, capítulo VIII. Pero esta vez a medida que el sacerdote leía el texto, tuve una impresión muy viva e intensa de la belleza de su mensaje, sin duda porque he llegado a la etapa de la vida en que los hombres buscamos afanosamente repuestas a las interrogantes vitales, más profundas y acuciantes, que le den sentido a nuestra vida.
La belleza que me impresionó estaba compuesta del drama de la historia contada, tan cálida en su humanidad, de la justeza del relato mismo, al que no se le podía ni añadir ni quitar nada, y por encima de todo del hecho asombroso de que a través de una historia tan humana se pudiera transmitir una dimensión tan misteriosa de Dios mismo, en su realidad a la vez radicalmente por encima de nosotros y, sin embargo, con presencia tan íntima en nuestra conciencia que, sin comprenderla intelectualmente, la percibimos como incuestionablemente válida.
Esos dos textos me comunicaron el esplendor de la verdad, al punto que pensé en el verso en el que el salmista se pregunta: "¿Quién nos hará ver la dicha?" y se responde con un imperativo que el hombre le plantea a Dios: "¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!"
En San Lucas, la parábola del hijo pródigo viene justo en el momento en que los fariseos y escribas murmuraban contra Jesús porque los publicanos y pecadores se le acercaban para oírle. Por respuesta Jesús cuenta dos parábolas antes de contar la parábola del hijo pródigo, a saber la de la dracma perdida y la de la oveja perdida, que transmiten algo del misterio de la misericordia de Dios. En efecto, dichas parábolas destacan que "habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión" (XV, 7). Esta es una paradoja que invierte los cálculos humanos y nos revela que los juicios de Dios son extraordinarios e inescrutables. Pero al mismo tiempo es una paradoja profunda y entrañablemente humana, esa preferencia por el pecador que se convierte, con el cual cada uno de nosotros se puede identificar en su momento y condición de mayor debilidad, de más grave carencia, de peor autoestima, cuando más necesitamos a Dios para rescatar nuestra pobre humanidad personal. Dios hecho hombre en la cruz muere no por el hombre sabio, rico, poderoso, ensimismado en su orgullo, sino por el hombre vacío, desprovisto, desfalleciente y consciente de su finitud ( "¡Dios mío, Dios mío! ¿porqué me has abandonado?", reclamó Jesús en la cruz de su Padre). Cuando Dios hecho hombre resucita salva para la eternidad a ese hombre, al pobre hombre, no al lleno de sí mismo.
La parábola del hijo pródigo es la historia de dos hijos, no de uno. En un arranque de independencia y autonomía, el menor pidió la parte de su hacienda. Y el texto dice que el padre "les repartió la hacienda", a los dos. De allí sus historias divergen. El menor se fue a un país distante del de su padre, vivió como libertino y dilapidó su hacienda. Cuando pasó por una necesidad extrema, tanto por haberlo derrochado todo como porque sobrevino una hambre en el país en el que estaba, tuvo que someterse a un trabajo y a condiciones de vida las más humillantes, inferiores incluso a las de los puercos puestos a su cuidado. Y en esta situación casi animal su residuo de humanidad reaccionó por amor de sí mismo, pero su amor propio despojado de orgullo: "me levantaré, decía, e iré a mi padre y le diré: Padre pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado tu hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros" (XV, 19). Sabemos el resto. El padre lo vio de lejos, lo reconoció, se conmovió, corrió hacia él, lo besó y abrazó efusivamente, lo vistió de gala y celebró su retorno con gran festejo.
El hijo mayor, por su parte, no era una persona que tomaba iniciativas, sino más bien una persona que reaccionaba a las iniciativas de otros. Sin pedirla recibió la parte de su hacienda; se quedó viviendo y trabajando en la casa de su padre y pudo decirle: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya" (XV, 29). Este hijo mayor resintió el afecto con que su padre recibió a su hijo pródigo y expresó reacciones negativas: le preguntó a los criados acerca del festejo, no fue él mismo a ver qué sucedía; no quiso entrar a la casa y su padre tuvo que salir a hablarle; se refirió a "ese hijo tuyo", no a "mi hermano". Nada se nos dice de su reacción final, a pesar de que su padre le afirmó: "Hijo, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo".
Es evidente que la parábola nos ofrece una alternativa para que nos veamos a nosotros mismo en nuestra más íntima conciencia, o como el hijo menor, el pródigo, que cada uno de nosotros es, tarde o temprano, en algún sentido u otro, o como el hijo mayor, que muchas veces pretendemos ser. Pero lo más importante y sorprendente de la parábola es lo que nos revela de Dios bajo la figura del padre de ambos hijos: su bondad, que se plasma en una generosidad ilimitada en un caso como en el otro, su respeto a la libertad de sus criaturas, tanto a las que buscan independizarse de él como a las que permanecen sumisas a él, su amor como fuente de una respuesta de su parte que sobrepasa cualquiera expectativa que tuviese el hombre cuando expresa reivindicación, arrepentimiento o resentimiento, es decir cualquier reclamo de cara a Dios. Lo increíble es que Dios realiza en su transcendencia, inefable e incomprensible para el hombre, una realidad entrañablemente humana, la de la paternidad, pero de una manera que integra toda la ternura de la maternidad. La analogía evangélica entre lo humano y lo divino se aplica de un modo sorprendente: el amor humano nos sirve para percibir el amor divino, pero éste se plantea como irreductiblemente distinto y superior al primero.
En San Juan, el episodio de la mujer adúltera nos recuenta otra historia de cálida humanidad. De hecho su texto presupone la ley mosaica en materia de adulterio. "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?" (VIII, 4), le preguntaron los escribas y fariseos para tratar de comprometerlo y desacreditarlo ante todo el pueblo, que desde la madrugada lo rodeaba. No había duda de la dureza tajante de la Ley. En Levítico se lee: "Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, ambos morirán; han cometido una infamia; su sangre sobre ellos" (XX,10) y en Deuteronomio se reitera: "Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó y también la mujer. Así harás desaparecer de Israel el mal" (XXII, 22).
La Ley era igualmente intransigente con el hombre y con la mujer adúlteros, pero a Jesús le trajeron únicamente a la mujer, dejando por fuera al hombre con el cual cometió adulterio. Sin embargo, éste no fue el punto decisivo de su respuesta a los escribas y fariseos que se la presentaron para que él autorizara su castigo mortal o incurriera en la impiedad de desconocer la autoridad de Moisés. Jesús se hizo el desentendido, agachándose para escribir con el dedo en la tierra no sabemos qué. Ante la insistencia de los acusadores, se reincorporó y les dijo las palabras decisivas: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". Se fueron alejando los acusadores uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta que lo dejaron sólo con la adúltera. Jesús que se había vuelto a agachar para seguir escribiendo con el dedo en la tierra, todavía no sabemos qué, se reincorporó nuevamente y le dijo a la mujer adúltera: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" "Nadie, Señor," respondió ella. "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más," concluyó Jesús.
Otra vez se nos ofrece una alternativa para que nos veamos a nosotros mismos, o como los acusadores a quienes la presencia de Jesús representa una ocasión de reconocerse pecadores y alejarse de la postura de acusadores de su prójimo, o como la acusada cuyo silencio en la presencia de Jesús significa que no puede defenderse pues es culpable, pero implica además una tácita petición de perdón y también una tácita disposición de acoger el mandamiento final de no pecar más.
A través de la actitud concreta de Jesús en su calidad de juez, frente a los acusadores y la acusada, se trasluce un ejercicio de la justicia que transforma radicalmente la práctica humana de la justicia y nos permite entrever la práctica divina. En efecto, Jesús, en vez de imponer una norma externa a personas que la resisten, conduce tanto a los acusadores como a la acusada, ambos igualmente pecadores, a que se juzguen personal e íntimamente y se liberen así de su pecado, el pecado de moralizadores hipócritas en un caso y el pecado de inmoralidad comprobada en el otro, para que así ambos encuentren una justicia que fluye de adentro de ellos mismos al encuentro con la bondad, con el respeto a la libertad y con el amor de Dios hecho hombre.
Hay una frase en el recuento de la parábola del hijo pródigo que resume el meollo tanto de la parábola como del episodio de la mujer adúltera. Cuando el Padre, después de recibir a su hijo menor le dice a sus servidores: "´ Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.´ Y comenzaron la fiesta," escribió el evangelista.
De lo que se trata en ambos recuentos evangélicos es del misterio de la resurrección: de cómo Dios, con un amor sin límites, desde su plenitud de bondad, de respeto a la libertad y de justicia, comunica su vida al hombre, de manera que la persona que se hubiese perdido por el pecado vuelva a encontrarse, liberándose del pecado. Ello es gaje de que cuando el hombre muera, Dios lo resucitará, como resucitó a su Hijo Jesucristo. ¡De sólo pensar en ello podemos y debemos celebrar! (ariyan@sinfo.net)
He pensado en lo que decía Don Manuel por lo que he experimentado en los dos últimos domingos de cuaresma antes del domingo de ramos. Ello le ha dado a la semana santa un sentido muy especial para mí. Al momento de la lectura del evangelio escuché en cada uno de esos dos domingos un texto que había oído muchas veces antes en mi vida: en un caso, la parábola del hijo pródigo, en la versión de San Lucas, capítulo XV, y en el otro caso, el episodio de la mujer adúltera, en la versión de San Juan, capítulo VIII. Pero esta vez a medida que el sacerdote leía el texto, tuve una impresión muy viva e intensa de la belleza de su mensaje, sin duda porque he llegado a la etapa de la vida en que los hombres buscamos afanosamente repuestas a las interrogantes vitales, más profundas y acuciantes, que le den sentido a nuestra vida.
La belleza que me impresionó estaba compuesta del drama de la historia contada, tan cálida en su humanidad, de la justeza del relato mismo, al que no se le podía ni añadir ni quitar nada, y por encima de todo del hecho asombroso de que a través de una historia tan humana se pudiera transmitir una dimensión tan misteriosa de Dios mismo, en su realidad a la vez radicalmente por encima de nosotros y, sin embargo, con presencia tan íntima en nuestra conciencia que, sin comprenderla intelectualmente, la percibimos como incuestionablemente válida.
Esos dos textos me comunicaron el esplendor de la verdad, al punto que pensé en el verso en el que el salmista se pregunta: "¿Quién nos hará ver la dicha?" y se responde con un imperativo que el hombre le plantea a Dios: "¡Haz brillar sobre nosotros la luz de tu rostro!"
En San Lucas, la parábola del hijo pródigo viene justo en el momento en que los fariseos y escribas murmuraban contra Jesús porque los publicanos y pecadores se le acercaban para oírle. Por respuesta Jesús cuenta dos parábolas antes de contar la parábola del hijo pródigo, a saber la de la dracma perdida y la de la oveja perdida, que transmiten algo del misterio de la misericordia de Dios. En efecto, dichas parábolas destacan que "habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión" (XV, 7). Esta es una paradoja que invierte los cálculos humanos y nos revela que los juicios de Dios son extraordinarios e inescrutables. Pero al mismo tiempo es una paradoja profunda y entrañablemente humana, esa preferencia por el pecador que se convierte, con el cual cada uno de nosotros se puede identificar en su momento y condición de mayor debilidad, de más grave carencia, de peor autoestima, cuando más necesitamos a Dios para rescatar nuestra pobre humanidad personal. Dios hecho hombre en la cruz muere no por el hombre sabio, rico, poderoso, ensimismado en su orgullo, sino por el hombre vacío, desprovisto, desfalleciente y consciente de su finitud ( "¡Dios mío, Dios mío! ¿porqué me has abandonado?", reclamó Jesús en la cruz de su Padre). Cuando Dios hecho hombre resucita salva para la eternidad a ese hombre, al pobre hombre, no al lleno de sí mismo.
La parábola del hijo pródigo es la historia de dos hijos, no de uno. En un arranque de independencia y autonomía, el menor pidió la parte de su hacienda. Y el texto dice que el padre "les repartió la hacienda", a los dos. De allí sus historias divergen. El menor se fue a un país distante del de su padre, vivió como libertino y dilapidó su hacienda. Cuando pasó por una necesidad extrema, tanto por haberlo derrochado todo como porque sobrevino una hambre en el país en el que estaba, tuvo que someterse a un trabajo y a condiciones de vida las más humillantes, inferiores incluso a las de los puercos puestos a su cuidado. Y en esta situación casi animal su residuo de humanidad reaccionó por amor de sí mismo, pero su amor propio despojado de orgullo: "me levantaré, decía, e iré a mi padre y le diré: Padre pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado tu hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros" (XV, 19). Sabemos el resto. El padre lo vio de lejos, lo reconoció, se conmovió, corrió hacia él, lo besó y abrazó efusivamente, lo vistió de gala y celebró su retorno con gran festejo.
El hijo mayor, por su parte, no era una persona que tomaba iniciativas, sino más bien una persona que reaccionaba a las iniciativas de otros. Sin pedirla recibió la parte de su hacienda; se quedó viviendo y trabajando en la casa de su padre y pudo decirle: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya" (XV, 29). Este hijo mayor resintió el afecto con que su padre recibió a su hijo pródigo y expresó reacciones negativas: le preguntó a los criados acerca del festejo, no fue él mismo a ver qué sucedía; no quiso entrar a la casa y su padre tuvo que salir a hablarle; se refirió a "ese hijo tuyo", no a "mi hermano". Nada se nos dice de su reacción final, a pesar de que su padre le afirmó: "Hijo, tú siempre has estado conmigo, y todo lo mío es tuyo".
Es evidente que la parábola nos ofrece una alternativa para que nos veamos a nosotros mismo en nuestra más íntima conciencia, o como el hijo menor, el pródigo, que cada uno de nosotros es, tarde o temprano, en algún sentido u otro, o como el hijo mayor, que muchas veces pretendemos ser. Pero lo más importante y sorprendente de la parábola es lo que nos revela de Dios bajo la figura del padre de ambos hijos: su bondad, que se plasma en una generosidad ilimitada en un caso como en el otro, su respeto a la libertad de sus criaturas, tanto a las que buscan independizarse de él como a las que permanecen sumisas a él, su amor como fuente de una respuesta de su parte que sobrepasa cualquiera expectativa que tuviese el hombre cuando expresa reivindicación, arrepentimiento o resentimiento, es decir cualquier reclamo de cara a Dios. Lo increíble es que Dios realiza en su transcendencia, inefable e incomprensible para el hombre, una realidad entrañablemente humana, la de la paternidad, pero de una manera que integra toda la ternura de la maternidad. La analogía evangélica entre lo humano y lo divino se aplica de un modo sorprendente: el amor humano nos sirve para percibir el amor divino, pero éste se plantea como irreductiblemente distinto y superior al primero.
En San Juan, el episodio de la mujer adúltera nos recuenta otra historia de cálida humanidad. De hecho su texto presupone la ley mosaica en materia de adulterio. "Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos mandó en la Ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?" (VIII, 4), le preguntaron los escribas y fariseos para tratar de comprometerlo y desacreditarlo ante todo el pueblo, que desde la madrugada lo rodeaba. No había duda de la dureza tajante de la Ley. En Levítico se lee: "Si un hombre comete adulterio con la mujer de su prójimo, ambos morirán; han cometido una infamia; su sangre sobre ellos" (XX,10) y en Deuteronomio se reitera: "Si se sorprende a un hombre acostado con una mujer casada, morirán los dos: el hombre que se acostó y también la mujer. Así harás desaparecer de Israel el mal" (XXII, 22).
La Ley era igualmente intransigente con el hombre y con la mujer adúlteros, pero a Jesús le trajeron únicamente a la mujer, dejando por fuera al hombre con el cual cometió adulterio. Sin embargo, éste no fue el punto decisivo de su respuesta a los escribas y fariseos que se la presentaron para que él autorizara su castigo mortal o incurriera en la impiedad de desconocer la autoridad de Moisés. Jesús se hizo el desentendido, agachándose para escribir con el dedo en la tierra no sabemos qué. Ante la insistencia de los acusadores, se reincorporó y les dijo las palabras decisivas: "Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra". Se fueron alejando los acusadores uno tras otro, comenzando por los más viejos, hasta que lo dejaron sólo con la adúltera. Jesús que se había vuelto a agachar para seguir escribiendo con el dedo en la tierra, todavía no sabemos qué, se reincorporó nuevamente y le dijo a la mujer adúltera: "Mujer, ¿dónde están? ¿Nadie te ha condenado?" "Nadie, Señor," respondió ella. "Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más," concluyó Jesús.
Otra vez se nos ofrece una alternativa para que nos veamos a nosotros mismos, o como los acusadores a quienes la presencia de Jesús representa una ocasión de reconocerse pecadores y alejarse de la postura de acusadores de su prójimo, o como la acusada cuyo silencio en la presencia de Jesús significa que no puede defenderse pues es culpable, pero implica además una tácita petición de perdón y también una tácita disposición de acoger el mandamiento final de no pecar más.
A través de la actitud concreta de Jesús en su calidad de juez, frente a los acusadores y la acusada, se trasluce un ejercicio de la justicia que transforma radicalmente la práctica humana de la justicia y nos permite entrever la práctica divina. En efecto, Jesús, en vez de imponer una norma externa a personas que la resisten, conduce tanto a los acusadores como a la acusada, ambos igualmente pecadores, a que se juzguen personal e íntimamente y se liberen así de su pecado, el pecado de moralizadores hipócritas en un caso y el pecado de inmoralidad comprobada en el otro, para que así ambos encuentren una justicia que fluye de adentro de ellos mismos al encuentro con la bondad, con el respeto a la libertad y con el amor de Dios hecho hombre.
Hay una frase en el recuento de la parábola del hijo pródigo que resume el meollo tanto de la parábola como del episodio de la mujer adúltera. Cuando el Padre, después de recibir a su hijo menor le dice a sus servidores: "´ Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.´ Y comenzaron la fiesta," escribió el evangelista.
De lo que se trata en ambos recuentos evangélicos es del misterio de la resurrección: de cómo Dios, con un amor sin límites, desde su plenitud de bondad, de respeto a la libertad y de justicia, comunica su vida al hombre, de manera que la persona que se hubiese perdido por el pecado vuelva a encontrarse, liberándose del pecado. Ello es gaje de que cuando el hombre muera, Dios lo resucitará, como resucitó a su Hijo Jesucristo. ¡De sólo pensar en ello podemos y debemos celebrar! (ariyan@sinfo.net)