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El Hogar


Con motivo de unas conversaciones sobre ecología en un cambio de directiva de una institución en días pasados, surgió como tema inesperado, el del hogar. Y miren en qué contexto. Hablábamos de las grandes conquistas que se han ido obteniendo porque no todo son fracasos, al menos con los niños en el sentido de la limpieza a través de campañas masivas y bien orientadas que en más de una ocasión los niños reprenden a sus madres o padres porque echan, según nuestra inveterada costumbre, la basura en las calles: "Mamá, no eche la basura así porque daña la ecología".
Y los padres de familia lo cuentan como si fuera una gracia que sus hijos pequeños los reconvengan nada menos que en la protección del ambiente. Eso quiere decir que algo se está haciendo, que hay que justamente reconocer que las campañas en ese sentido no han caído en saco roto.
Pero aún no se han conseguido las metas deseadas y se encuentran muchos recalcitrantes ancianos en sus viejas y malas costumbres, que nada ni nadie podrá rectificar fiel al adagio que árbol que crece torcido nunca su rama endereza. O aquello del colmillo retorcido siempre lo hemos hecho así.
La conclusión a la que arribamos fue que a los que hay que educar es a los adultos. Nada ganas con educar al niño si al llegar a casa oye otra enseñanza. En el problema de la enseñanza al que actualmente se le está hincando el diente en un afán de modernización, estimo que el aspecto de los padres y el hogar tiene que ser esencial en asegurar el éxito del producto que se le ofrece al educando.
Cuántas veces no hemos dicho, "el ambiente se lo traga". Lo aplicaban antiguamente a los indígenas que venían a la ciudad y aquí pasaban por todo el proceso de kinder, primaria, secundaria y hasta universidad y cuando volvían a su lugar de origen, todo se les olvidaba y de poco o nada les servía lo aprendido porque los recibían con dos piedras en la mano: "no vengas ahora con tus pedanterías, nuestros abuelos fueron así, nosotros somos así, y tú y tus hermanos tendrán que ser así". Una especie de ley de inmutabilidad cómoda.
Razonamientos similares son aplicables al proceso de la socialización de la fe. Por lo visto, los hijos no quieren creer como sus padres. El asunto no es que hayas ido a un colegio católico de tradición pedagógica. Con motivo de las nuevas disposiciones pastorales sobre la confirmación, escuché aquí y acullá, ¿cuál es la idea entonces de mandar un niño o niña a la escuela católica si no se pueden confirmar en ella? Con lo cual confesaban su convicción de que es en la escuela donde se debe enseñar la religión. Y no es así, la primera escuela es el hogar. San Pablo en la Segunda a Timoteo: "refrescando la memoria de tu fe sincera, sea fe que tuvieron tu abuela, Loide y tu madre Eunice, y que estoy seguro tienes también tú". La religión vital es la casa; la religión enciclopédica o conocimiento es la escuela. Lo que aprendan en el hogar es lo que va a quedar. En el colegio se le podrá aumentar o confirmar o aclarar o confundir el conocimiento, pero lo que queda es lo que te enseñaron y aprendiste cerca de tus padres. Así que nada de echarle la culpa a nadie. Me llamó la atención un amigo que me decía que cuando el hijo le vino conque era ateo, el papá le respondió "mi hijo, en la calle o en la escuela serás ateo, pero aquí en esta casa se cree en Dios..." O todo lo contrario.
Insisto, la primera escuela, el hogar, la familia, nada de esperar que otros te hagan lo que tú tienes que hacer. La religión como materia cultural, historia, explicación teológica o catequética se hará en la escuela. Pero la religión vital de amor, respeto y buenas costumbres, de compartir es obra de la casa. Las escuelas no hacen milagros cuando más hacen una labor de chapistería espiritual: enderezan o sacan abolladuras o pulen lo que ya estaba bien. La fe se transmite en el hogar, porque la fe como las costumbres sigue las reglas de todo fenómeno humano de socialización de las convicciones y conductas. No es fácil.

101 años de Panamá América

 
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