El hombre ms rico del mundo
En el mundo del dinero, la gran noticia de este verano es que Carlos Slim, mexicano de 67 años, desplazó a Bill Gates como el hombre más rico del mundo. Inevitablemente, los analistas comparan al Sr. Slim, quien amasó su fortuna con un monopolio telefónico, con gente como John D. Rockefeller y Henry Ford.
No hay comparación porque empresarios como Rockefeller y Ford, los hombres más ricos de su tiempo, hicieron fortuna fabricando productos de calidad -kerosén y automóviles- a bajos precios para las masas. Más recientemente, el fundador de Walt-Mart, Sam Walton, hizo lo mismo vendiendo al por menor. Por el contrario, Slim es un "empresario político" cuya fortuna fue hecha manipulando a la burocracia mexicana, en lugar de complaciendo a consumidores en un mercado competitivo.
Durante el gran auge del capitalismo de Estados Unidos en el siglo XIX, los empresarios exitosos tenían que innovar y competir, ayudando en la creación de mercados masivos. El gobierno era limitado, protegía la propiedad privada, hacía cumplir los contratos y, exceptuando algunos aranceles y subsidios, no había favoritismo.
Aquel que satisfacía al mayor número de consumidores lograba tener la empresa más grande. Rockefeller decía a sus socios: "Tenemos que recordar siempre que refinamos petróleo para la gente pobre, que lo debe tener bueno y barato". Mientras el precio del kerosén bajó de 26 centavos el galón en 1870 a 8 centavos en 1885, la prensa, el Congreso y la competencia acusaban a Rockefeller de monopolista.
Ford, Walton y Gates, también tuvieron que vender a las masas a bajos precios para alcanzar el volumen que los haría muy ricos. El lema de Ford era poner un automóvil en cada garaje, no sólo en los garajes de los ricos. Lo mismo hizo Gates con las computadoras. Cuando Washington se desvió del libre mercado, otorgando subsidios a empresas de ferrocarriles, la economía sufrió.
Lamentablemente, México tiene una larga tradición de derechos de propiedad débiles y gobiernos grandes e intervencionistas. La constitución de 1917 casi garantiza el caos económico; según el artículo 27, la propiedad no es un derecho sino una función social y los funcionarios pueden confiscar tierras e industrias que consideran no estar beneficiando al interés general.
Así, inevitablemente, surgen grupos que cabildean con el fin de confiscar propiedades "en beneficio público". En los años 30 nacionalizaron los ferrocarriles, traspasándolos a manos de los sindicatos. La industria petrolera, bancos y empresas eléctricas fueron expropiadas y a los accionistas gringos de esas compañías les pagaron unos 10 centavos por dólar.
Como era de esperarse, las empresas nacionalizadas funcionaron con gran incompetencia, en manos de sindicalistas y funcionarios sin experiencia, sin saber en qué tecnología invertir ni a quién contratar. La petrolera Pemex perdió dinero durante décadas.
En ese ambiente apareció Carlos Slim. Su padre, un inmigrante libanés, hizo dinero como comerciante en los caóticos tiempos que condujeron a la constitución de 1917. Carlos Slim multiplicó la fortuna familiar con su habilidosa manera de acercarse a los funcionarios gubernamentales. En realidad, no hay otra manera de hacer grandes fortunas en economías masivamente intervenidas.
Su gran oportunidad surgió cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari decidió privatizar algunas empresas estatales ineficientes. Slim compró la telefónica Telmex, en 1990, en una subasta nada transparente. Esa compra incluía la garantía de un monopolio telefónico durante seis años. Aunque ese monopolio supuestamente terminaba en 1997, él utilizó herramientas legales para mantenerlo, logrando órdenes judiciales que bloquearan tener que dar acceso a competidores a su red telefónica. Las tarifas telefónicas en México siguen siendo altas y menos de una cuarta parte de mexicanos tiene teléfono en su casa.
Con un virtual monopolio telefónico y en la internet, Slim ha reinvertido sus inmensas ganancias de manera inteligente, amasando una inmensa fortuna. Sus nuevas empresas de construcción y de servicios petroleros cuentan con contratos del gobierno. Recientemente, el presidente mexicano Felipe Calderón se reunió con el Sr. Slim para insistirle que acepte mayor competencia.
No debe sorprendernos, entonces, que los mexicanos que aspiran a una vida mejor suelen voltear sus miradas hacia donde rige la competencia y se respetan los derechos de propiedad.
(* Profesor de historia en Hillsdale College y autor del libro "The Myth of the Robber Barons" (2007). © www.aipenet.com)
No hay comparación porque empresarios como Rockefeller y Ford, los hombres más ricos de su tiempo, hicieron fortuna fabricando productos de calidad -kerosén y automóviles- a bajos precios para las masas. Más recientemente, el fundador de Walt-Mart, Sam Walton, hizo lo mismo vendiendo al por menor. Por el contrario, Slim es un "empresario político" cuya fortuna fue hecha manipulando a la burocracia mexicana, en lugar de complaciendo a consumidores en un mercado competitivo.
Durante el gran auge del capitalismo de Estados Unidos en el siglo XIX, los empresarios exitosos tenían que innovar y competir, ayudando en la creación de mercados masivos. El gobierno era limitado, protegía la propiedad privada, hacía cumplir los contratos y, exceptuando algunos aranceles y subsidios, no había favoritismo.
Aquel que satisfacía al mayor número de consumidores lograba tener la empresa más grande. Rockefeller decía a sus socios: "Tenemos que recordar siempre que refinamos petróleo para la gente pobre, que lo debe tener bueno y barato". Mientras el precio del kerosén bajó de 26 centavos el galón en 1870 a 8 centavos en 1885, la prensa, el Congreso y la competencia acusaban a Rockefeller de monopolista.
Ford, Walton y Gates, también tuvieron que vender a las masas a bajos precios para alcanzar el volumen que los haría muy ricos. El lema de Ford era poner un automóvil en cada garaje, no sólo en los garajes de los ricos. Lo mismo hizo Gates con las computadoras. Cuando Washington se desvió del libre mercado, otorgando subsidios a empresas de ferrocarriles, la economía sufrió.
Lamentablemente, México tiene una larga tradición de derechos de propiedad débiles y gobiernos grandes e intervencionistas. La constitución de 1917 casi garantiza el caos económico; según el artículo 27, la propiedad no es un derecho sino una función social y los funcionarios pueden confiscar tierras e industrias que consideran no estar beneficiando al interés general.
Así, inevitablemente, surgen grupos que cabildean con el fin de confiscar propiedades "en beneficio público". En los años 30 nacionalizaron los ferrocarriles, traspasándolos a manos de los sindicatos. La industria petrolera, bancos y empresas eléctricas fueron expropiadas y a los accionistas gringos de esas compañías les pagaron unos 10 centavos por dólar.
Como era de esperarse, las empresas nacionalizadas funcionaron con gran incompetencia, en manos de sindicalistas y funcionarios sin experiencia, sin saber en qué tecnología invertir ni a quién contratar. La petrolera Pemex perdió dinero durante décadas.
En ese ambiente apareció Carlos Slim. Su padre, un inmigrante libanés, hizo dinero como comerciante en los caóticos tiempos que condujeron a la constitución de 1917. Carlos Slim multiplicó la fortuna familiar con su habilidosa manera de acercarse a los funcionarios gubernamentales. En realidad, no hay otra manera de hacer grandes fortunas en economías masivamente intervenidas.
Su gran oportunidad surgió cuando el presidente Carlos Salinas de Gortari decidió privatizar algunas empresas estatales ineficientes. Slim compró la telefónica Telmex, en 1990, en una subasta nada transparente. Esa compra incluía la garantía de un monopolio telefónico durante seis años. Aunque ese monopolio supuestamente terminaba en 1997, él utilizó herramientas legales para mantenerlo, logrando órdenes judiciales que bloquearan tener que dar acceso a competidores a su red telefónica. Las tarifas telefónicas en México siguen siendo altas y menos de una cuarta parte de mexicanos tiene teléfono en su casa.
Con un virtual monopolio telefónico y en la internet, Slim ha reinvertido sus inmensas ganancias de manera inteligente, amasando una inmensa fortuna. Sus nuevas empresas de construcción y de servicios petroleros cuentan con contratos del gobierno. Recientemente, el presidente mexicano Felipe Calderón se reunió con el Sr. Slim para insistirle que acepte mayor competencia.
No debe sorprendernos, entonces, que los mexicanos que aspiran a una vida mejor suelen voltear sus miradas hacia donde rige la competencia y se respetan los derechos de propiedad.
(* Profesor de historia en Hillsdale College y autor del libro "The Myth of the Robber Barons" (2007). © www.aipenet.com)