El humano global
Un nuevo salvajismo amenaza con imponerse en la sociedad contemporánea promoviendo el "final de la historia" y el triunfo del neoliberalismo como "pensamiento único" sin otras alternativas ni posibilidades. La jungla tecnológica globalizada parece extenderse, despertando temor hasta entre sus propios promotores que ya ven insospechados resultados de "Todos contra todos" fuera de todo control.
Los fundamentalistas del individualismo promueven la fragmentación social convirtiendo a los países en mercados y a los pueblos en clientes o públicos consumidores. Durante los últimos 30 años han ido ejecutando un programa consistente en deteriorar la imagen del Estado rector con calificativos reiterados como "pésimo administrador", "ineficiente y paternalista" o "burocratismo corrupto", con el fin de justificar los ajustes estructurales, las privatizaciones, el debilitamiento de las funciones estatales para reducirlo a un aparato jurídico-coercitivo en defensa del "pensamiento único" del capital financiero y agudizando la subordinación de los países pobres a los países ricos hegemónicos.
Se trata de la promoción del absolutismo del mercado como único criterio para regular la actividad y la vida de los pueblos, cuyos derechos de salud, educación, vivienda, empleo y demás servicios públicos pasan a ser bienes comerciales de consumo y las constituciones pasarán a ser objetos históricos de museos. En consecuencia se disminuyen los gastos sociales y se subvenciona la inversión del gran capital financiero especulativo.
Los profetas del "pensamiento único" nos presentan sus leyes económicas como procesos naturales propios de la evolución social. Pero las actividades humanas no son naturales, mucho menos si son de carácter económico, ya que se impone el interés de la inversión y el afán de lucro, por consiguiente son intencionales y ello no tiene nada de natural. Visto desde enfoques regionales de mercado, el Estado pierde todo lo que las constituciones garantizan en beneficio de sus ciudadanos. Paradójicamente, los avances técnicos y científicos que debieran permitir una mayor comunicación de calidad entre los individuos, estos padecen de una angustiosa y solitaria incomunicación que les disminuye su voluntad de amabilidad y solidaridad, abriendo las puertas de los laberintos de la inseguridad social, aumentando la delincuencia, el alcoholismo, la drogadicción y el suicidio.
Pero afortunadamente, no existe en la realidad "pensamiento único" y en la base de toda esta incertidumbre comienza a nacer una nueva sensibilidad humana como respuesta a tanta inhumanidad. Una actitud que no es localista sino de clara comprensión global, porque advierte que atravesamos dificultades globales cuyas soluciones no pueden ser parciales, sino compartidas solidariamente. De ese nuevo sentimiento se deriva una nueva actitud moral y una nueva disposición fortalecida por la auténtica honestidad de no ser un individualista esquizofrénico, ni de formar parte de una masa anónima. Esta propuesta no es reaccionaria, por el contrario es proactiva y parte de del reconocimiento del valor del ser humano y tratar a los demás como queremos ser tratados, defendiendo este principio como núcleo esencial de todos los derechos y de todos los deberes.
A diferencia de otros seres vivientes, el hombre tiene conciencia de su propia vida, de su impotencia individual, sin renegar de su unicidad y de la importancia de su unidad como base de su propio desarrollo como especie, y como comunidad participativa. El desarrollo es un resultado que demuestra que el hombre ha decidido avanzar en su propio crecimiento responsable y en su activa libertad. Sólo así ha superado los grandes e históricos obstáculos, reconociéndose igual a otros y asumiendo identificación con ellos.
Hoy cuando las fuerzas del poder económico mundial empujan a la humanidad a la senda del retroceso y la regresión, la inteligencia de la nueva moral humana identifica que no puede haber regreso a las cavernas, porque el "pensamiento único" decida que se trata del "final de la historia". La historia se seguirá escribiendo cada vez que el hombre, creyendo en la diversidad, asuma y ejerza su condición humana con respeto, amor y solidaridad.
Los fundamentalistas del individualismo promueven la fragmentación social convirtiendo a los países en mercados y a los pueblos en clientes o públicos consumidores. Durante los últimos 30 años han ido ejecutando un programa consistente en deteriorar la imagen del Estado rector con calificativos reiterados como "pésimo administrador", "ineficiente y paternalista" o "burocratismo corrupto", con el fin de justificar los ajustes estructurales, las privatizaciones, el debilitamiento de las funciones estatales para reducirlo a un aparato jurídico-coercitivo en defensa del "pensamiento único" del capital financiero y agudizando la subordinación de los países pobres a los países ricos hegemónicos.
Se trata de la promoción del absolutismo del mercado como único criterio para regular la actividad y la vida de los pueblos, cuyos derechos de salud, educación, vivienda, empleo y demás servicios públicos pasan a ser bienes comerciales de consumo y las constituciones pasarán a ser objetos históricos de museos. En consecuencia se disminuyen los gastos sociales y se subvenciona la inversión del gran capital financiero especulativo.
Los profetas del "pensamiento único" nos presentan sus leyes económicas como procesos naturales propios de la evolución social. Pero las actividades humanas no son naturales, mucho menos si son de carácter económico, ya que se impone el interés de la inversión y el afán de lucro, por consiguiente son intencionales y ello no tiene nada de natural. Visto desde enfoques regionales de mercado, el Estado pierde todo lo que las constituciones garantizan en beneficio de sus ciudadanos. Paradójicamente, los avances técnicos y científicos que debieran permitir una mayor comunicación de calidad entre los individuos, estos padecen de una angustiosa y solitaria incomunicación que les disminuye su voluntad de amabilidad y solidaridad, abriendo las puertas de los laberintos de la inseguridad social, aumentando la delincuencia, el alcoholismo, la drogadicción y el suicidio.
Pero afortunadamente, no existe en la realidad "pensamiento único" y en la base de toda esta incertidumbre comienza a nacer una nueva sensibilidad humana como respuesta a tanta inhumanidad. Una actitud que no es localista sino de clara comprensión global, porque advierte que atravesamos dificultades globales cuyas soluciones no pueden ser parciales, sino compartidas solidariamente. De ese nuevo sentimiento se deriva una nueva actitud moral y una nueva disposición fortalecida por la auténtica honestidad de no ser un individualista esquizofrénico, ni de formar parte de una masa anónima. Esta propuesta no es reaccionaria, por el contrario es proactiva y parte de del reconocimiento del valor del ser humano y tratar a los demás como queremos ser tratados, defendiendo este principio como núcleo esencial de todos los derechos y de todos los deberes.
A diferencia de otros seres vivientes, el hombre tiene conciencia de su propia vida, de su impotencia individual, sin renegar de su unicidad y de la importancia de su unidad como base de su propio desarrollo como especie, y como comunidad participativa. El desarrollo es un resultado que demuestra que el hombre ha decidido avanzar en su propio crecimiento responsable y en su activa libertad. Sólo así ha superado los grandes e históricos obstáculos, reconociéndose igual a otros y asumiendo identificación con ellos.
Hoy cuando las fuerzas del poder económico mundial empujan a la humanidad a la senda del retroceso y la regresión, la inteligencia de la nueva moral humana identifica que no puede haber regreso a las cavernas, porque el "pensamiento único" decida que se trata del "final de la historia". La historia se seguirá escribiendo cada vez que el hombre, creyendo en la diversidad, asuma y ejerza su condición humana con respeto, amor y solidaridad.