El idilio de la construcción
Por supuesto que dan a la ciudad una nueva imagen. Las construcciones que se levantan, como bosque de concreto, van revelando lentamente el ascenso preferencial de Panamá en el mercado internacional mobiliario. Hasta por Internet se venden los apartamentos, que ahora se construyen en este país.
Y no es para menos. Mientras que un metro cuadrado en Italia, Francia o España puede alcanzar de 12 mil hasta 20 mil dólares; en Panamá, por espacios similares, se piden de dos mil a tres mil dólares. Lógicamente, quienes conocen las reglas de este mercado en el mundo saben de qué ventajas se les está hablando. Pero, ¡cuidado! Hacer un edificio no es lo mismo que construir una industria.
En la primera se trata de un empleo eventual, cuyos trabajadores, en su mayoría, terminan cuando concluye el edificio, aunque es posible que ese no sea el único problema. Para quienes construyen hoy en Panamá, y sobre todo para el propio país, el secreto de este idilio está en la durabilidad del embrujo, la permanencia de la magia; la posibilidad de poder ofrecer de manera permanente, en el mercado internacional, los mejores apartamentos en calidad y precio, y eso parece ser un reto al que deberán responder de manera sostenida el Estado y la empresa privada.
Por eso, las voces que hablan de la necesidad de la seguridad jurídica, de que los nuevos inmuebles cumplan con las disposiciones legales, con la calidad de los trabajos y para lo cual sea adecuada, de manera efectiva, la infraestructura necesaria.
Por muchas razones, Panamá no puede convertirse en una atractiva ciudad de edificios vacíos, aunque tenga espectaculares diseños; tampoco proyectar una imagen irresponsable al otorgar permisos para construcciones maravillosas, allí donde no hay capacidad para abastecer de agua potable estas nuevas comunidades verticales. Si esas medidas no se toman, el país podría estar jugando a la ruleta rusa, y muy pocos son los que podrán adivinar hacia dónde va el disparo.
Y no es para menos. Mientras que un metro cuadrado en Italia, Francia o España puede alcanzar de 12 mil hasta 20 mil dólares; en Panamá, por espacios similares, se piden de dos mil a tres mil dólares. Lógicamente, quienes conocen las reglas de este mercado en el mundo saben de qué ventajas se les está hablando. Pero, ¡cuidado! Hacer un edificio no es lo mismo que construir una industria.
En la primera se trata de un empleo eventual, cuyos trabajadores, en su mayoría, terminan cuando concluye el edificio, aunque es posible que ese no sea el único problema. Para quienes construyen hoy en Panamá, y sobre todo para el propio país, el secreto de este idilio está en la durabilidad del embrujo, la permanencia de la magia; la posibilidad de poder ofrecer de manera permanente, en el mercado internacional, los mejores apartamentos en calidad y precio, y eso parece ser un reto al que deberán responder de manera sostenida el Estado y la empresa privada.
Por eso, las voces que hablan de la necesidad de la seguridad jurídica, de que los nuevos inmuebles cumplan con las disposiciones legales, con la calidad de los trabajos y para lo cual sea adecuada, de manera efectiva, la infraestructura necesaria.
Por muchas razones, Panamá no puede convertirse en una atractiva ciudad de edificios vacíos, aunque tenga espectaculares diseños; tampoco proyectar una imagen irresponsable al otorgar permisos para construcciones maravillosas, allí donde no hay capacidad para abastecer de agua potable estas nuevas comunidades verticales. Si esas medidas no se toman, el país podría estar jugando a la ruleta rusa, y muy pocos son los que podrán adivinar hacia dónde va el disparo.