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El INAC y el Museo Antropológico


Estamos colmados de lo mismo. Desde que se fundó el Museo Antropológico, ha sido víctima de innumerables atracos y saqueos, incluso cuando estuvo bajo administración de quien fuera una de sus principales gestoras, la profesora Reina Torres de Araúz, de quien hoy lleva su nombre. Obviamente, se trata de una puñalada artera al corazón del patrimonio histórico nacional, que todos los panameños debiéramos defender y preservar. Pero tal parece que los muchos piratas, corsarios y saqueadores que desolaron nuestras riquezas desde tiempos inmemoriales, con Morgan, Drake, Vernon y demás de sus colegas incluídos, sin excluir a los asaltantes de camino de mala muerte y peor vida que asediaban a los viajeros a lo largo del camino de Cruces, sembraron su simiente en nuestro suelo para siempre. Nos han convertido en un país de miserables rateros, de la peor especie.
Quienes robaron 315 piezas antropomórficas de oro y cerámica del museo la semana pasada, son "gatos de casa", de los actuales o de los cesados. Conocían la combinación de la caja fuerte donde se guardaba el tesoro y supieron distinguir, con ojos de experto, los objetos legítimos de sus réplicas. ¿Qué hacía semejante tesoro en manos del Instituto Nacional de Cultura (INAC), en vez de estar en las bóvedas del Banco Nacional? No lo sabemos. Alguna respuesta estúpida habrá, peor si es basada en la Ley.
Hoy día, ningún museo del mundo que se precie, exhibe piezas originales, a menos que cuente con una réplica de la seguridad de Fort Knox, donde se guardan los lingotes de oro del tesoro norteamericano.
Una de las principales atracciones turísticas de Bogotá es la visita al Museo del Oro del banco del Estado, al cual se accede atravesando sus pesadas bóvedas. Aquello es impresionante y hace recordar la leyenda del Tesoro del Dabaibe. Costa Rica hace igual, incluso en los sótanos de uno de sus parques, donde funciona un museo digno de fábula. Pero las originales están a buen resguardo, donde deben estar y nunca salir, en el banco.
De cuando en cuando, alguna joya pictórica, de valor ilimitado, de aquellas que adornan los más prestigiosos museos europeos, suele salir de gira y cruzar el Atlántico. La logística de seguridad que se adoptan entonces es para ser envidiada por cualquier rey, papa o connotado jefe de Estado. Siempre se contrata un multimillonario seguro y a un ejército privado, vidrio a pruebas de bala y bombas, etc. Robarse aquello es imposible, si es que existe algo imposible bajo el sol. Con nuestro patrimonio histórico no esperamos menos que eso. Seguridad absoluta y para siempre. ¿Y el INAC? Que siga armando espectáculos, premiando obras, explorando galeones, descubriendo ruinas, inventariando tinajas y haciendo el ridículo de vez en cuando. Pero no lo queremos custodiando nada. ¿Quién vigila al vigilante?

101 años de Panamá América

 
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