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El infierno de la corrupción


Es necesario que saquemos de la mente el viejo fantasma diabólico de que "sólo un poquito de corrupción" es necesario para mantener andando el andamio gubernamental y engrasado el engranaje de la actividad comercial. Basta de tanta corrupción, está bueno de tantos abusos. El país no aguanta más, ya apesta escuchar sobre los excesos en el manejo de los fondos públicos. Debemos aprender de la historia y la experiencia de otros países que han superado esta pesadilla infernal, que nos demuestran que hay que actuar con energía coercitiva. De lo contrario, no sólo estaríamos propiciando la conducta sino que también el deterioro de la eficiencia pública.
De todos los terrenos donde más se escucha justificar a la corrupción como un buen negocio, resulta Latinoamérica uno de los más fértiles. Algunos expertos que han estudiado sobre bienestar social y reglas de responsabilidad pública, señalan que para establecer negocios en esta región no sólo se requiere iniciativa y carácter empresarial, sino además enfrentarse a una burocracia que se especializa en sobornos, lo que hace prácticamente imposible el trámite honroso.
La corrupción es un tema que ha sido analizado con mucha seriedad por Transparencia Internacional, que mantiene la tesis que éste es un mal endémico enraizado en los más profundos nervios de la cultura de una sociedad enfermiza. Es decir, la corrupción ya es parte de los procedimientos, normas y leyes, y tal vez por eso resulta tan difícil erradicarla. Inclusive hay países que han intentado orientar sus instituciones con responsabilidad y transparencia pero, desafortunadamente, los resultados demuestran que eran sólo finta, algunos muy costosos. El ejemplo del fracaso de la conversión de Rusia al capitalismo y a una economía de libre mercado puede ser explicado únicamente si interpretamos la pérdida de miles de millones de dólares, además de la carencia de instituciones adecuadas, en función de la cleptocracia corrupta existente en ese país.
Lo fundamental aquí es aprender que la visión de la corrupción como buen negocio, no es atractiva para los inversionistas que no quieren ver sus dineros atomizados en manos de corruptos inescrupulosos. El mensaje exitoso de Nueva Zelandia, Singapur y Hong Kong que han prácticamente logrado erradicar la corrupción es simple y directo: cero tolerancia. Una vez que la corrupción penetra los estratos de la sociedad resulta difícil eliminarla, ya que a su paso todo lo que toca lo contamina, afectando una entera estela de prospectos de desarrollo. A pesar de esto, es una tarea que no se puede soslayar ya que, de lo contrario, no se podrá alcanzar la estabilidad y el nivel de inversión necesario para salir de la penumbra y pobreza, típico de los países corruptos.
Miren a Hong Kong. Por 30 años, desde el momento en que inició la batalla campal para combatir la corrupción hasta cuando empezó la crisis financiera en 1997, el país se transformó de una colonia pobre y subdesarrollada a una con el más sofisticado centro financiero del mundo. Actualmente su bolsa de valores es de clase mundial y es el segundo centro financiero más grande de Asia (después de Japón). Pero mejor aún, muchos empresarios perciben que en Hong Kong existe menos corrupción que en los mismos Estados Unidos.
Según un estudio realizado en 1988 por la Comisión Contra la Corrupción de Hong Kong, su autor Robert Klitgaard señala que existe una correlación entre el nivel de corrupción y las expectativas de crecimiento económico. Y, lógicamente, parece predecible; ¿quién querría invertir en un país que está inmerso en condiciones de corrupción? Seguramente que nadie. En 1996, el Banco Mundial realizó otro estudio en el que se determinó que los países con un nivel alto de corrupción tenían una tasa de inversión por debajo del 10 por ciento del PIB, y países con un nivel bajo de corrupción una tasa superior al 30 por ciento. Todo esto indica que la corrupción es un factor que incide en la estabilidad política y económica de un país, y que contribuye directamente a una asignación ineficiente de recursos. Nuestra opinión es que la corrupción inevitablemente termina llevando a los países al decaimiento político, social y cultural, y eventualmente al infierno de donde sólo un milagro puede sacarlos.
Algunos sociólogos inclusive han manifestado que la corrupción impulsa a que las personas pierdan el valor y el sentido de lo correcto. Una vez se establece el factor corrupción en la mente de la gente, a nadie le queda "gana" de actuar honrosamente, si la forma fácil de ganar dinero por medio de arreglos, conexiones y contratos viciados por autoridades, resulta más cómodo. La corrupción es el corolario del "juega vivo" y, pero peor aún, del enriquecimiento a costilla de los demás. Y como resultado se obtiene una selección de proveedores no calificados y de productos no aptos para el desempeño esperado. Es lo más cerca al desastre y a la perdición de un país y sus ciudadanos; es como vivir en Sodoma y Gomorra en pleno siglo XXI.
Pero alguien tiene que ponerle el cascabel al gato, si no esto nunca tendría fin. La experiencia de Hong Kong nos debe estimular para hacer lo nuestro. En 1973, cuando la isla era principalmente un centro manufacturero, llegó el punto en donde la gota rebasó el vaso de agua y el asunto hizo crisis. A raíz de una investigación se reveló a la opinión pública que Peter Godber, un oficial de la policía, se había enriquecido ilícitamente y sacado del país más de 550 mil dólares, cerca de seis veces su salario neto durante sus 20 años de servicio como policía. Este caso causó tanto estupor que el tema de la corrupción se convirtió en un asunto de agenda nacional y un problema político, al igual que en las Filipinas en 1986 y en Indonesia en 1998. Los ciudadanos de la isla demandaron el regreso del dinero y el inicio de un juicio contra Godber. Al mismo tiempo se creó una Comisión Independiente contra la Corrupción, independiente de la jurisdicción de la policía y del gobierno, lo que permitió la captura de Godber en Londres en 1975, la realización del juicio y su sentencia de 26 años en la cárcel. Además otras 280 personas fueron juzgadas y puestas tras las rejas por cargos de corrupción. Sorpresivamente, Hong Kong vio el resplandor y la economía comenzó a crecer. ¡Esa era la medicina que pedía el enfermo!
La historia de Singapur es similar, aunque menos dramática. Su agencia responsable, la Comisión de Investigación de Prácticas Corruptas, funciona independientemente de la policía y está adscrita al primer ministro. Su éxito se debe al nivel de confidencialidad que mantiene a los denunciantes en el anonimato y que permite la cooperación necesaria para que la agencia pueda rastrear a los corruptos, sean quienes sean. En 1996, Singapur impuso una sanción de cinco años "fuera de la isla" a las empresas Pirelli y Siemens, después que fueron encontradas culpables de entregar sobornos a autoridades del gobierno para adjudicarse una concesión.
Los elementos esenciales para que un país combata la corrupción son obvios. Uno de los más cruciales corresponde a la relación entre el bienestar social y los intereses personales y políticos. Hay que incentivar los mecanismos para que sea el mercado a través de la libre competencia la que se encargue de asignar recursos y determinar los precios; se debe procurar establecer un limpio, predecible y transparente uso de procedimientos para adquirir los bienes y servicios que se consumen por el Estado; debe haber un flujo libre de información y establecer el mismo derecho para que cualquier agente económico pueda incursionar en la actividad comercial.
La corrupción es un mal que hay que curar, como cuando se extirpa un tumor maligno desde adentro de un organismo. Se trata de una falla grave que ha trasladado a los ciudadanos y a los funcionarios hacia una cultura indeseable de un ansia de enriquecimiento a las que hay que oponer muchos reparos éticos y morales. Y no es fácil. En un país como Canadá, por ejemplo, con índices de corrupción muy favorables con relación a los de Panamá, fue Boeing la que denunció el posible soborno en la compra de 14 aviones Airbus. Pero, como es de esperar, cuando se detecta a tiempo y se combate coercitivamente, fue la fuerza de la transparencia la que se encargó de nivelar la situación y permitió que el mejor precio y la mejor propuesta se impusiera en el mercado. Afortunadamente, aún podemos optar por el paraíso; la libre competencia y la corrupción nunca se mezclan.

101 años de Panamá América

 
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