El juicio del juicio
Cuando el pasado mes la Cámara de Representantes computó los votos para procesar al presidente William Jefferson Clinton por haber negado bajo juramento su affaire con Monica Lewinsky, un congresista advirtió a suscolegas que "con este voto nos convertiremos en el hazmerreír del mundo"
Fue Edward J Markey, uno de esos demócratas de pura cepa que caracteriza la política de Massachussetts, el Estado de John F. Kennedy, que implorara en vano para que permitan que Clinton continúe la tarea para la cual fue electo dos veces, gobernar al país, porque los cargos de perjurio y obstrucción a la justicia no eran suficientemente graves para justificar su destitución...
Markey expresaba una opinión muy generalizada no sólo en Latinoamérica y Europa, sino también entre una amplia gama de opinión del público stadounidense, pero que por alguna oscura razón aún no ha encontrado suficiente eco en el Congreso.
Otro demócrata, José Serrano de Nueva York, recurrió a una denuncia arcana para el ámbito político de Estados Unidos: acusó a la mayoría republicana de estar tramando lo que en inglés llamó "a legislative coup", pero que de inmediato le dio su expresión más contundente en español, "un golpe de estado".
Como es bien sabido, ni Markey ni Serrano, ni tampoco ninguno de los otros demócratas que trataron de defender al presidente, tuvieron el menor impacto para resquebrajar la férrea unidad republicana que votó para llevar a Clinton al cadalso por el "crimen" de ocultar una relación adúltera.
Lo que pocos observadores extranjeros pueden entender es cómo la Cámara Baja de un país famoso por su política pragmática votó para procesar a un presidente que no sólo parece estar en el apogeo de su popularidad, sino que en el propio momento de la votación nadie creía seriamente que los críticos del presidente podrán lograr los dos tercios de los votos necesarios para que el Senado pueda deponer al presidente.
Entonces, ¿qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué están pidiendo la cabeza a Clinton, por qué no le pueden perdonar haber mentido sobre sus pecadillos sexuales cuando a nadie se le ocurrió hacerles juicios a sus más recientes predecesores, Ronald Reagan y George Bush, por engañar al público sobre las operaciones encubiertas en Centroamérica, Panamá e Irán, mediante una serie de patrañas protegidas con el argumento de la "seguridad nacional"?
Quizás una respuesta la tiene la historiadora Doris Kearns cuando habla de la "desproporcionalidad emotiva" entre una derecha que monta apasionados ataques personales contra el presidente, y la moderación de sus defensores que aprueban sus programas de gobierno pero que a la vez condenan su conducta personal.
Panamá sufrió esta suerte durante tres décadas cada vez que levantaba su voz el congresista Daniel Flood, un feroz crítico de cualquier medida tendiente a debilitar los derechos de Estados Unidos sobre el Canal. Por ejemplo en 1960 logró que la Cámara Baja votara 380 contra 12 para prohibir que la bandera de Panamá pudiera flamear en la Zona del Canal, en lo que claramente fue algo que a la gran mayoría poco le importaba a no ser por las amenazas de Flood de cansarlos con su desaforada retórica.
Fue necesario que el Departamento de Estado recurriera al prestigio del presidente Dwight D. Eisenhower para que éste, haciendo caso omiso a las rabietas de Flood, ordenara al ejército que enarbolara las dos banderas en la Zona, lo que se cumplió de inmediato hasta que cuatro años más tarde los estudiantes del Balboa High School desatendieran la orden provocando así los funestos incidentes de enero, 1964.
Una opinión análoga a la de Kearns viene de Wendy Marcus, una abogada tejana que fue funcionaria de la Casa Blanca durante el primer año del gobierno de Lyndon B. Johnson.
Esta veterana observadora del escenario político de
Fue Edward J Markey, uno de esos demócratas de pura cepa que caracteriza la política de Massachussetts, el Estado de John F. Kennedy, que implorara en vano para que permitan que Clinton continúe la tarea para la cual fue electo dos veces, gobernar al país, porque los cargos de perjurio y obstrucción a la justicia no eran suficientemente graves para justificar su destitución...
Markey expresaba una opinión muy generalizada no sólo en Latinoamérica y Europa, sino también entre una amplia gama de opinión del público stadounidense, pero que por alguna oscura razón aún no ha encontrado suficiente eco en el Congreso.
Otro demócrata, José Serrano de Nueva York, recurrió a una denuncia arcana para el ámbito político de Estados Unidos: acusó a la mayoría republicana de estar tramando lo que en inglés llamó "a legislative coup", pero que de inmediato le dio su expresión más contundente en español, "un golpe de estado".
Como es bien sabido, ni Markey ni Serrano, ni tampoco ninguno de los otros demócratas que trataron de defender al presidente, tuvieron el menor impacto para resquebrajar la férrea unidad republicana que votó para llevar a Clinton al cadalso por el "crimen" de ocultar una relación adúltera.
Lo que pocos observadores extranjeros pueden entender es cómo la Cámara Baja de un país famoso por su política pragmática votó para procesar a un presidente que no sólo parece estar en el apogeo de su popularidad, sino que en el propio momento de la votación nadie creía seriamente que los críticos del presidente podrán lograr los dos tercios de los votos necesarios para que el Senado pueda deponer al presidente.
Entonces, ¿qué es lo que está ocurriendo? ¿Por qué están pidiendo la cabeza a Clinton, por qué no le pueden perdonar haber mentido sobre sus pecadillos sexuales cuando a nadie se le ocurrió hacerles juicios a sus más recientes predecesores, Ronald Reagan y George Bush, por engañar al público sobre las operaciones encubiertas en Centroamérica, Panamá e Irán, mediante una serie de patrañas protegidas con el argumento de la "seguridad nacional"?
Quizás una respuesta la tiene la historiadora Doris Kearns cuando habla de la "desproporcionalidad emotiva" entre una derecha que monta apasionados ataques personales contra el presidente, y la moderación de sus defensores que aprueban sus programas de gobierno pero que a la vez condenan su conducta personal.
Panamá sufrió esta suerte durante tres décadas cada vez que levantaba su voz el congresista Daniel Flood, un feroz crítico de cualquier medida tendiente a debilitar los derechos de Estados Unidos sobre el Canal. Por ejemplo en 1960 logró que la Cámara Baja votara 380 contra 12 para prohibir que la bandera de Panamá pudiera flamear en la Zona del Canal, en lo que claramente fue algo que a la gran mayoría poco le importaba a no ser por las amenazas de Flood de cansarlos con su desaforada retórica.
Fue necesario que el Departamento de Estado recurriera al prestigio del presidente Dwight D. Eisenhower para que éste, haciendo caso omiso a las rabietas de Flood, ordenara al ejército que enarbolara las dos banderas en la Zona, lo que se cumplió de inmediato hasta que cuatro años más tarde los estudiantes del Balboa High School desatendieran la orden provocando así los funestos incidentes de enero, 1964.
Una opinión análoga a la de Kearns viene de Wendy Marcus, una abogada tejana que fue funcionaria de la Casa Blanca durante el primer año del gobierno de Lyndon B. Johnson.
Esta veterana observadora del escenario político de