El machete que pinta
Son aproximadamente las seis de la tarde. Camino sin rumbo fijo y mis ojos retratan los escombros. En un santiamén cayeron como naipes las paredes de la vieja casa en la que vi por primera vez a Mario. Dardos de lluvia memorial. Una urbe que pierde batallas. Son los ajetreos del día, almacenados en la calidez de esta vía hacia el malecón de Bella Vista.
Cuántos años en el disco duro del tiempo, corriendo como ríos. Fragancias de los ´70 de utopías reinantes y posibles revoluciones. Mario Calvit entra a la casa, tiene un escarabajo estacionado en la acera, después vendría su histórico "ladilla azul", herramientas en su permanente disponibilidad a dar aventones. Optimismo siempre arriba. La casa de dos plantas, mitad concreto mitad madera, un patio trasero, los pájaros haciendo las piruetas cada mañana y el garaje cerrado y convertido en taller, era el lugar de trabajo del escultor. Mario, si lo saben, ya consagrado artista y entrado en madurez y conocimientos, decide matricularse en el INAFORP para perfeccionarse en el oficio de moldear metales, como un alumno más entre aprendices aspirando a obreros calificados. En este espacio de Calle 46, un lugar mágico, Calvit moldea visiones taurinas y corporales, musas rondando al bonachón en combinación de colores con sabor de comidas. Primer retrato que tengo de este monumental pintor.
Los albores del INAC lo encuentran siempre dispuesto a dar su cuota de trabajo al país. En el vestíbulo de esa institución presenta a Mariano Rodríguez, el pintor de los gallos, director del Departamento de Artes Plásticas de la Casa de las Américas. Organiza una colectiva de pintores panameños en la galería de Casa.
Su entrañable amistad con el pintor colonense, Víctor Lewis Ferrer. Una tarde inolvidable para conocer al que después será el protagonista de "Los sueños vienen con la verdad", video-documental producido por el GECU a finales de los ochenta.
Lo que quiero dejar claro es su capacidad de desprendimiento. Deja la paleta a un lado para dedicarse, con tenacidad, a la promoción pictórica. Viaja a Penonomé, trabaja en la casona colonial que albergaba a la Universidad Popular de Coclé, se suma a la labor de divulgación de otro entusiasta de la cultura, Olmedo Domingo. Y así recorre uno y otro confín rescatando artesanos del olvido. Las tenidas lo encuentras siempre como pasajero sin cortapisas, sentir la vida es la mediana. Yo, domiciliado a orillas de Las Mendozas, junto a la "benoto", mi transporte oficial e idealista en los años setenta, junto a la chaqueta marrón y una libretita con poemas a medio hacer. Un impresionista del placer, aterrizando en la terraza de "La Tropical". En esas circunstancias, desde mi altura juvenil, veo a Mario Calvit bajar, con toda la paciencia del mundo, los cuadros viajeros de su troncomóvil para exponerlos en plazas y escuelas populares.
Mario "machete" Calvit, organizador, partícipe de muchas preocupaciones solidarias. Otra tarde, en la imprenta La Nación, los directivos del INAC, entre ellos Mario, agasajan a los trabajadores. La mística del trabajo cultural.
Nuestra ida a La Habana al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Ese momento en la casa de René Portocarrero, el gran maestro de la plástica cubana y latinoamericana. Los años pasan, nos vamos poniendo viejos, dice el tema de Milanés, pero el corazón vuelve a las andadas.
Hoy Mario, el orgulloso antonero, tiene una vuelta a su pasado y presente como artista. En el Museo de Arte Contemporáneo apreciarán, del gatillo al ojo, ese mundanal y espectral mundo calvitiano. Los caballos, la fugacidad sensual en la retina, mujeres en divanes, tibias formas, ternuras ejerciendo el placer de sentir. Sus paisajes de Playa Coronado, la simplicidad marina de estos grandes y medianos lienzos. Sus retos escultóricos nos dicen tanto de Machete Calvit.
A la casa de Bella Vista, los martillos de la modernidad la convierten en cosa del pasado. El trayecto hacia la Avenida Balboa, la bodega Tita, los juegos de bola suave, también son cosas de nunca más volver. El pintor pintando las alegrías cotidianas del trago solidario, un chiste para darle toquecitos a la tela, rompiendo la solemnidad, alejando el sufrimiento de tantos.
La libertad profana termina en crucigramas. Cada lienzo es un reto, pisada cercana al corazón del universo. Un hombre puede ser derrotado mil veces, pero vencido nunca. Mario Calvit reajusta a su medida la sentencia. Un ser entregado al arte, comprometido.
Ahora, al final de una jornada, mientras armaba el trípode y enfocamos la cámara vemos el solar vacío. Un zoom final, despedida con amenazas de lluvia en Bella Vista y su fragancia de inviernos. Redobles al atardecer de la ciudad. Hoy no está la casa, nos quedan un cúmulo de recuerdos y de obras que no podrán ser derrumbados.
Cuántos años en el disco duro del tiempo, corriendo como ríos. Fragancias de los ´70 de utopías reinantes y posibles revoluciones. Mario Calvit entra a la casa, tiene un escarabajo estacionado en la acera, después vendría su histórico "ladilla azul", herramientas en su permanente disponibilidad a dar aventones. Optimismo siempre arriba. La casa de dos plantas, mitad concreto mitad madera, un patio trasero, los pájaros haciendo las piruetas cada mañana y el garaje cerrado y convertido en taller, era el lugar de trabajo del escultor. Mario, si lo saben, ya consagrado artista y entrado en madurez y conocimientos, decide matricularse en el INAFORP para perfeccionarse en el oficio de moldear metales, como un alumno más entre aprendices aspirando a obreros calificados. En este espacio de Calle 46, un lugar mágico, Calvit moldea visiones taurinas y corporales, musas rondando al bonachón en combinación de colores con sabor de comidas. Primer retrato que tengo de este monumental pintor.
Los albores del INAC lo encuentran siempre dispuesto a dar su cuota de trabajo al país. En el vestíbulo de esa institución presenta a Mariano Rodríguez, el pintor de los gallos, director del Departamento de Artes Plásticas de la Casa de las Américas. Organiza una colectiva de pintores panameños en la galería de Casa.
Su entrañable amistad con el pintor colonense, Víctor Lewis Ferrer. Una tarde inolvidable para conocer al que después será el protagonista de "Los sueños vienen con la verdad", video-documental producido por el GECU a finales de los ochenta.
Lo que quiero dejar claro es su capacidad de desprendimiento. Deja la paleta a un lado para dedicarse, con tenacidad, a la promoción pictórica. Viaja a Penonomé, trabaja en la casona colonial que albergaba a la Universidad Popular de Coclé, se suma a la labor de divulgación de otro entusiasta de la cultura, Olmedo Domingo. Y así recorre uno y otro confín rescatando artesanos del olvido. Las tenidas lo encuentras siempre como pasajero sin cortapisas, sentir la vida es la mediana. Yo, domiciliado a orillas de Las Mendozas, junto a la "benoto", mi transporte oficial e idealista en los años setenta, junto a la chaqueta marrón y una libretita con poemas a medio hacer. Un impresionista del placer, aterrizando en la terraza de "La Tropical". En esas circunstancias, desde mi altura juvenil, veo a Mario Calvit bajar, con toda la paciencia del mundo, los cuadros viajeros de su troncomóvil para exponerlos en plazas y escuelas populares.
Mario "machete" Calvit, organizador, partícipe de muchas preocupaciones solidarias. Otra tarde, en la imprenta La Nación, los directivos del INAC, entre ellos Mario, agasajan a los trabajadores. La mística del trabajo cultural.
Nuestra ida a La Habana al Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Ese momento en la casa de René Portocarrero, el gran maestro de la plástica cubana y latinoamericana. Los años pasan, nos vamos poniendo viejos, dice el tema de Milanés, pero el corazón vuelve a las andadas.
Hoy Mario, el orgulloso antonero, tiene una vuelta a su pasado y presente como artista. En el Museo de Arte Contemporáneo apreciarán, del gatillo al ojo, ese mundanal y espectral mundo calvitiano. Los caballos, la fugacidad sensual en la retina, mujeres en divanes, tibias formas, ternuras ejerciendo el placer de sentir. Sus paisajes de Playa Coronado, la simplicidad marina de estos grandes y medianos lienzos. Sus retos escultóricos nos dicen tanto de Machete Calvit.
A la casa de Bella Vista, los martillos de la modernidad la convierten en cosa del pasado. El trayecto hacia la Avenida Balboa, la bodega Tita, los juegos de bola suave, también son cosas de nunca más volver. El pintor pintando las alegrías cotidianas del trago solidario, un chiste para darle toquecitos a la tela, rompiendo la solemnidad, alejando el sufrimiento de tantos.
La libertad profana termina en crucigramas. Cada lienzo es un reto, pisada cercana al corazón del universo. Un hombre puede ser derrotado mil veces, pero vencido nunca. Mario Calvit reajusta a su medida la sentencia. Un ser entregado al arte, comprometido.
Ahora, al final de una jornada, mientras armaba el trípode y enfocamos la cámara vemos el solar vacío. Un zoom final, despedida con amenazas de lluvia en Bella Vista y su fragancia de inviernos. Redobles al atardecer de la ciudad. Hoy no está la casa, nos quedan un cúmulo de recuerdos y de obras que no podrán ser derrumbados.