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El maestro no educa


El presupuesto asignado al Ministerio de Educación, para la vigencia 2010-2011, sobrepasa los mil millones de balboas. Podría asumir que con semejante cantidad de dinero, los requerimientos del sector educativo deberían cubrirse de manera importante. Mas lo verdaderamente relevante es cuanto dinero se destina al trabajo directo en las aulas de clases y cómo se habrá de atender las urgentes necesidades de los centros escolares, que constituyen un componente vital para que los docentes desarrollen su labor.

Como es obvio, en el sector todos los rubros requieren de atención prioritaria. En esta ecuación los despejes no son fáciles de hacer. Si se enfatiza en la actualización de curriculum, referida a los planes de los nuevos bachilleratos no puede dejarse de lado la infraestructura de soporte tecnológico ni mucho menos la actualización de los docentes. Si se enfatiza en los procesos administrativos y su modernización no puede colocarse en segundo plano, la necesaria desconcentración de los procesos, que por su burocracia impactan en la cobertura de los pagos a los docentes y en el mantenimiento de la infraestructura.

Si a tales circunstancias, se agregan los componentes contestatarios de las asociaciones docentes y los crónicos desfases producidos por los cambios en las autoridades ministeriales, el panorama pinta como un cuento que nunca termina.

Este estado de cosas deviene en resultados muy limitados, ya conocidos por todos. Desde mi perspectiva, el primer acuerdo esencial entre los actores involucrados, debe ser, tener claridad que el MEDUCA no educa, que los profesores no educan, que los maestros no educan. Este punto de partida es substantivo para emprender el camino del cambio, para establecer las metas, elegir los métodos y las estrategias de cómo lograr los resultados que se esperan. Ya Paulo Freire los dijo, hace varias décadas. Nadie educa a nadie, nadie enseña a nadie, nos instruimos todos. La educación corresponde a la familia, como los grandes teóricos de las educación Vigotsky, Martí, Hurtado, James, Makarenko, entre otros, lo han enfatizado: la labor del maestro es la de instrumentar el proceso de aprender, facilitar el método para que los niños y jóvenes se apropien de los conocimientos de las más variadas disciplinas y desarrollen competencias técnicas que los capaciten para resolver creativamente los problemas y retos que la complejidad de la vida social les exige.

A los maestros y profesores no les corresponde educar. Esa es tarea de los padres o de los que hagan las veces de ellos. Si dicha labor fuera responsabilidad de estos, lo que hemos presenciado en los recién pasados carnavales y lo que tristemente observamos en los programas en vivo de la televisión no sería más que una fiel y patética demostración de su colosal fracaso. A los maestros y profesores les corresponder instruir a nuestros hijos. Si en esta labor los resultados son, en calidad y cantidad exiguos, entonces hay que exigirles mejorar su perfil de competencias técnicas y metodológicas. El maestro no ha educar a nuestros hijos, dejar este deber en sus manos, es copar y limitar la calidad del tiempo que deben dedicar a la labor de instruir y de facilitar el proceso de aprender.

101 años de Panamá América

 
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