El mantenimiento de obras públicas
En una Administración que cuenta con el presupuesto de obras públicas más dotado de la historia republicana, es inaceptable y escandaloso el estado de las principales avenidas y carreteras del país, sin hablar de los puentes a punto de colapsar ni de los edificios públicos en donde ya no funcionan varios de los servicios básicos. Las rajaduras estructurales, los baches y los parches mal hechos son una vergüenza nacional y hasta un peligro mortal en algunos casos. La otrora impresionante vía Interamericana, con sus cuatro carriles y puentes peatonales, parece un paisaje lunar.
El prurito de calcular todas las inversiones públicas para que puedan ser inauguradas durante el proceso electoral del 2009 es rayano en el infantilismo. La mala costumbre de contratar obras sin establecer altos estándares de durabilidad o, peor aún, no supervisando adecuadamente si al establecerlos no se cumplen durante la construcción, nos hace malgastar los recursos públicos de manera crónica. Pareciera que lo único hecho para desafiar los siglos son las placas de bronce que adosan a cada obra -terminada o no- con el nombre del presidente de turno y su ministro del ramo.
Si le prestaran al resto de la construcción la mitad del interés que dedican a la durabilidad de la plaquita, tal vez nuestros edificios públicos, calles y puentes no estuvieran en la situación actual. Pero eso parece ser mucho pedir.