El Mártir del Gólgota
Aun cuando el paso del tiempo ha impuesto en la sociedad conductas poco coherentes con el ejemplo que nos dejara Jesús de Nazareth, la impronta llega cada año con más fuerza. No se trata de un viernes de descanso o, en el peor de los casos, de un día para prácticas mundanas. La propia Semana Santa encuentra, desde hace siglos en distintos grupos humanos, por muy distantes que hayan estado, una devoción singular hacia el hacedor de todas las cosas y, en especial, hacia su hijo. Es curioso, por ejemplo, que culturas como la Azteca, muy distante de la católica en espacio y tiempo, dedicara también por estos tiempos un espacio de reflexión sobre el origen y los propósitos del hombre, bajo lo que llamaban "los días muertos", según revela el investigador Gary Jennins.
La vieja batalla entre el bien y el mal encuentra en el sacrificio de Jesús, o en las metáforas valientes de sus parábolas, un adalid y una guía para sobrellevar y vencer aquellas manifestaciones que nada tienen que ver con la bondad y la valentía con que el hombre debe enfrentar las tentaciones, amar a sus hermanos y combatir aquellos flagelos que poco a poco han ido hegemonizando conductas e intereses.
La crucifixión de Cristo, y su posterior resurrección, es una brújula, la mejor y la válida, para navegar en este mar de tentaciones, no a partir de la repetición dogmática de su prédica, sino del comportamiento y la práctica creativa de su ejemplo. No se puede creer en él y persistir en desconocer la urgencia de distribuir entre su iglesia panes y peces; no se puede creer en él y no ensayar la enseñanza del camino de Emaús; no se puede insistir en que somos parte de su rebaño y mirar indolentes la tragedia de su pueblo; reconocer que es deber amar al prójimo, y destruirlo con pensamiento y obra.
Esta semana debe ser, y en especial este viernes, una jornada de reflexión sobre nuestras conductas y una renovación en los mejores propósitos, llevados a su máxima expresión por el Mártir del Gólgota.
La vieja batalla entre el bien y el mal encuentra en el sacrificio de Jesús, o en las metáforas valientes de sus parábolas, un adalid y una guía para sobrellevar y vencer aquellas manifestaciones que nada tienen que ver con la bondad y la valentía con que el hombre debe enfrentar las tentaciones, amar a sus hermanos y combatir aquellos flagelos que poco a poco han ido hegemonizando conductas e intereses.
La crucifixión de Cristo, y su posterior resurrección, es una brújula, la mejor y la válida, para navegar en este mar de tentaciones, no a partir de la repetición dogmática de su prédica, sino del comportamiento y la práctica creativa de su ejemplo. No se puede creer en él y persistir en desconocer la urgencia de distribuir entre su iglesia panes y peces; no se puede creer en él y no ensayar la enseñanza del camino de Emaús; no se puede insistir en que somos parte de su rebaño y mirar indolentes la tragedia de su pueblo; reconocer que es deber amar al prójimo, y destruirlo con pensamiento y obra.
Esta semana debe ser, y en especial este viernes, una jornada de reflexión sobre nuestras conductas y una renovación en los mejores propósitos, llevados a su máxima expresión por el Mártir del Gólgota.