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El mejor salto de Saladino


Nos dio una medalla de oro olímpica, única en nuestra historia y la primera tras 60 años de espera, no obstante, como él mismo reconoce, no fue su mejor salto; ese lo reservó para su regreso a Panamá.

El calentamiento lo dio en una entrevista, cuando dijo que si por él fuera, hubiera viajado directamente a Colón. El héroe no oculta su amor incondicional por su terruño, cosa increíble si se considera que en Brasil, donde forjó su calidad insuperable, lo adoran, al punto que hubiera podido saltar por ese país, que le dio oportunidad y apoyo pleno para desarrollarse, sin que nadie tuviera autoridad moral para reprochárselo. Pero no. Saltó por Panamá y, sobre todo, por el Portobelo querido de sus abuelos y de sus recuerdos de niño.

Muchos buenos colonenses se han ido y tienen a su familia viviendo en la capital, a la que regresan al término de su jornada laboral. No es culpa de nadie, salvo de otros malos hijos, que con su delincuencia y vagancia dañan su imagen. ¿A qué calaña de asaltante se le ocurre dar un garrotazo a un turista o tirotear a un diplomático de Taiwán que llega a servirles? A los asaltantes de Colón.

Saladino, con su obstinado amor por su patria chica, pese a conocer sus infinitos vicios y defectos, ha recordado a sus comprovincianos que hay motivos de sobra por sentirse orgullosos y dignos, en medio de la inmundicia y la criminalidad. Con su sencillez y sinceridad, a más que con su conducta intachable y pulidos modales, siendo orgullosamente negro y de humildes orígenes, ha dado ejemplo de que es posible y conviene ser mejor, sano y digno; que hay en cada ser humano potencial de sobra para salir adelante y saltar más lejos, para superar la vagancia, el desempleo, los vicios y el crimen. Todas esas virtudes, la ha cultivado el gran Irving Saladino en el seno de una familia colonense unida. ¡Vaya Lección!

101 años de Panamá América

 
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