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El mercado político en 505 palabras


Escuchaba las opiniones de varios especialistas sobre las reformas al sistema electoral. Mi impresión es que dichos temas fueron abordados con el sesgo hacia la representatividad de los partidos ideológicos, de derecha, izquierda o neutros (aunque estos últimos no existan en nuestro mercado político).

Sobre el sistema de elección de diputados, la tendencia pareció favorecer un candidato un voto y acotar a los independientes. Citaron el ejemplo de Colombia, donde las boletas de votación presentan numerosos candidatos independientes de trayectoria desconocida con programas aún más desconocidos. Ya había comenzado el debate, así es que no sé si alguien tocó el tema del “llanero solitario”, que sin ser venezolano, en mi opinión, es un exabrupto democrático. Porque en una democracia representativa este esperpento no representa a nadie más que al elegido por ese intrincado sistema que en el recuento de votos necesita una tabla de logaritmos y un “diplomado” de dos horas en estadísticas avanzadas.

La legitimidad de un candidato está dada no sólo por la aceptación que se le tenga, sino por la fidelidad con que éste respete sus promesas y la Ley. La segunda vuelta o ballotage, al parecer no tuvo consenso. Sin embargo creo que es fundamental, sirve para eliminar terceros partidos “roba votos” y fomentar la gobernabilidad, punto débil de las democracias latinoamericanas. Recordemos el triste papel jugado por el Papa Egoró, que le restó fuerza a la Alianza Democrática y favoreció al PRD.

Los grandes partidos electoralistas suelen tener, por conveniencia, numerosos adherentes, pero a la hora de los votos, no votan todos los que están, ni están todos los que son, produciéndose así un hiato de ilegitimidad representativa que termina por erosionar la armonía entre gobierno y ciudadanía, desmejorando la calidad de la democracia, que es lo que el Tribunal Electoral debiera fomentar. Claro, siempre y cuando ninguno de sus tres magistrados se ponga a bailar “sí se puede” a la hora de repartir credenciales y sea premiado con otros diez años de caradurismo con buen sueldo.

La transformación cultural debida a la inserción del pensamiento mercantilista en la política, ha sustituido la confrontación ideológica. De tal modo que el “monstruo” izquierdista Lula da Silva se ha hecho popular por implementar políticas sociales con una economía de mercado neoliberal. En Chile, Piñera le arrebata a la Concertación su discurso socialista tradicional, por otro escorado hacia la derecha light. Si el señor Micheleti oyó el discurso “chavista” de Lobo, seguramente habrá hablado con los entorchados que sable en mano escoltaban al neopresidente hondureño.

De modo que hoy los ciudadanos no votan ideologías sino realidades tangibles, de necesidad perentoria. Las elecciones no son más que mecanismos de la democracia, regulada según valores de la cultura dominante. En este caso los del mercantilismo neocapitalista. Los partidos pudieran comprar votos, digamos que a cien dólares. Así el Estado se ahorraría una buena suma y los candidatos perdedores se llevan algo verdaderamente suyo en los bolsillos. Falta saber como se resolvería el financiamiento del llanero solitario.

101 años de Panamá América

 
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