El método definitivo de imbecilización total
LOS "padres de la Patria", como desde hace tiempo han dado en llamarse, primero los diputados y luego los legisladores, están discutiendo actualmente un proyecto de ley que está destinado a destruir definitivamente todas las posibilidades de regeneración y revitalización de la educación nacional.
El proyecto mortal contempla exigir que todos los libros de texto en las escuelas del país tengan que ser de autores panameños (todos los textos en las escuelas públicas y, en las privadas, los que son de enseñanza obligatoria, como cívica y otras cosas aborígenes, porque los autores de texto locales todavía no se van a atrever a pergeñar libros ni en inglés para las escuelas más caras ni en italiano para la Enrico Fermi).
Ahora bien desde 1980, en un viaje que hice de Tokío a Farallón, en Japan Airlines hasta Panamá y luego, en el último tramo, llevado por el difunto Chuchú Martínez en su avioneta llamada "El Aleph" (como el cuento de Borges), oyendo cantar a Edith Piaf a no sé cuantos cientos o miles de metros de altura, tuve una larga conversación con el difunto General Torrijos, entre otras cosas, sobre Singapur y su increíble progreso, y recuerdo bien haberle dicho que, si bien, en lo social se habían logrado grandes progresos, en la educación había fracasado, y que eso lo tenían que remediar o condenar el país a la sumisión total en economía y en política extranjera, porque se iba a producir una mayoría de ciudadanos sin capacidad de razonar, sin capacidad de comunicación racional entre sí.
Poco después se produciría su muerte cuatro meses después de la de Roldós y dos meses después de la del Jefe del Estado Mayor del Perú en accidentes similares.
Un año después regresé a Panamá, y en una ceremonia de entrega de premios del Concurso "Ricardo Miró" dije que los panameños habían comenzado a comunicarse por aproximación. Unos años después, al terminar la reunión de un Consejo de Gabinete ampliado, le dije a Jorge Riba que esas reuniones no iban a conducir a nada porque todos usaban las mismas palabras con distintos significados lo que hacía imposible la transmisión del mensaje de uno a otro.
Desde entonces he estado escribiendo sobre el despeñadero en que se encuentra la educación nacional, denunciando principalmente el hecho de que cada vez más los graduados de secundaria y hasta de universidades no son capaces de escribir un párrafo sin errores gramaticales, un porcentaje elevado no puede explicar lo que escribió, y todavía muchos no entienden ni lo que leen ni lo que uno les dice. El significado de lo escrito o lo hablado lo decide el lector o el oyente, y no el autor o el hablante como ocurre casi generalmente en los grandes países y en los chicos civilizados.
Ahora, habiéndome familiarizado con los textos que impone el Ministerio de Educación, he quedado escandalizado. Las inexactitudes, los errores en el contenido, la falta de ilación en los libros de matemáticas y de ciencias, los absurdos que se exigen en cívica, en geografía y en historia de Panamá, junto a una general ignorancia de la gramática española, me explican lo que ha sucedido y me hacen pensar que, de aprobarse el proyecto de ley que comenté al principio, en menos de una generación no quedará más que un puñado de panameños con capacidad para expresarse y raciocinar.
Cerrarle las puertas a Europa fue lo que hizo que, aparte de Poe, Thoreau, Emerson y Melville, Faulkner, Hemingway y los poetas de la generación perdida que sorbieron París hasta la zurrapa, y más recientemente William Goyen y James Salter, que fueron educados a la europea y conocieron a los clásicos, Estados Unidos no haya producido buenos poetas ni novelistas aceptables, y sólo ofrezca un par de compositores musicales decentes además tres o cuatro pintores (exceptuando los abstractos y los andywharholistas). John Quincy Adams, uno de los primeros presidentes de ese país, a principios del siglo XIX, le escribió a un sobrino que estaba en París una famosa carta en que lo insta a no poner atención a las maravillas de belleza y cultura que ve a su alrededor porque eso no es lo que cuenta en la vida. Después de la Segunda Guerra Mundial, McCarthy le hundió la puntilla en la cerviz al toro derribado de la cultura estadounidense. Hitler, por cierto, comenzó por quemar todas las grandes obras de la literatura alemana, y Lenín y Stalin reformaron el alfabeto para que nadie pudiera leer lo que se había publicado antes.
La América nuestra también. Después de esa guerra (y antes en algunos sitios como Nicaragua y Haití), comenzó la destrucción de la alta cultura y se iniciaron las reformas de la educación que consistían todas en hacer imposible el desarrollo de la facultad del lenguaje y en rebajar el cúmulo de conocimientos a una dolorosa e insuficiente medianía en el mejor de los casos.
La única esperanza que me queda es que los legisladores tienen hijos y nietos, y que alguien, además de lo que hay en este artículo, puede hacerles ver lo que quiso decir Jean-Jacques Rousseau cuando escribió que "el hombre es el único animal capaz de volverse imbécil".
El proyecto mortal contempla exigir que todos los libros de texto en las escuelas del país tengan que ser de autores panameños (todos los textos en las escuelas públicas y, en las privadas, los que son de enseñanza obligatoria, como cívica y otras cosas aborígenes, porque los autores de texto locales todavía no se van a atrever a pergeñar libros ni en inglés para las escuelas más caras ni en italiano para la Enrico Fermi).
Ahora bien desde 1980, en un viaje que hice de Tokío a Farallón, en Japan Airlines hasta Panamá y luego, en el último tramo, llevado por el difunto Chuchú Martínez en su avioneta llamada "El Aleph" (como el cuento de Borges), oyendo cantar a Edith Piaf a no sé cuantos cientos o miles de metros de altura, tuve una larga conversación con el difunto General Torrijos, entre otras cosas, sobre Singapur y su increíble progreso, y recuerdo bien haberle dicho que, si bien, en lo social se habían logrado grandes progresos, en la educación había fracasado, y que eso lo tenían que remediar o condenar el país a la sumisión total en economía y en política extranjera, porque se iba a producir una mayoría de ciudadanos sin capacidad de razonar, sin capacidad de comunicación racional entre sí.
Poco después se produciría su muerte cuatro meses después de la de Roldós y dos meses después de la del Jefe del Estado Mayor del Perú en accidentes similares.
Un año después regresé a Panamá, y en una ceremonia de entrega de premios del Concurso "Ricardo Miró" dije que los panameños habían comenzado a comunicarse por aproximación. Unos años después, al terminar la reunión de un Consejo de Gabinete ampliado, le dije a Jorge Riba que esas reuniones no iban a conducir a nada porque todos usaban las mismas palabras con distintos significados lo que hacía imposible la transmisión del mensaje de uno a otro.
Desde entonces he estado escribiendo sobre el despeñadero en que se encuentra la educación nacional, denunciando principalmente el hecho de que cada vez más los graduados de secundaria y hasta de universidades no son capaces de escribir un párrafo sin errores gramaticales, un porcentaje elevado no puede explicar lo que escribió, y todavía muchos no entienden ni lo que leen ni lo que uno les dice. El significado de lo escrito o lo hablado lo decide el lector o el oyente, y no el autor o el hablante como ocurre casi generalmente en los grandes países y en los chicos civilizados.
Ahora, habiéndome familiarizado con los textos que impone el Ministerio de Educación, he quedado escandalizado. Las inexactitudes, los errores en el contenido, la falta de ilación en los libros de matemáticas y de ciencias, los absurdos que se exigen en cívica, en geografía y en historia de Panamá, junto a una general ignorancia de la gramática española, me explican lo que ha sucedido y me hacen pensar que, de aprobarse el proyecto de ley que comenté al principio, en menos de una generación no quedará más que un puñado de panameños con capacidad para expresarse y raciocinar.
Cerrarle las puertas a Europa fue lo que hizo que, aparte de Poe, Thoreau, Emerson y Melville, Faulkner, Hemingway y los poetas de la generación perdida que sorbieron París hasta la zurrapa, y más recientemente William Goyen y James Salter, que fueron educados a la europea y conocieron a los clásicos, Estados Unidos no haya producido buenos poetas ni novelistas aceptables, y sólo ofrezca un par de compositores musicales decentes además tres o cuatro pintores (exceptuando los abstractos y los andywharholistas). John Quincy Adams, uno de los primeros presidentes de ese país, a principios del siglo XIX, le escribió a un sobrino que estaba en París una famosa carta en que lo insta a no poner atención a las maravillas de belleza y cultura que ve a su alrededor porque eso no es lo que cuenta en la vida. Después de la Segunda Guerra Mundial, McCarthy le hundió la puntilla en la cerviz al toro derribado de la cultura estadounidense. Hitler, por cierto, comenzó por quemar todas las grandes obras de la literatura alemana, y Lenín y Stalin reformaron el alfabeto para que nadie pudiera leer lo que se había publicado antes.
La América nuestra también. Después de esa guerra (y antes en algunos sitios como Nicaragua y Haití), comenzó la destrucción de la alta cultura y se iniciaron las reformas de la educación que consistían todas en hacer imposible el desarrollo de la facultad del lenguaje y en rebajar el cúmulo de conocimientos a una dolorosa e insuficiente medianía en el mejor de los casos.
La única esperanza que me queda es que los legisladores tienen hijos y nietos, y que alguien, además de lo que hay en este artículo, puede hacerles ver lo que quiso decir Jean-Jacques Rousseau cuando escribió que "el hombre es el único animal capaz de volverse imbécil".