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El milagro de la radio


Desde 1988 se viene celebrando en Panamá durante el segundo domingo del mes de junio el "Día de la Radiodifusión", y este año se cumplen 66 años desde que el H.D. por Darién, Don Pablo Othón, presentó un proyecto de ley autorizando al Organo Ejecutivo para conceder licencias de instalación de radiodifusores en el país. La Ley fue sancionada en septiembre de 1934 por el Dr. Harmodio Arias M. en su calidad de Presidente y el Dr. Galileo Solís en su calidad de Secretario de Gobierno y Justicia.
Cuando empezó a funcionar la radio por primera vez en Panamá, sus promotores, Radio Tembleque, ni siquiera podían imaginar el fenómeno social que ponían en marcha. Desde entonces la radio ha logrado transformarse en el medio de comunicación por excelencia. Mientras no se invente una televisión que pueda verse con los ojos cerrados, en la duermevela cotidiana, por ejemplo, la radio permanecerá como el recurso de información y comunicación más acogedor de nuestro tiempo.
La televisión o la prensa aspiran a acudir hasta los lugares más remotos, pero nunca han llegado tan lejos y a tantos sitios a la vez como la radio. Los periódicos han presumido de clientela selectiva, y la televisión de un poder extensivo y fuerte, pero ninguno de los medios opera de la forma tan directa, accesible y persuasiva como las emisoras radiofónicas. A diferencia de las otras formas de comunicación que han enriquecido los contenidos, la radio se ha limitado a perfeccionar en un siglo la calidad de su sonido. Podría pensarse que se trata del medio perfecto, como es imperfectible el diseño de un barco o de una bicicleta, a los que nunca han superado las novedades del tiempo.
La radio podría muy bien considerarse un invento de toda la vida. Así como la prensa es un elemento del siglo XIX y la televisión una creación propia del siglo XX, la radio parece eterna. Más aún, la radio como medio de comunicación de masas parece incluso más antigua que la radio como un invento a secas. Podría pensarse, por antonomasia, que la radio está hecha para participar en grupo, en multitudes, por barrios o ciudades enteras.
Ni la prensa ni la televisión poseen este estatuto primordial. Para enterarse lo que dice un periódico hay que descifrar signos que, sin la debida concentración, no dicen nada. La forma en que se escribe es centrípeta, hermética y oculta. Es preciso hacer un esfuerzo para extraer de la escritura sus contenidos, sus sentidos y su intención. Así, la escritura resulta seca, selectiva, independiente. Todo lo contrario de lo que parece que sea la televisión, sin serlo tampoco.
La televisión habla, gesticula, avasalla, ocupa un desmedido lugar en la habitación, se instala, se aposenta, gobierna el espacio. La televisión difunde sonidos y ademanes, sílabas, colores y relámpagos. Es, contrariamente a la escritura, extrovertida y centrífuga. Pero también por todo ello, viene a ser intrusa, impertinente y en exceso locuaz. Todo lo que la escritura posee de intimidad e inoculación del secreto mediante el silencio, la televisión tiene de invasora y desbordante, transmitiendo objetos a los que demasiada gente tiene acceso.
La radio, en el transistor, reproduce el tamaño que imaginariamente se ha dado al corazón o a la dimensión del alma. Habla desde un recipiente modesto y acorde al oído. No sólo es posible regular su discurso, su longitud, su volumen y hasta su tono, sino que permite eludir la palabra por la música, la música por la poesía, la poesía por la tertulia y la tertulia por el programa donde todo está incluido. Con la radio a mano no se necesita más y, encima, no exige que hagamos nada a cambio. Y se la recibe mientras deja que el pensamiento se reúna o se aparte de sus ondas. Ni la prensa, tan exigente, ni la televisión, tan ostentosa, autorizan a compatibilizar su presencia activa con otra actividad, pero la radio sí.
La radio es un medio idóneo en su condición, que sigue en lo fundamental idéntico a sí mismo y que, más que ningún otro, evoluciona en la mayor y más fiel dialéctica con su audiencia. Por eso quizá la radio es tan querida, tan entrañable. Entre el emisor y el receptor no existe ni la cifrada barrera de signos de la escritura ni el artificio teatral de la pantalla. La voz y el oído se unen en una relación sin mediadores.
La radio es por esto popular. Cosa del pueblo y del público. Y los profesionales de la radio son campechanos a imagen y semejanza de su mejor auditorio. Hablan el lenguaje asequible de su audiencia y acaban al fin entrañándose con la emoción de sus masas.
Entretener, formar e informar. Esos son los tres requisitos que se exigen a los medios de comunicación serios y profesionales. La radio ha convivido con la prensa y ahora comparten ambas el espacio informativo con la televisión y el Internet, pues todos son medios complementarios. Pero en esta oportunidad quiero ofrecer un momento antes de que culmine este mes de junio para darles gracias a todos los locutores que de una forma u otra, desde el estrellato o el anonimato, han contribuido a los espacios de radio dignos, creíbles, amenos y responsables que hemos tenido en Panamá.
En estos últimos tres años en que nos hemos desempeñado como funcionario de la Comisión de Libre Competencia y Asuntos del Consumidor (CLICAC), ha sido notorio el milagro de la radio en nuestras programaciones diarias de orientación y en las campañas de educación para crear una nueva cultura económica basada en la honestidad, transparencia y equidad. La radio ha sido instrumental para la CLICAC en su función de velar por el bienestar de todos los consumidores, fortalecer los elementos del libre mercado, promover el comportamiento competitivo de los agentes económicos y defender los derechos del consumidor. Por eso decimos hoy: amigos de la radio, sin su apoyo logístico y colaboración en los estudios de transmisión, nuestro trabajo hubiera sido casi que imposible. A ustedes, un millón de gracias y que sigan las ondas hertzianas transmitiendo la verdad que tanto ansía este pueblo.

101 años de Panamá América

 
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