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El mundo según Cristina


Guatemala (AIPE) - Prácticamente desde su asunción hace algo más de dos años, la presidente Cristina Fernández ha gobernado Argentina de un modo autista. Se enfrentó con todos los sectores del país que no estuvieron de acuerdo con sus decisiones, entendiendo que sólo en ella está la razón y que quienes no la siguen son golpistas o están equivocados.

La frutilla del postre fue su discurso y posterior conducta al inaugurar las sesiones del Congreso el 1º de marzo. Mientras anunciaba a los legisladores y al país que retiraba el conflictivo decreto que creaba el llamado “Fondo del Bicentenario”, su ministro de economía y la flamante presidenta (ad-hoc) del Banco Central perfeccionaban el traspaso del dinero sobre la base de un nuevo decreto firmado minutos antes.

En el Congreso Cristina habló de un país “real”, que es maravilloso. Frente a él opuso al país “virtual”, aquel en el que viven quienes se quejan y no están de acuerdo con ella. Ese país “virtual” es el que en junio pasado le dio una severa advertencia en las urnas; el que pretende que se sigan los mecanismos institucionales establecidos por la Constitución Nacional y las leyes; el que exige que el Poder Ejecutivo ejerza sus funciones respetando atribuciones del Congreso y jueces.

En el mundo de Cristina, el Presidente tiene todo el poder. Cualquier oposición del Congreso, de los jueces, de órganos independientes del gobierno, del periodismo o de quien sea, es visto como un atentado a la “gobernabilidad”. En esto viene insistiendo cada vez con más fuerza la presidente en la medida en que los mecanismos constitucionales -que están sin duda por encima de sus atribuciones- comienzan tibiamente a funcionar. Por eso habla de actitudes “golpistas” del Congreso. La alternativa que se plantea entonces es si 40 millones de habitantes están dispuestos a reconocerle el poder absoluto o no. En caso negativo, quedará en su buen tino y en la acción de los mecanismos constitucionales la solución al problema.

Argentina pasó dos crisis gravísimas en su historia reciente, por no lograr que esos mecanismos funcionaran. A fines de 1975, mientras el país se debatía entre la anarquía, la violencia y la hiperinflación, el Congreso no estuvo a la altura de las circunstancias. El resultado fue un baño de sangre. A fines del 2001, un presidente mostraba signos de incapacidad manifiesta que lo mantenían inmóvil frente a la crisis política. Tampoco los mecanismos institucionales funcionaron, y Argentina cayó en una de las peores crisis económicas.

En el mundo de Cristina, que el Congreso y los jueces ejerzan sus atribuciones y le pongan límites es una actitud golpista. En el mundo de los hechos, es el modo en que se pueden corregir errores sin provocar tragedias.

*Profesor de la Universidad Francisco Marroquín.

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