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El narcisista


Hay ciertos personajes pomposos que cuando se les pide su hoja de vida, envían una tan larga y frondosa que más que "currículum" se les debiera decir "ridículum". Cuántos viceministros obligan a sus relacionistas públicos a enviar una gacetilla a los diarios cada vez que se convierten en "ministros", por más efímero que sea el encargo. Cuántos candidatos a los puestos más básicos de elección popular asumen las poses de Gran Señor tan pronto son juramentados y dejan atrás rápidamente toda esa humilde afabilidad que desplegaron en campaña. Esta actitud de autobombo y engreimiento es propia del narcisismo.
El narcisismo es una enfermedad que pudiera ser muy cómica si no tuviera también su lado trágico. El narcisista todo lo magnifica. Una acción insignificante para otros, se convierte en una proeza digna de encomio y reconocimiento públicos si es realizada por él. Así mismo, una mirada, o gesto de desdén, puede ser registrada como una amenaza mortal. El narcisista puede arrastrarse en el fango más profundo frente a un poder que lo pueda elevar, pero lo hace con un secreto resentimiento que se convierte, tan pronto alcanza él una posición superior, en una factura por cobrar. El narcisista necesita a su lado a genuflexos alabarderos que le abaniquen el ego y a quienes no les permite ni perdona el mínimo indicio de falta de incondicionalidad. Cuando estos personajes pintorescos andan por ahí con sus sanchopanzas de café, no causan más que sonrisas de lástima y una que otra carcajada, pero cuando llegan al poder pueden convertirse en magnéticos demagogos que llevan a sus pueblos a la perdición. Hitler fue un ejemplo de éstos, y en América Latina hemos sufrido a más de un par de ellos. Aquí en Panamá los hemos tenido en una que otra posición de poder público o mediático, pero nos hemos zafado de ellos oportunamente.

101 años de Panamá América

 
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