default

El negocio de la educación


Ha vuelto al tapete el tema de la educación nacional. Los educadores la han mantenido en la consideración de cada gobernante por las ininterrumpidas exigencias salariales, las amenazas de huelgas y los días feriados por seminarios, aniversarios, novatadas, protestas con cierre de vías públicas, etc. Lo que antes fue un compromiso estatal, por la gratuidad cumplida, hoy se perfila como uno de los negocios más prósperos y seguros.
Por mucho tiempo la educación privada se mantuvo con una calidad competitiva con los centros públicos de enseñanza, de los cuales salieron connotados ciudadanos y profesionales que son orgullo nacional, no sólo por su sólida preparación académica, sino también por el sentido de nacionalidad que nutría su bagaje cultural. La asistencia a los colegios privados estuvo reservada para los hijos de familias económicamente pudientes, pero había reconocimiento a la calidad óptima de la educación pública. La Universidad de Panamá fue el cernidor que midió por algún tiempo el pensum de los egresados del nivel secundario.
La decadencia innegable de la educación pública sirvió de excusa a los inversionistas para incursionar en el productivo negocio de la enseñanza. Inicialmente estuvieron los colegios en manos de religiosos, tanto para varones como para señoritas. Las carreras técnicas estaban limitadas y las pocas escuelas particulares, al alcance de la clase popular, se esforzaron por ofrecer carreras en Contabilidad, Secretariado, Taquigrafía, etc. En la medida en que los padres de familia tuvieron mayor capacidad de pago, a consecuencia de su mejor formación y condiciones de vida, sus hijos reclamaron un espacio en los colegios privados y fueron mezclando la clase media con los tradicionales "rabiblancos", que compartían el mismo salón, igual material educativo e idénticos profesores. El pago de matrículas representaba un importante ingreso, fortalecido por las mensualidades que debían pagarse puntualmente. El transporte escolar fue otro complemento en el negocio con una clientela cautiva. Luego los uniformes se convirtieron en otra alternativa de gran importancia para esas empresas, ya que casi todas tenían más de mil quinientos estudiantes, a los que vendían zapatos, medias, camisas, corbata, zapatillas y ropa de gimnasia, en fin, había una creciente seguridad en la inversión y cuantiosa ganancia exonerada por muchas razones injustificadas.
La insaciable sed de riqueza volcó a los libros y textos la mira de los empresarios del negocio educativo, controlando primero los que debían utilizarse en sus empresas, luego, exigiendo participación en la venta, después convirtiéndose en distribuidores y en editores, con inusitado desprecio por lo nacional. La educación pública ha emulado tal proceder, cobrando matrículas, laboratorios, seguros, cuotas de clubes de padres de familia y otros pagos que encarecen la asistencia a estos centros. Las graduaciones se han convertido en algo incosteable, además del ajuar para los desfiles patrios.
Hoy los autores nacionales se disputan con los extranjeros, y con las empresas negociantes de la educación, el derecho de enseñar lo nuestro y de recobrar algún prestigio para nuestra educación. Los calificadores del curriculum, dejan a un lado el sentido de lo nacional y prefieren continuar socavando los cimientos de nuestra ya precaria enseñanza, para dar oportunidad a que nuestros estudiantes sepan más de Europa y hasta rindan culto a los símbolos foráneos, renunciando a forjar una patria con sus propios recursos intelectuales.
Ojalá el Gobierno Nacional, Ejecutivo y Legislativo, no sigan incubando la actitud extranjerizante de nuestro sistema educativo, para beneficiar empresas que bien pueden promover, editar y estimular a los autores nacionales, que también han demostrado capacidad, suficiencia académica, competitividad profesional y calidad pedagógica y científica.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América