El neoliberalismo y los fóbicos
Todo en exceso es perjudicial, suelen sentenciar algunos psicólogos. Hoy existe entre los trabajadores del mundo un excesivo sentimiento de competitividad que en muchos ha creado terror. La "globalización económica" es la causa principal de esta situación de desórdenes que se da en los trabajadores, pues la desprotección que hoy reciben del Estado con las múltiples reformas hechas al código de trabajo, entre otras cosas, provocan pánico de perder sus trabajos y se dan los extremos que menciona el escrito con el que nos identificamos plenamente y pasamos de inmediato a transcribir, en algunas de sus partes, con la esperanza de que ayude a alguno de los lectores, si ese es el caso.
Los fantasmas de las oficinas, como suele calificarse a las categorías de personas que han alterado el sentido del trabajo, suelen ser los primeros en llegar a la oficina y los últimos en irse. Viven pendientes del trabajo e, incluso, llevan tareas a casa. No conocen el recreo o el descanso, ni siquiera en la hora de almuerzo. Incapaces de alejarse de la empresa, rechazan tomar vacaciones y odian los días feriados. Pero, al contrario de lo que pudiera pensarse, esta descripción no corresponde a las tan conocidas "ratas de escritorio" ni a los "trabajólicos".
Las primeras suelen permanecer en la empresa más allá de los horarios de trabajo, es cierto. Pero, simplemente porque no tienen nada mejor que hacer; se acostumbran a deambular por la oficina y este hábito se vuelve una rutina. Los trabajólicos, en cambio, pertenecen a esa "nueva cultura" de la que se ha hablado por tanto tiempo: aquella que privilegia el desarrollo profesional como la más importante fuente de satisfacción a tal punto, que la identidad de la persona llega a depender de cuán exitosa sea en su desempeño. Los trabajólicos son incapaces de darse un tiempo libre. Son el antónimo del concepto de ausentismo laboral. El temor existente en estas personas a perder el trabajo es tan intenso, que son capaces de hacer cualquier cosa por conservarlo, pues en su mente está la constante idea de que, en cualquier momento, alguien les va a dar una puñalada por la espalda. Esta es la razón por la que no se alejan del escritorio. A tal punto necesitan sentirse imprescindibles, que no estar presentes cuando sus jefes toman decisiones importantes para la empresa y los empleados, desencadena en ellos una verdadera paranoia.
El asunto es que, a mitad de camino entre ambas conductas, comienza a visualizarse en la empresa moderna un nuevo estilo de enfrentar la tarea diaria: el fóbico. Se trata de aquellas personas que no trabajan en exceso porque les guste o porque no tengan otra cosa en que ocupar su tiempo, sino por el pavor que les provoca la posibilidad de perder el empleo. Y la manifestación más evidente es un miedo casi patológico a ausentarse de la oficina, incluso durante los períodos de vacaciones. Son obra y creación del neoliberalismo con la nueva normativa de competencia que han establecido en las relaciones laborales.
Fuera de lo curioso que puede parecer este cuadro, tales personas se ven inmersas en un laberinto de sensaciones de inseguridad que terminará por incapacitarlas para seguir cumpliendo con el trabajo. Tarde o temprano, llegarán a convertirse en "fantasmas de oficina". Son fantasmas porque cuando no están físicamente en el lugar de trabajo (muy pocas horas al día), su espíritu está siempre ahí.
Aún cuando esta patología se manifiesta en países desarrollados, lo cierto es que los más propensos a padecerla son los trabajadores de países en desarrollo. La razón está en que dichas naciones se ven forzadas a competir con las otras de su misma categoría para ingresar al "club de los desarrollados". Para hacerlo, encuentran en las jornadas de trabajo extensas, el método ideal.
Un factor determinante es la inseguridad laboral se origina en la disminución de los puestos de trabajo versus el aumento en la demanda de los mismos. Por eso, no es extraño que las personas comiencen a sentir que son absolutamente prescindibles, y el único modo de revertir la situación sea hacerse notar. ¿Cómo?: permaneciendo todo el día (en cuerpo) y toda la noche (en espíritu) en la oficina.
Con la modernización, la empresa ya no es capaz de brindarles seguridad a sus empleados. Esto trae como consecuencia que se sientan inseguros y que teman perder el trabajo en cualquier momento. Hoy en día es mal visto que la persona se retire temprano o que se dé una hora para almorzar". Además, la actual tendencia a los contratos por períodos cortos y al trabajo a honorarios, no ayuda mucho. La primera provoca en los individuos la sensación de que en cualquier momento se pueden deshacer de él. La segunda, termina por aumentar la paranoia de que los "nuevos" son una competencia y que están ahí para quitar el empleo a los más antiguos.
Las personas inseguras, depresivas y que se frustran rápidamente, están más propensas a desarrollar esta sintomatología debido a la poca confianza en el trabajo que realizan y a su escasa tolerancia para enfrentar los malos ratos y las discusiones con el jefe o los colegas.
Lastimosamente la nueva política laboral no ha acabado de entender que "más trabajo" sólo significa "enfermedad". En efecto, después de un tiempo de sentirse perseguido, temeroso y de rechazar las vacaciones, el individuo empieza a enfermarse. Los primeros trastornos se traducen en un aumento en la frecuencia con que se presentan los resfríos. Esto, además de problemas estomacales, falta de concentración, incapacidad para tomar decisiones, ansiedad, irritabilidad, aislamiento y estados depresivos. Pero luego aparecen los más severos: problemas cardíacos, trastornos mentales, etc. Así concluyen las connotaciones que da a conocer el aludido escrito.
Los neoliberales, por ese afán de producción al más bajo costo para incrementar las ganancias se ha olvidado del hombre, principalísima riqueza de todo país y en vez de hacerle agradable su estancia en el trabajo, se le exige cada vez más y reducen las seguridades sociales por aquello que los neoliberales han denominado "actitudes paternalistas que sólo conducen a la inflación."
Los fantasmas de las oficinas, como suele calificarse a las categorías de personas que han alterado el sentido del trabajo, suelen ser los primeros en llegar a la oficina y los últimos en irse. Viven pendientes del trabajo e, incluso, llevan tareas a casa. No conocen el recreo o el descanso, ni siquiera en la hora de almuerzo. Incapaces de alejarse de la empresa, rechazan tomar vacaciones y odian los días feriados. Pero, al contrario de lo que pudiera pensarse, esta descripción no corresponde a las tan conocidas "ratas de escritorio" ni a los "trabajólicos".
Las primeras suelen permanecer en la empresa más allá de los horarios de trabajo, es cierto. Pero, simplemente porque no tienen nada mejor que hacer; se acostumbran a deambular por la oficina y este hábito se vuelve una rutina. Los trabajólicos, en cambio, pertenecen a esa "nueva cultura" de la que se ha hablado por tanto tiempo: aquella que privilegia el desarrollo profesional como la más importante fuente de satisfacción a tal punto, que la identidad de la persona llega a depender de cuán exitosa sea en su desempeño. Los trabajólicos son incapaces de darse un tiempo libre. Son el antónimo del concepto de ausentismo laboral. El temor existente en estas personas a perder el trabajo es tan intenso, que son capaces de hacer cualquier cosa por conservarlo, pues en su mente está la constante idea de que, en cualquier momento, alguien les va a dar una puñalada por la espalda. Esta es la razón por la que no se alejan del escritorio. A tal punto necesitan sentirse imprescindibles, que no estar presentes cuando sus jefes toman decisiones importantes para la empresa y los empleados, desencadena en ellos una verdadera paranoia.
El asunto es que, a mitad de camino entre ambas conductas, comienza a visualizarse en la empresa moderna un nuevo estilo de enfrentar la tarea diaria: el fóbico. Se trata de aquellas personas que no trabajan en exceso porque les guste o porque no tengan otra cosa en que ocupar su tiempo, sino por el pavor que les provoca la posibilidad de perder el empleo. Y la manifestación más evidente es un miedo casi patológico a ausentarse de la oficina, incluso durante los períodos de vacaciones. Son obra y creación del neoliberalismo con la nueva normativa de competencia que han establecido en las relaciones laborales.
Fuera de lo curioso que puede parecer este cuadro, tales personas se ven inmersas en un laberinto de sensaciones de inseguridad que terminará por incapacitarlas para seguir cumpliendo con el trabajo. Tarde o temprano, llegarán a convertirse en "fantasmas de oficina". Son fantasmas porque cuando no están físicamente en el lugar de trabajo (muy pocas horas al día), su espíritu está siempre ahí.
Aún cuando esta patología se manifiesta en países desarrollados, lo cierto es que los más propensos a padecerla son los trabajadores de países en desarrollo. La razón está en que dichas naciones se ven forzadas a competir con las otras de su misma categoría para ingresar al "club de los desarrollados". Para hacerlo, encuentran en las jornadas de trabajo extensas, el método ideal.
Un factor determinante es la inseguridad laboral se origina en la disminución de los puestos de trabajo versus el aumento en la demanda de los mismos. Por eso, no es extraño que las personas comiencen a sentir que son absolutamente prescindibles, y el único modo de revertir la situación sea hacerse notar. ¿Cómo?: permaneciendo todo el día (en cuerpo) y toda la noche (en espíritu) en la oficina.
Con la modernización, la empresa ya no es capaz de brindarles seguridad a sus empleados. Esto trae como consecuencia que se sientan inseguros y que teman perder el trabajo en cualquier momento. Hoy en día es mal visto que la persona se retire temprano o que se dé una hora para almorzar". Además, la actual tendencia a los contratos por períodos cortos y al trabajo a honorarios, no ayuda mucho. La primera provoca en los individuos la sensación de que en cualquier momento se pueden deshacer de él. La segunda, termina por aumentar la paranoia de que los "nuevos" son una competencia y que están ahí para quitar el empleo a los más antiguos.
Las personas inseguras, depresivas y que se frustran rápidamente, están más propensas a desarrollar esta sintomatología debido a la poca confianza en el trabajo que realizan y a su escasa tolerancia para enfrentar los malos ratos y las discusiones con el jefe o los colegas.
Lastimosamente la nueva política laboral no ha acabado de entender que "más trabajo" sólo significa "enfermedad". En efecto, después de un tiempo de sentirse perseguido, temeroso y de rechazar las vacaciones, el individuo empieza a enfermarse. Los primeros trastornos se traducen en un aumento en la frecuencia con que se presentan los resfríos. Esto, además de problemas estomacales, falta de concentración, incapacidad para tomar decisiones, ansiedad, irritabilidad, aislamiento y estados depresivos. Pero luego aparecen los más severos: problemas cardíacos, trastornos mentales, etc. Así concluyen las connotaciones que da a conocer el aludido escrito.
Los neoliberales, por ese afán de producción al más bajo costo para incrementar las ganancias se ha olvidado del hombre, principalísima riqueza de todo país y en vez de hacerle agradable su estancia en el trabajo, se le exige cada vez más y reducen las seguridades sociales por aquello que los neoliberales han denominado "actitudes paternalistas que sólo conducen a la inflación."