El Nueva York que no puede morir
Escarbando en la nostalgia herida por el vejamen a la Gran Manzana, reparamos en que hay muchos Nueva York en la literatura. Hay un Nueva York bohemio, de escritores y pintores que, en una buhardilla del Greenwinchvillage aguardan, ateridos de frío y hambre, el pentecostés de la inspiración. El eximio cuentista norteamericano O. Henry nos dejó viñetas patéticas de las vidas de estos seres desesperados con los que uno puede tropezarse en Washington Square entre susurros de palomas, bajo aromas de sopas de col y de chucrut de los restaurantes vegetarianos de mediana condición. En una de las habitaciones de los hoteles de mala muerte, O. Henry escribió aquel cuento en el que una pintora atacada por fulminante pulmonía se aferra a la vida, luchando por sobrevivir contra las corrientes de la ventisca invernal, como una hoja pegada a un muro y que cuando recupera la salud descubre que la hoja era un dibujo pintado por un amigo para ayudarla a vivir.
Hay también un Nueva York que sólo habla un slang nasal y bravucón, de pícaros de camisa oscura que juegan a los dados en la oscuridad de los callejones y rameras de faldas entalladas de colores chillones que repiquetean las calles de Harlem y el East Side, en medio de la música de armonio de los puritanos batallones del Ejército de Salvación que pretenden rescatarlas de los demonios de la carne. Damon Runyon inmortalizó esta picaresca neoyorquina en los cuentos de "Guys and Dolls", adaptados después a la comedia musical y al cine.
Hay un Nueva York de ensueño, extraído del subconsciente como una pesadilla surrealista, por Federico García Lorca. Un Nueva York de cieno y espanto en el que los pederastas emanan de las alcantarillas humeantes al insinuarse las dudosas sombras del crepúsculo " y giran en las plataformas del ajenjo" . Wal Withman es el gran pope de estas cofradías secretas que emergen de los closets en los que han escondido una fingida solemnidad de altos funcionarios internacionales y yuppies de Wall Street y se liberan los viernes y, con pelucas y jeans, salen al encuentro de aventuras en las que a menudo se juegan la muerte.
Está el Nueva York de John Dos Pasos en cuyas novelas se oye el alarido de las sirenas que marcan las horas laborales del puerto y crujen los garfios de las amarras de los ferries y los trasatlánticos que zarpan al otro lado del mundo en medio del revoloteo de las gaviotas. Los cintillos de las noticias titilan en las noches de Broadway y la calle 42 desparrama la oferta equívoca de los espectáculos de pornografía de carne cruda. Times Square vomita millones de gente apresurada por las bocas del metro, mientras en Harlem y en el Bronx los vendedores callejeros reparten cuotas de hashish del Lejano Oriente y pedruzcos de crac que van a quemar las neuronas ya atrofiadas de los adictos del lumpem.
Los fantasmas de J.P. Morgan, los Rothschild y los Vandervilt atraviesan la Quinta Avenida para acudir a las grandes fiestas de principios del siglo veinte desprendidas de las novelas de Edith Wharton . El columnista Walter Winchell anota en una mesa del Stark Club la entrada de los grandes bosses de los estudios que fuman tabacos y ponen propinas de cien dólares en los escotes de las cigarreras. Truman Capote ensaya un paso de ballet en La Cote Basque para besar la mano de Marylin Monroe, cuyos glúteos se agitan cual gelatina en un ceñido traje púrpura, poco antes que el escritor de figura de gnomo pervertido proclame a los cuatro vientos, al filo de una botella de pernod, " soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio".
Paquistanos de albornoz amarillo conduciendo taxis. Coreanos que parecen clonados vendiendo manzanas y duraznos a lo largo de la Segunda Avenida. Portorriqueños del Bronx, que cada noche repiten la saga de Pedro Navaja. Peruanos de New Jersey que siguen hablando español y comiendo cebiche como si no hubieran salido nunca de sus pueblos polvorientos. Hebreos que escaparon del holocausto y hablan yiddish en las joyerías donde pulen los diamantes del Transvaal.
Esta es la capital del mundo. Nueva York cosmopolita y trashumante, de nadie y de todos, el Nueva York de todas las razas y culturas que se cruzan en el Central Park como en un jardín de senderos que se bifurcan construido por la imaginación de Jorge Luis Borges. A este Nueva York, tuyo, mío, de éste y aquél, ninguna bomba podrá arrasarlo.
Hay también un Nueva York que sólo habla un slang nasal y bravucón, de pícaros de camisa oscura que juegan a los dados en la oscuridad de los callejones y rameras de faldas entalladas de colores chillones que repiquetean las calles de Harlem y el East Side, en medio de la música de armonio de los puritanos batallones del Ejército de Salvación que pretenden rescatarlas de los demonios de la carne. Damon Runyon inmortalizó esta picaresca neoyorquina en los cuentos de "Guys and Dolls", adaptados después a la comedia musical y al cine.
Hay un Nueva York de ensueño, extraído del subconsciente como una pesadilla surrealista, por Federico García Lorca. Un Nueva York de cieno y espanto en el que los pederastas emanan de las alcantarillas humeantes al insinuarse las dudosas sombras del crepúsculo " y giran en las plataformas del ajenjo" . Wal Withman es el gran pope de estas cofradías secretas que emergen de los closets en los que han escondido una fingida solemnidad de altos funcionarios internacionales y yuppies de Wall Street y se liberan los viernes y, con pelucas y jeans, salen al encuentro de aventuras en las que a menudo se juegan la muerte.
Está el Nueva York de John Dos Pasos en cuyas novelas se oye el alarido de las sirenas que marcan las horas laborales del puerto y crujen los garfios de las amarras de los ferries y los trasatlánticos que zarpan al otro lado del mundo en medio del revoloteo de las gaviotas. Los cintillos de las noticias titilan en las noches de Broadway y la calle 42 desparrama la oferta equívoca de los espectáculos de pornografía de carne cruda. Times Square vomita millones de gente apresurada por las bocas del metro, mientras en Harlem y en el Bronx los vendedores callejeros reparten cuotas de hashish del Lejano Oriente y pedruzcos de crac que van a quemar las neuronas ya atrofiadas de los adictos del lumpem.
Los fantasmas de J.P. Morgan, los Rothschild y los Vandervilt atraviesan la Quinta Avenida para acudir a las grandes fiestas de principios del siglo veinte desprendidas de las novelas de Edith Wharton . El columnista Walter Winchell anota en una mesa del Stark Club la entrada de los grandes bosses de los estudios que fuman tabacos y ponen propinas de cien dólares en los escotes de las cigarreras. Truman Capote ensaya un paso de ballet en La Cote Basque para besar la mano de Marylin Monroe, cuyos glúteos se agitan cual gelatina en un ceñido traje púrpura, poco antes que el escritor de figura de gnomo pervertido proclame a los cuatro vientos, al filo de una botella de pernod, " soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio".
Paquistanos de albornoz amarillo conduciendo taxis. Coreanos que parecen clonados vendiendo manzanas y duraznos a lo largo de la Segunda Avenida. Portorriqueños del Bronx, que cada noche repiten la saga de Pedro Navaja. Peruanos de New Jersey que siguen hablando español y comiendo cebiche como si no hubieran salido nunca de sus pueblos polvorientos. Hebreos que escaparon del holocausto y hablan yiddish en las joyerías donde pulen los diamantes del Transvaal.
Esta es la capital del mundo. Nueva York cosmopolita y trashumante, de nadie y de todos, el Nueva York de todas las razas y culturas que se cruzan en el Central Park como en un jardín de senderos que se bifurcan construido por la imaginación de Jorge Luis Borges. A este Nueva York, tuyo, mío, de éste y aquél, ninguna bomba podrá arrasarlo.