El olvido de la relación existente entre lenguaje y productividad
OCASIONALMENTE, casi siempre como comentario de un estudio que ha hecho una institución internacional, aparecen en los periódicos noticias alarmantes sobre la falta de mano de obra cualificada en Panamá, junto con algún comentario sobre las consecuencias que el hecho tiene sobre las posibilidades de que se den más inversiones extranjeras o de que surjan negocios e industrias nuevas con capital nacional.
Sin embargo, en ninguna de esas publicaciones (ni en los comentarios a que dan lugar) se hace alusión a la estrecha relación que existe entre la adquisición de destrezas manuales y de capacidades administrativas por una parte, y por otra parte el grado de adquisición del lenguaje a que se haya llegado en la niñez y en la juventud. No obstante, las investigaciones científicas y la experiencia han comprobado que el movimiento fino de la mano está íntimamente relacionado con el desarrollo de la facultad del lenguaje y que, entre lo uno y lo otro, existe una relación de influencia recíprocamente que se mantiene a medida que va dándose ese desarrollo. Por otra parte, la neurofisiología más avanzada ha postulado que la capacidad de juzgar, evaluar y planificar no pueden darse en el ser humano sin sintaxis.
Es la sintaxis lo que permite que un ser humano organice en su mente los elementos constitutivos de una realidad, los accidentes y las propiedades de las cosas, así como también las diferentes etapas y los diferentes elementos que entran en la producción de bienes y de servicios, e incluso en actividades como la agricultura y la pesca.
Nunca oigo a nadie hablar sobre el hecho de que los países con industrias más desarrolladas y tecnología más avanzada y con más adelantos científicos son precisamente los países donde la enseñanza del lenguaje es prioritaria y donde, hasta en la formación de artesanos, la educación da una importancia especial a que el niño y el joven aprendan a hablar y a escribir como es debido y puedan entender lo que leen y lo que les dicen, no sólo para que puedan aprender bien un oficio y capten las instrucciones que les den, sino para que adquieran un mínimo de capacidad de raciocinio que los haga buenos ciudadanos.
En Alemania, en Rusia, en el Japón, en Inglaterra, en Italia, en los países escandinavos, lo más importante en la educación entre los cinco años y los quince ha sido el lenguaje. En el Japón, por ejemplo, las mejores universidades exigen como un requisito indispensable un dominio gramatical completo de la lengua japonesa y la caligrafía se aprecia como una de las bellas artes.
Nuestra indigencia lingüística, por cierto, se nutre de similar situación en Estados Unidos, pero si la capacidad industrial y las imaginativas prácticas comerciales y financieras de ese país no han sufrido una merma sensible es porque la enorme riqueza que tiene atrae talento de fuera en todos los ramos, ya que las estadísticas revelan un cuarenta por ciento de analfabetos funcionales en la población adulta. Nosotros, en cambio, sól tenemos el canal y los camarones.
Ahora bien, cualquier análisis de la capacidad lingüística de los niños y los jóvenes panameños (situación que adicionalmente se extiende a dos generaciones enteras) demostraría que es realmente lamentable. Los viejos se quejan de que los jóvenes no entienden, todo el mundo comenta que los niños y los jóvenes no leen, pero nadie quiere entender que la principal razón de la pérdida del hábito de la lectura es, ante todo, que el niño y el joven y el de la generación anterior no entienden lo que leen porque no conocen ni siquiera los rudimentos de la sintaxis de nuestra lengua y porque su vocabulario se reduce a unas mil palabras.
Los poderosos y la llamada clase política no han querido ver hasta qué punto este hecho encierra graves peligros, y no sólo en cuanto a mano de obra. El desarrollo de la facultad del lenguaje es imprescindible para el uso de razón, y la adquisición del propio idioma debidamente es condición sine qua non de la capacidad de pensar, discernir, formarse juicios y decidir. Eso explica la relación íntima que hay entre la aparición de masas predominantemente irracionales y los índices crecientes de criminalidad, de delincuencia, de promiscuidad y de proclividad para el vicio, lo que no sólo tiene consecuencias para la economía sino también para la seguridad de los que mandan y de los que tienen más, así como para la seguridad de sus familias y sus descendientes.
No me canso nunca de repetir que Justo Arosemena decía que el gobierno que quiere educar a un pueblo tiene que comenzar por la escuela primaria, y añado que debe ser "a la antigua" sin técnicas audiovisuales y con los ojos sobre las palabras escritas en los libros, porque las pantallas desarrollan el hemisferio del cerebro que asimila y recuerda lo gráfico, en tanto que el lenguaje está en el otro hemisferio. Si nadie hace caso, iremos de mal en peor aunque no quieran reconocerlo los que tienen poder para imponer una solución radical y duradera.
Sin embargo, en ninguna de esas publicaciones (ni en los comentarios a que dan lugar) se hace alusión a la estrecha relación que existe entre la adquisición de destrezas manuales y de capacidades administrativas por una parte, y por otra parte el grado de adquisición del lenguaje a que se haya llegado en la niñez y en la juventud. No obstante, las investigaciones científicas y la experiencia han comprobado que el movimiento fino de la mano está íntimamente relacionado con el desarrollo de la facultad del lenguaje y que, entre lo uno y lo otro, existe una relación de influencia recíprocamente que se mantiene a medida que va dándose ese desarrollo. Por otra parte, la neurofisiología más avanzada ha postulado que la capacidad de juzgar, evaluar y planificar no pueden darse en el ser humano sin sintaxis.
Es la sintaxis lo que permite que un ser humano organice en su mente los elementos constitutivos de una realidad, los accidentes y las propiedades de las cosas, así como también las diferentes etapas y los diferentes elementos que entran en la producción de bienes y de servicios, e incluso en actividades como la agricultura y la pesca.
Nunca oigo a nadie hablar sobre el hecho de que los países con industrias más desarrolladas y tecnología más avanzada y con más adelantos científicos son precisamente los países donde la enseñanza del lenguaje es prioritaria y donde, hasta en la formación de artesanos, la educación da una importancia especial a que el niño y el joven aprendan a hablar y a escribir como es debido y puedan entender lo que leen y lo que les dicen, no sólo para que puedan aprender bien un oficio y capten las instrucciones que les den, sino para que adquieran un mínimo de capacidad de raciocinio que los haga buenos ciudadanos.
En Alemania, en Rusia, en el Japón, en Inglaterra, en Italia, en los países escandinavos, lo más importante en la educación entre los cinco años y los quince ha sido el lenguaje. En el Japón, por ejemplo, las mejores universidades exigen como un requisito indispensable un dominio gramatical completo de la lengua japonesa y la caligrafía se aprecia como una de las bellas artes.
Nuestra indigencia lingüística, por cierto, se nutre de similar situación en Estados Unidos, pero si la capacidad industrial y las imaginativas prácticas comerciales y financieras de ese país no han sufrido una merma sensible es porque la enorme riqueza que tiene atrae talento de fuera en todos los ramos, ya que las estadísticas revelan un cuarenta por ciento de analfabetos funcionales en la población adulta. Nosotros, en cambio, sól tenemos el canal y los camarones.
Ahora bien, cualquier análisis de la capacidad lingüística de los niños y los jóvenes panameños (situación que adicionalmente se extiende a dos generaciones enteras) demostraría que es realmente lamentable. Los viejos se quejan de que los jóvenes no entienden, todo el mundo comenta que los niños y los jóvenes no leen, pero nadie quiere entender que la principal razón de la pérdida del hábito de la lectura es, ante todo, que el niño y el joven y el de la generación anterior no entienden lo que leen porque no conocen ni siquiera los rudimentos de la sintaxis de nuestra lengua y porque su vocabulario se reduce a unas mil palabras.
Los poderosos y la llamada clase política no han querido ver hasta qué punto este hecho encierra graves peligros, y no sólo en cuanto a mano de obra. El desarrollo de la facultad del lenguaje es imprescindible para el uso de razón, y la adquisición del propio idioma debidamente es condición sine qua non de la capacidad de pensar, discernir, formarse juicios y decidir. Eso explica la relación íntima que hay entre la aparición de masas predominantemente irracionales y los índices crecientes de criminalidad, de delincuencia, de promiscuidad y de proclividad para el vicio, lo que no sólo tiene consecuencias para la economía sino también para la seguridad de los que mandan y de los que tienen más, así como para la seguridad de sus familias y sus descendientes.
No me canso nunca de repetir que Justo Arosemena decía que el gobierno que quiere educar a un pueblo tiene que comenzar por la escuela primaria, y añado que debe ser "a la antigua" sin técnicas audiovisuales y con los ojos sobre las palabras escritas en los libros, porque las pantallas desarrollan el hemisferio del cerebro que asimila y recuerda lo gráfico, en tanto que el lenguaje está en el otro hemisferio. Si nadie hace caso, iremos de mal en peor aunque no quieran reconocerlo los que tienen poder para imponer una solución radical y duradera.