El oneroso costo de una educación sin valores
Los primeros rayos del alba despuntaron aquella cálida y despejada mañana de marzo en que la percepción nos lleva a concebir la idea de una noche inconclusa que busca afanosamente, recuperar el terreno perdido por la luz de aquellos interminables días, que parecen consagrarse como los más extensos del calendario. Asomado a la ventana observaba las sinuosas ondas de vapor dispersas en la perspectiva de un solitario andén, que daba la bienvenida a una lánguida figura exhibitoria de los estragos y el deterioro heredado por la extenuante faena de jornalero. Un paso firme y constante, rápidamente lo llevaron al patio contiguo de la casa, donde sus insinuantes y persuasivas miradas encontraron en mí la aprobación a través de un leve gesto con el que asentí, sellando el virtual contrato que tendría como único testigo a uno de sus vástagos que desde una corta distancia le seguía llevando al hombro un viejo morral que a penas servía de refugio al fatigado par de zapatos de goma, envueltos en una muda de uniforme camuflada por textos y cuadernos tan deformes en sus extremos, que parecían imitar el singular doblez que adquieren las orejas de un can. Su corta, pero experimentada edad, a lo sumo alcanzaba los 12 años; sin embargo, el dominio de la técnica y destreza en plena tarea, lo colocaban a la par de su progenitor; quien en más de una ocasión, le cedió momentáneamente el mando de la operación.
Dos horas bastaron para dar por terminada la rutinaria labor e iniciar a afinar los detalles monetarios del finiquitado convenio. Para mi sorpresa, quien estaba al frente de la empresa familiar era, en efecto, el séptimo y último de la descendencia de profesionales que el veterano padre había forjado bajo un esquema de solidaridad, honestidad y responsabilidad; cuyos resultados daban cuenta de su efectividad por sí solos.
Enseguida mientras me hablaban, empecé a reflexionar en torno a ese reducto de vándalos leguleyos, cobardemente escudados en un uniforme que no debería otorgarles la condición de estudiantes para exigir reivindicaciones y derechos, ante una justicia que se hizo vidente a razón de la afrenta y los destrozos que ellos, irónicamente protagonizaron en su propia casa de estudios, tejiendo un manto de impunidad, sobre todo, un país que ahora entiende y cuantifica los onerosos costos de una educación sin valores.
Estamos frente a una generación que mayoritariamente se jura digna y merecedora de toda banalidad, que oferte el mercado en contraprestación de absolutamente nada; todo le viene envasado en cajas de regalos con sellos de entrega inmediata a la puerta de sus habitaciones, que ahora también pretendemos hacer infranqueables. Una contagiosa sordera afectiva los asedia y mantiene en cuarentena del bienestar común sin darnos cuenta, so pretexto de "darles todo lo que yo nunca tuve". Los fuimos transformando en una maquinaria arrolladora de ambiciones materiales que no parece detenerse ante nada ni nadie. Omitimos enseñarles el valor de las cosas y lo pedregoso que puede resultar el sendero hacia ellas; vivimos constantemente buscando la manera de prepararles el camino, en lugar de apertrecharlos para recorrer el mismo. Desafortunadamente aún no hemos comprendido que nadie da lo que no tiene.
Por fin, la llegada del autobús trajo consigo el puntual anuncio de entrada a clases para el pequeño empresario, así terminaría una entusiasta y nutrida plática capaz de revelarme que la buena educación no es un asunto meramente racional, sino afectivo, que va liado a la familia; por tal motivo, ante el colapso de un sistema educativo que se debate en medio de escándalos financieros, arbitrariedades de las asociaciones de padres de familia y para colmo de males, un marcado lesseferismo estudiantil; el verdadero gran reto de todos y cada uno de los panameños estriba en retomar las riendas de sus hogares para encauzar el futuro de la sociedad; lo que va a depender directa y proporcionalmente de la transmisión efectiva de un sinnúmero de principios sobre los que se asienta el desarrollo armónico e integral de la personalidad de nuestro capital humano; de lo contrario, resignémonos a seguir desembolsando a perpetuidad... los onerosos costos de una educación sin valores.