El pacto incumplido
A algunos presentadores de televisión cuando se les cuestiona por el exceso de vulgaridad y chabacanería que transmiten por la pantalla chica, de algún modo tratan de justificarse o vendernos la idea de que la teleaudiencia está en completa libertad de sintonizar o cambiar de canal cuando el programa no es de su agrado.
Así de fácil, sencilla y de forma cómoda plantean algo tan serio y de tan profundas repercusiones sociales e ideológicas. Si esta tesis fuera aceptada no habría necesidad de establecer las regulaciones y restricciones que actualmente existen en los medios de comunicación social, bajo el pretexto de que los receptores cuentan con diversas alternativas.
Se trata, sin duda, de un argumento engañoso y aventurero que no tiene asidero alguno. En un régimen de derecho hay que respetar normas y costumbres sociales y morales que son fundamentales para la convivencia pacífica de la sociedad, que si no existieran reinaría la anarquía y el libertinaje.
En este orden de ideas, coincidimos en toda su extensión y profundidad con el editorial de Crítica Libre del 17 de febrero de 1997 al plasmar en uno de sus párrafos que "Todos tenemos algo de culpa en la degradación de la juventud panameña. La extraña permisibilidad que hay con la chabacanería, bajo el pretexto de que eso es modernismo y tema de actualidad, en realidad es una proyección del decadente sistema de consumismo".
Cómo interpretaría entonces, amigo lector, expresiones como éstas que no nos hacen ningún honor: del panameño olvida rápido y lo único que toma en serio son los carnavales, cuando a escasos días de iniciarse los carnavales, exactamente el día 5 de febrero de 1999, TVN y MEDCOM firmaron un acuerdo de autoregulación con el gobierno que los comprometía a evitar la difusión de imágenes que exaltaran la violencia y crueldad hacia las personas.
Dicho acuerdo especificaba claramente que la programación para todo público, no incluiría imágenes que atentaran contra la dignidad de las personas o implicaran discriminación hacia ellas, en razón de raza, color, sexo, religión o ideología.
También se creaba una junta consultiva para coordinar acciones tendientes a mejorar los contenidos de la programación de los canales para el bienestar de la familia, etc.
Es más, el Hoy por Hoy de La Prensa anotó al día siguiente de la firma del acuerdo que "la adopción de esta norma se debe al interés de proteger a la niñez panameña de programas violentos e inadecuados y permitir a la familia ser el agente orientador cuando las imágenes televisivas así lo requieran".
Debemos tener cuidado de no caer en la trampa de la indiferencia. La revista Despertad del 22 de enero de 1997, precisa que el indiferentismo se difunde en sociedades que admiten conductas muy diversas. La gente asume que todo comportamiento es aceptable, porque simplemente es cuestión de gustos. En vez de aprender a pensar y plantearse si algo es correcto o no, "suele limitarse a no pensar". No tienen la fuerza moral precisa para oponerse a la intolerancia ajena.
Agrega, además, que "la tolerancia excesiva ocasiona angustia a las familias y a las sociedades, pues ya no hay nadie que sepa qué está bien y qué está mal o por lo menos que se preocupe por ello".
Todavía no hemos llegado a estos extremos, pero tampoco ser demasiado pasivos, indulgentes o indiferentes, son las mejores armas para hacerle frente a los que promueven la vulgaridad y chabacanería en los medios.
Es justo reconocer, sin embargo, que a raíz de la sanción que impuso el Ministerio de Gobierno y Justicia, ha habido una reacción muy positiva, en forma de llamado de atención, que indica que no todo está perdido; la mayoría de los artículos de opinión, por ejemplo, fueron para denunciar los excesos cometidos por las televisoras comerciales.
Lo que sí no acabo de comprender en toda esta controversia, son las actitudes indiferentes y alcahuetas de los gerentes de programación y de imagen de las televisoras, la parcialidad de Lucy Molinar, la soberbia e inmadurez de Ubaldo y Cleghorn; las descabelladas interpretaciones jurídicas del Defensor del Pueblo y las del exprocurador de la Nación, el comportamiento irrespetuoso y ofensivo de la H.L. Jiménez contra la Premier.
Contrario sensu, felicitamos los valientes comentarios que hizo la destacada socióloga Enriqueta Davis en ¿Qué opinas?, igualmente reconocemos a personas como el periodista Antonio Díaz, Juan Carlos Tapia, Maribel Cuervo, Virginia Arango, Deyanira de Sagel, el Padre Néstor Jaén, entre otras personas, que han tenido el valor de expresar con ecuanimidad sus puntos de vista sobre el daño que causan a la juventud estos programas.
Así de fácil, sencilla y de forma cómoda plantean algo tan serio y de tan profundas repercusiones sociales e ideológicas. Si esta tesis fuera aceptada no habría necesidad de establecer las regulaciones y restricciones que actualmente existen en los medios de comunicación social, bajo el pretexto de que los receptores cuentan con diversas alternativas.
Se trata, sin duda, de un argumento engañoso y aventurero que no tiene asidero alguno. En un régimen de derecho hay que respetar normas y costumbres sociales y morales que son fundamentales para la convivencia pacífica de la sociedad, que si no existieran reinaría la anarquía y el libertinaje.
En este orden de ideas, coincidimos en toda su extensión y profundidad con el editorial de Crítica Libre del 17 de febrero de 1997 al plasmar en uno de sus párrafos que "Todos tenemos algo de culpa en la degradación de la juventud panameña. La extraña permisibilidad que hay con la chabacanería, bajo el pretexto de que eso es modernismo y tema de actualidad, en realidad es una proyección del decadente sistema de consumismo".
Cómo interpretaría entonces, amigo lector, expresiones como éstas que no nos hacen ningún honor: del panameño olvida rápido y lo único que toma en serio son los carnavales, cuando a escasos días de iniciarse los carnavales, exactamente el día 5 de febrero de 1999, TVN y MEDCOM firmaron un acuerdo de autoregulación con el gobierno que los comprometía a evitar la difusión de imágenes que exaltaran la violencia y crueldad hacia las personas.
Dicho acuerdo especificaba claramente que la programación para todo público, no incluiría imágenes que atentaran contra la dignidad de las personas o implicaran discriminación hacia ellas, en razón de raza, color, sexo, religión o ideología.
También se creaba una junta consultiva para coordinar acciones tendientes a mejorar los contenidos de la programación de los canales para el bienestar de la familia, etc.
Es más, el Hoy por Hoy de La Prensa anotó al día siguiente de la firma del acuerdo que "la adopción de esta norma se debe al interés de proteger a la niñez panameña de programas violentos e inadecuados y permitir a la familia ser el agente orientador cuando las imágenes televisivas así lo requieran".
Debemos tener cuidado de no caer en la trampa de la indiferencia. La revista Despertad del 22 de enero de 1997, precisa que el indiferentismo se difunde en sociedades que admiten conductas muy diversas. La gente asume que todo comportamiento es aceptable, porque simplemente es cuestión de gustos. En vez de aprender a pensar y plantearse si algo es correcto o no, "suele limitarse a no pensar". No tienen la fuerza moral precisa para oponerse a la intolerancia ajena.
Agrega, además, que "la tolerancia excesiva ocasiona angustia a las familias y a las sociedades, pues ya no hay nadie que sepa qué está bien y qué está mal o por lo menos que se preocupe por ello".
Todavía no hemos llegado a estos extremos, pero tampoco ser demasiado pasivos, indulgentes o indiferentes, son las mejores armas para hacerle frente a los que promueven la vulgaridad y chabacanería en los medios.
Es justo reconocer, sin embargo, que a raíz de la sanción que impuso el Ministerio de Gobierno y Justicia, ha habido una reacción muy positiva, en forma de llamado de atención, que indica que no todo está perdido; la mayoría de los artículos de opinión, por ejemplo, fueron para denunciar los excesos cometidos por las televisoras comerciales.
Lo que sí no acabo de comprender en toda esta controversia, son las actitudes indiferentes y alcahuetas de los gerentes de programación y de imagen de las televisoras, la parcialidad de Lucy Molinar, la soberbia e inmadurez de Ubaldo y Cleghorn; las descabelladas interpretaciones jurídicas del Defensor del Pueblo y las del exprocurador de la Nación, el comportamiento irrespetuoso y ofensivo de la H.L. Jiménez contra la Premier.
Contrario sensu, felicitamos los valientes comentarios que hizo la destacada socióloga Enriqueta Davis en ¿Qué opinas?, igualmente reconocemos a personas como el periodista Antonio Díaz, Juan Carlos Tapia, Maribel Cuervo, Virginia Arango, Deyanira de Sagel, el Padre Néstor Jaén, entre otras personas, que han tenido el valor de expresar con ecuanimidad sus puntos de vista sobre el daño que causan a la juventud estos programas.